¿Puede la belleza ser horizonte del combate político?

¿Qué tendra lo bello que ver con lo político? Contrariamente a lo que parece, ambos tienen mucho que ver. (máxime cuando impera lo feo y lo vulgar). Taal es la reflexión que plantea este artículo.

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«A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!», proclamaba, hace noventa años, cierto tribuno cuyos restos han sido recientemente profanados por el Gobierno y al que he calificado, en una reciente antología, de «político poeta». Es cierto lo que dice —metafóricamente entendido, por supuesto— sobre los pueblos y la poesía. Pero no es cosa fácil que ello suceda. No es evidente que una política poética consiga alzarse por encima de la prosa triste que ensombrece habitualmente el espacio político, envuelto como se halla en el fragor de pasiones, altas y nobles, a veces, pero viles también, y con bastante mayor frecuencia. Siempre ha sido así. Incluso en los tiempos en que la res publica ha conocido su más alto fulgor —Grecia, Roma, el Renacimiento italiano...—, la vida de la Ciudad se ha visto enfangada en el barro de las turbulencias, intrigas y vilezas que la sacuden.

En el mejor de los casos, la acción política puede, como decíam, ser noble, valiente, heroica…; pero bella, lo que se dice bella, no. Lo que sí en cambio ha sido —y algún día quizás vuelva a ser— es incitadora, fomentadora de belleza. Basta ir al Louvre, acudir al Prado, pasar por el Hermitage, acercarse a los Uffizi… Basta visitar el inagotable rosario de palacios, templos y monumentos que pueblan nuestra Europa para constatar hasta qué punto el ansia por lo bello palpitaba en las cortes y ciudades de otros tiempos.

¿Tan desarrollado estaba, pues, el «gusto estético» de nuestros antepasados? ¿Tan poderoso era ese gusto que los señores del liberalismo y sus democráticas masas parecen hoy haber perdido?

No, no era ningún «gusto estético» lo que, durante milenios, esparcía en el mundo semejante profusión de arte. Era un «gusto histórico», digámoslo así. Era toda un ansia por perdurar en el tiempo, por vencer a la muerte, por derrotarla de la única forma en que cabe vencerla: arraigándose en la memoria colectiva, dejando grabada en la piedra, inscrita en el mármol, plasmada en el lienzo, escrita en la palabra la marca que dejan los hombres a través de su paso por el tiempo.

¿Y nuestro paso por el tiempo? ¿Cómo pasaremos nosotros, los modernos y posmodernos? ¿

¿En qué piedra, mármol o lienzo quedará estampada nuestra marca?

En qué piedra, mármol o lienzo quedará estampada nuestra marca? ¿Qué monumentos, qué obras de arte dejaremos? Ninguna, por supuesto. Se ha desvanecido el arte que pudiera sernos propio. En su lugar se despliega lo feo, anodino o vulgar: desde la pintura hasta la arquitectura pasando por la ornamentación e incluyendo la música. Si algo consigue escapar de su cerco, lo hace de forma esporádica, excepcional. Lo bello ha dejado por primera vez de marcar los tiempos. Salvo alguna contada excepción, el único gran arte que conocemos es el que museos o en palacios, templos o ruinas de otras épocas. Multitudes de turistas corretean y se sacan selfis ante lo que nunca su época les dará. Concluida la visita, regresan a sus barrios tristes y a sus pisos confortables. Sentados en sus sofás, encienden la televisión.

¿Por qué se desvanece lo bello?

¿Hemos perdido, pues, el «sentido estético» al igual que el ciego pierde el sentido de la vista o el sordo el del oído? No, se trata de otra cosa. No es ningún «sentido» lo que hemos perdido, no es ninguna «facultad cognitiva» lo que se ha adulterado. El «sentido estético» lo desplegamos con creces cuando depositamos sobre las obras del pasado esa mirada contemplativa, pasiva, inerte, con la que admiramos unas obras que nos dejarán todo lo arrobados que se quiera —«¡ah, oh, ué bonito, qué magnífico!»—, pero jamás harán que la Vida, palpitando en ellas, nos impacte con el estremecimiento de lo bello.

