Nuevo libro de Javier R. Portella

El abismo democrático (I)

La democracia entendida como horizonte existencial y no sólo como sistema político. Ese horizonte democrático en el que todo se devalúa y desacraliza; pero cuyo abismo es, paradójicamente, el mismo sobre el que se alza el mundo y viven los hombres desde siempre abocados a la muerte. Así se podría resumir el nuevo ensayo de Javier R. Portella que presentamos en una serie de artículos.

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El abismo democrático

  • Donde «democrático» no tiene casi nada que ver con elecciones, partidos, politiquerías… Donde lo tiene todo que ver con nuestros tiempos en los que nada reviste sentido, grandeza o valor.
  • Donde, entre las ruinas de un mundo delicuescente, se entreabre la posibilidad de «un nuevo comienzo».
  • Donde la libertad, permitiéndolo todo y no afianzando nada, aboca tanto al desvanecimiento como al posible fulgor de todo.
  • Donde sólo un dios —un muy extraño dios: poético, imaginario— puede salvarnos.
  • Donde belleza e incandescencia —del mundo, de la naturaleza y de la escritura— alcanzan en este libro toda su plasmación.

 

Tales son las líneas maestras del nuevo ensayo que Javier R. Portella publica, con prólogo de José María Marco, en Ediciones Insólitas.

Como primicia para los lectores de El Manifiesto, y en espera de que el libro se ponga a la venta a mediados de febrero, publicaremos diversos fragmentos del mismo a lo largo de las próximas semanas.

Empezamos hoy con la primera entrega.

 

El abismo del que se trata es doble. Es, por un lado, el abismo de esa atmósfera mohosa, fangosa que nos invade; pero es también el otro: el abismo de la existencia que siempre ha estado ahí, pero que por primera vez en la historia aparece desnudo, al descubierto. Danzando sobre él se sostiene, poderoso y hermoso, el mundo.

De ese otro abismo, del abismo fundador sobre el que estamos sentados, tanto si lo contemplamos como si lo encubrimos, nos habla el Zaratustra de Nietzsche:

Quien ve el abismo con orgullo, quien lo ve con ojos de águila, quien se aferra al abismo con garras de león: ése tiene valor.

¿Cómo iban a ver semejante abismo los hombres menos orgullosos y más cobardes de toda la historia, los hombres con ojos de gallina y garras de ratón?

Hoy por hoy no lo ven. O mejor dicho, verlo, sí que lo ven:  tanto que, despavoridos, huyen de él.

Hacer que un día lo vean cara a cara, se aferren a su borde y dancen sobre él: he ahí la tarea, he ahí la esperanza. 

De todo eso y de mil cosas más se hablará aquí. 

[…]


Preguntémonos:

Toda nuestra degeneración, ¿no sería acaso como la cuota que nos toca pagar al mal mientras abonamos otra al bien (pero ¿cuál?): nosotros, los hombres que más diques y murallas hemos derrumbado de toda la historia; nosotros, los que más febrilmente hemos buscado, innovado; nosotros, los únicos capaces de dar muerte a Dios —antes de dárnosla quizás a nosotros mismos?

«Nosotros, los nuevos…», me acordé entonces de Nietzsche. 

Nosotros, los que carecemos de nombre, los difíciles de entender; nosotros, partos prematuros de un futuro no verificado aún: nosotros tenemos como el sentimiento de que se extiende ante nuestros ojos una tierra aún no descubierta, un mundo tan extraordinariamente rico en cosas bellas, extrañas, problemáticas, terribles y divinas, que tanto nuestra curiosidad como nuestra sed de poseer están fuera de sí.[1]

Ante nosotros, los más nuevos de los hombres… Pero los más viejos también: los que más historia y más siglos cargamos sobre las espaldas; nosotros, iluminados por más obras maestras que todos nuestros antepasados juntos; nosotros, cuya historia está trenzada por mil transformaciones y revoluciones, mil sueños y quimeras, mil grandezas y miserias…; nosotros que, cuando la fatiga nos entumece demasiado el ánimo, no podemos sino envidiar a los griegos. ¡Ellos sí que eran jóvenes, ellos sí que eran nuevos! Lo inauguraron todo. Detrás de ellos sólo tenían a Homero y algunos pocos genios más. Para ellos sí que era fácil arraigarse en el pasado, enraizarse en la tradición: nada fundamental había cambiado desde que se lanzaron a la gran aventura, desde que inauguraron la más esplendorosa de las civilizaciones —ellos que no podían imaginarse siquiera que los dioses se fueran a morir un día.

Detrás de nosotros y ante nosotros, en cambio… Ante nosotros, los resabiados, los que después de tantas vueltas y revueltas ya estamos de vuelta de todo, ante nosotros se abre (o se cierra) una terra incognita de dimensiones nunca vistas: un mundo extraordinariamente rico en cosas bellas… y, por lo mismo, problemáticas, y, por lo mismo, terribles, y por lo mismo divinas, dice el Nietzsche que proclama que las cosas pueden ser a la vez terribles y divinas, el Nietzsche que se abraza a los contrarios que llevan la vida y abren el mundo; el Nietzsche movido, como lo subraya Bruno de Cessole, por «la tensión fecunda entre conciencia trágica y adhesión sin reservas a la existencia».[2]

Una tensión parecida es la que, con otras palabras, crudas y duras, Henry Miller expresa por su parte, y Norman Mailer recuerda:

Miller iba brincando por las cloacas de la existencia, ahí donde fermentaba el cáncer. Vamos a ver —decía sin parar—, nada le obliga a uno a morir en semejante podredumbre: puedes respirarla, comerla, chuparla, follártela, y sentirte en plena forma el día siguiente. Contiene inestimables tesoros, siempre que uno pueda soportar su hedor.[3]

Seamos fuertes, soportemos el hedor, no nos tapemos la nariz: lancémonos a la aventura, salgamos en busca —los encontremos o no— de semejantes tesoros. Tal es el camino que proponen estas páginas.

 

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[1] Nietzsche, Ecce Homo, «Así habló Zaratustra», § 2.

[2] Bruno de Cessole, L’Internationale des francs-tireurs, L’Éditeur, París, 2014, p. 411.

[3] Ibid., p. 347.

Todos los artículos de El Manifiesto se pueden reproducir libremente siempre que se indique su procedencia.

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