Modesto Trigo, "Fernando Sánchez Dragó". Óleo sobre lienzo, 146 x 116 cm.

En torno a la figura de Modesto Trigo

Aún queda arte en los tiempos contemporáneos

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El problema del “arte contemporáneo” es... No, no. Llamemos a las cosas por su nombre. La degeneración en que consiste el llamado “arte contemporáneo” es doble: corroe a la vez  los dos términos del sintagma. Tanto el sustantivo —el arte y, por tanto, la belleza que aniquila— como el adjetivo. Hace pensar que a “eso” se reducen nuestros tiempos. Y no, pese a toda la podredumbre en la que chapotean, nuestros tiempos no dejan de conocer —aplastadas, es cierto, por su “arte” oficial— nobles y notables expresiones artísticas.

Si alguien lo duda, pásese por Barcelona y visite el MEAM, Museo Europeo de Arte Moderno, esa colosal obra emprendida gracias a los esfuerzos y al talento de José Manuel Infiesta:[1] uno de los escasos museos europeos, si no el único, que está dedicado de forma exclusiva al arte figurativo contemporáneo.

Una destacada figura de la pintura de nuestros tiempos es Modesto Trigo: artista de origen gallego, afincado desde hace años en Madrid y que cuenta con una importante proyección internacional. Nadie, sin embargo, lo verá nunca en ARCO. Su pintura está proscrita: es figurativa. La realidad y sus figuras le parecen, en efecto, suficientemente asombrosas e inquietantes para que el artista exprese su misterio —no otra cosa es la belleza— sin descoyuntarlas, deformarlas, deconstruirlas, abstraerlas o..., en el colmo de los colmos, pintarrajearlas como garabatos o envolverlas con basura.

Una de las últimas obras de Modesto Trigo es el retrato de Fernando Sánchez Dragó que ilustra este artículo. El propio Dragó ha glosado con su brillante prosa el retrato. Envuelto éste en el azul que lo domina, parece estar evocando los días azules que fueron, para Dragó, los de su infancia, si nos atenemos al título del primer y (de momento) único volumen de sus memorias.[2]

Retratos (incluido el de la familia real española), ciudades, ambientes urbanos (Madrid, sobre todo; pero Barcelona también), mujeres (envueltas la mayoría en una belleza tan desnuda como sensual)...: tales son los principales temas por los que discurren los pinceles de quien puede ser considerado, como lo llama Dragó, “uno de los últimos pintores del Renacimiento”.

Ese renacentista o renacedor pintor conjunta a veces mujeres y ciudades. Dos cosas se entrechocan entonces (es lo que busca). Por un lado, los cuerpos, cuya carne, desnuda, refleja el orden natural. Por otro, las ciudades: ese gran artificio que acoge, entre mil otras cosas, la gran fiesta de la voluptuosidad.

A veces le puede costar cara esta conjunción de carne y ciudad. Así ocurrió con Recordando Barcelona, uno de sus mejores desnudos (véase más abajo). Reproducido en Facebook, la mojigatería neopuritana de la red social censuró el cuadro y, además, penalizó a su autor prohibiéndole acceder durante un tiempo a los dominios del señor Zuckerberg.

Me fascina este cuadro. Lo contemplo una vez más (lo puedo hacer gracias a que Facebook no tiene acceso a mi salón, que es donde está colgado). Lo contemplo y me digo que es curiosa esa especie de voluptuosidad sosegada, tranquila, que emana de esa hermosa mujer. Ahí está, ofrecida ante nosotros en una actitud como desmayada, algo displicente tal vez..., lo cual no le quita, sin embargo, ni un ápice de lascivia. Quizá incluso se la aumente.

Ahí está el secreto del arte. El de Modesto Trigo, en todo caso: en ese mostrar sin alharacas gracias al cual, como el que no quiere la cosa, consigue que se plasmen a la vez las dos caras de lo real: la secreta y la manifiesta. 

Al “arte contemporáneo” sólo le interesa la cara invisible, reseca, la que sólo permite elucubrar con formas, colores, abstracciones…

La cara manifiesta, sí: por algo es figurativo nuestro hombre. La otra cara —la única que interesa al “arte contemporáneo”—, la cara oculta, la que nunca se ve, la que sólo permite elucubrar, la cara reseca, reducida a formas, colores, abstracciones…, esa cara sin carne..., sí, quizás todo eso pueda en el mejor de los casos (no pienso ahora en garabatos y basura) aportar “lo bonito” (bonito como un adorno, como un vestido, como un objeto de decoración). Pero nunca podrá aportar lo Bello: ese estremecimiento, ya sea desgarrado o sosegado, a través del cual la Realidad se expresa.

Y si no se aporta lo Bello, esa expresión máxima de lo Real..., ¿para qué simular que se aporta algo?

 

[1] José Manuel Infiesta es, por lo demás, autor de un reciente ensayo sobre cuestiones artísticas y culturales, Escrito en el aire, cuya lectura merece ser calurosamente recomendada. 

[2] F. Sánchez Dragó, Esos días azules. Memorias de un niño raro, Planeta, 2011.

Modesto Trigo, Recordando Barcelona. Óleo sobre lienzo, 130 x 90 cm.

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