Era en cambio la belleza lo que impactaba a quienes abarrotaban los templos y teatros griegos, a quienes se apiñaban en los foros y circos romanos, a quienes se agolpaban en las catedrales y plazas medievales, a quienes cantaban los versos de nuestro Romancero, a quienes oraban en los templos renacentistas o barrocos, a quienes acudían a los corrales de comedia o a quienes andaban por las enrevesadas callejas cuya belleza, tan sencilla, tan pobre incluso, todavía nos impacta a nosotros, los modernos, a quienes nunca en cambio nos estremecerá lo bello cuando circulamos por la marabunta de nuestras autopistas urbanas, cuando pasamos sin orar ante nuestras iglesias con aspecto de depósito industrial, cuando penetramos en nuestros polígonos y polideportivos, cuando compramos en nuestros supermercados, cuando nos alojamos (¡oh, claro que el confort, y las comodidades, y con qué razón, nos fascinan!) en las colmenas de hormigón armado que se alinean, macilentas y tristes, en los barrios periféricos o centrales de cualquier monstruo urbano de cualquier país del mundo.

«Los griegos, aquel pueblo de artistas», decía Nietzsche

«Los griegos, aquel pueblo de artistas», decía Nietzsche hablando de quienes lo eran sin duda en grado sumo. No porque la mayoría practicaran arte alguno, sino porque la belleza era como una fuerza que, irrumpiendo en la vida, la dotaba de sentido, ya fuera mediante la palabra de las tragedias y textos fundacionales (Esquilo, Sófocles, Hesíodo, Homero…), o mediante el mármol que conformaba los templos y alzaba las divinidades ante las que aquel pueblo se reconocía.

Pero dejemos a los griegos y volvamos a nosotros. ¿Por qué no nos reconocemos hoy en lo bello? ¡Porque no lo hay! Así de sencillo. Pero ¿por qué no la hay? ¿Por qué hemos dejado de engendrar belleza? Por una razón: porque lo bello constituye la más alta expresión del espíritu, y el espíritu es para nosotros cosa secundaria, inesencial; importante sólo para el ocio y la diversión, así se trate de una excelsa, sublime diversión.

Digámoslo de otro modo. Si, contrariamente a los antiguos, no creamos ni nos reconocemos en la belleza, es porque donde ellos se reconocían no era ni en una actividad de ocio ni en una «belleza estética». Lo que estaba en juego era una belleza viva, trenzada sobre el trasfondo de un espacio mítico, de un aliento sagrado que, impregnándolo todo, hacía que «algo» —un «algo» intangible, superior— estuviera flotando en el aire de todas las sociedades de todos los tiempos anteriores a la modernidad.

¿Cómo podría imperar la belleza cuando nada parecido flota en nuestro aire? ¿Cómo podría reinar cuando, para nosotros, nada es válido si no lleva el marchamo de lo racional? Nada nos mueve fuera de nuestro prosaico deambular, de nuestro cotidiano trabajar y comer para, al fin, morir. Ningún mito nos sostiene. Ningún mito sagrado, hay que precsiar. Porque de los otros, de los mitos en el sentido banal y negativo del término, ¡vaya si tenemos! Dinero, Mercado, Utilidad...: tales son sus nombres; los de esas cosas absolutamente indispensables, pero no como mitos fundacionales, no como instancias portadoras de un sentido que son incapaces de dar.

Y si nada da sentido, si nada conforma o significa el esplendoroso misterio del mundo; si nada expresa ese «algo» superior, intangible e inefable —los creyentes lo llaman Dios—, todo entonces se derrumba, y la belleza no encuentra dónde latir, y la belleza se esconde, y deja de resplandecer, y la fealdad ocupa su lugar.

Nuestra paradoja

No deja de ser curiosa, sin embargo, nuestra situación. Nunca como hoy, cuando menos brilla, había sido tan necesaria la belleza. No sólo para llenar el vacío que su desaparición ha dejado. No sólo para que algún día volvamos a sobrecogernos ante las cosas bellas —pero vivas, pero nuestras— que acaso volvamos a crear. Si necesitamos la belleza, es para algo todavía más importante. Para salvarnos. Para dar sentido a una vida que ha dejado de tenerlo.

Hemos perdido el rumbo y el destino. Pero, si hemos caído en ello, es por algo que, en sí mismo —y la paradoja es inmensa—, constituye… una ventura.

Mil razones científicas explican —y hay que celebrarlo— mil cuestiones sobre cómo funcionan y se articulan, cómo se estructuran las cosas del Universo y de la materia, de la física y de la química, de la biología y del organismo. Pero si tales razones explican el cómo, ninguna explica ni puede explicar el qué. ¿Qué es esto? ¿Qué es, esta flor, este monte, este mar, estos árboles, estos hombres? ¿Qué son estos hombres que viviendo y muriendo, pensando y hablando, pronuncian palabras que designan y dan sentido a la flor, al monte, al mar, a los árboles..., a todo lo que, sin palabras que lo nombren, jamás sería: tan sólo estaría?

Como estuvo el Universo durante los miles de millones de años del Gran Silencio que lo recubría todo —ni siquiera Dios hablaba, ni siquiera nadie lo invocaba ni pensaba— hasta que a unos ciertos simios les dio por bajarse de los árboles, erguirse sobre dos patas y emitir los gruñidos que se convertirían en las palabras que, significando, se pusieron a dar sentido, a infundir ser.

Cuando todo ello es más que sabido y conocido, ¿qué pueden pintar aún cosas tales como Dios o los dioses, el aliento sagrado, el espacio de lo mítico? Ya no pintan nada; o eso al menos creen los tiempos. Y, sin embargo, no: claro que pintan o pueden pintar. Mucho incluso. Por una sencilla razón. Porque sabiendo todo lo que sabemos sobre el cómo de las cosas, seguimos sin saber nada sobre su qué y su porqué, sobre su sentido y nuestro destino. ¿Qué es esto, qué es aquello? ¿Qué sentido tiene nuestra vida? ¿Por qué y para qué vivimos y morimos?

En realidad, nuestras luces son incluso menores que antes. Nos encontramos mucho más desvalidos que cuando mil imágenes, mil fulguraciones, todo un imaginario llenaba el abismo de la existencia. Lo llenaba falsamente, es cierto, por lo que hace a la materialidad de las cosas; pero lo llenaba significativamente por lo que hace a su sentido. Hoy, en cambio, solos y con nuestra sola razón a cuestas, no hacemos más que deambular perdidos por el abismo.

Y sin embargo… Sin embargo nos queda el Arte. «Tenemos el Arte —decía Nietzsche— para no perecer a causa de la Verdad». Para no perecer a causa de esa racionalidad, de esa cientificidad, absolutamente indispensable —repitámoslo una y otra vez—, pero que nos agarrota el alma.

¿Nos queda el Arte?… Nos quedaría, mejor dicho, si fuéramos capaces de abrazar el desafío que implica. Nos quedaría el Arte —esa prodigiosa ficción en la que lo imaginario despliega

«Artecracia», lo denominaba Filippo Tomasso Marinetti

la más auténtica significación de lo real— si el Arte se convirtiera en nuestro santo y seña, en nuestra bandera plantada en el centro de la Ciudad. «Artecracia», lo denominaba Filippo Tomasso Marinetti.

Ello implicaría un ingente despertar, un renacer artístico y espiritual tan grande como el del otro Renacimiento. Tanto por parte de los creadores como por parte de una sociedad que, incapaz hoy de considerar como una catástrofe el imperio de la fealdad, se limita a encogerse de hombros cuando pasa ante nuestros adefesios urbanos, o a esbozar una sonrisa —sólo burlona— cuando descubre las monstruosidades de nuestro «arte contemporáneo».

Para ello, haría falta también que quienes, llenos de fervor identitario, combaten en la Ciudad incluyeran en sus propuestas y acciones la idea —sólo eso: la idea, y ya sería mucho— de que lo que está en juego no es tan sólo el Pan y la Justicia, como se decía antes; no es tan sólo la unidad de la Patria y su continuidad étnica y cultural; no es tan sólo el combate —exclusivamente defensivo, hoy por hoy— contra los delirios woke. Todas esas cosas son absolutamente necesarias, ni que decir tiene. Pero, más allá de ellas, resulta igual de necesario lanzar ideas y proyectos existenciales y culturales en los que se plasme toda una nueva forma de ser y existir. Ideas y proyectos que hagan tomar conciencia del sinsentido de una vida que, machacada, entre otras cosas, por lo feo y lo vulgar, va precipitándose poco a poco en el abismo en cuyo fondo asoma el rostro, sonriente como una publicidad, de la muerte.

Pero no «la muerte por catástrofe, sino el encharcamiento en una existencia sin gracia ni esperanza. Todas las actitudes colectivas nacen enclenques […]. La vida de la comunidad se achata, se entorpece, se hunde en mal gusto y mediocridad», denunciaba, hace ya noventa años, el tribuno aquel según el cual sólo los poetas mueven a los pueblos.

© La Gaceta

 

 

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