Se nos va, se nos está yendo…

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Y espero que no se nos haya ido del todo cuando leáis estas líneas, escritas en la noche trágica del lunes 15 de abril.

Se nos va, se nos está yendo… y poco, muy poco pueden las mangueras, los bomberos, los artefactos, o los aviones que ingenua pero bien intencionadamente reclamaba Trump.

Tampoco podrá nada ninguna restauración. Si no se cumplen los escalofriantes designios de Macron, quien ha amenazado con “recurrir a los principales talentos de nuestra época” (como si los hubiera…) “para reconstruir Notre-Dame”; si ello no se cumple, se recompondrán un día las formas de Notre-Dame, pero no quedará su sustancia. Porque su sustancia está —estaba— hecha de historia, de tiempo: del tiempo que, manteniéndose, vence a la muerte. Del tiempo que ha acabado siendo vencido por ella.

El dolor es más profundo, más hiriente aún —y voy a lanzar la peor blasfemia contra nuestro tiempo de mierda— que si fueran hombres quienes estuvieran pereciendo.  Porque cada hombre tiene como destino perecer  un día —lo más tarde posible, ni que decir tiene—. Pero los templos, y con ellos el arte, y con ellos la naturaleza, tienen por destino permanecer: ser. Ser expresión del más alto de los misterios y de la más refulgente de las presencias.

Es por eso por lo que tanto el arte como la naturaleza —su belleza, en fin—son sagrados. Doblemente sagrados en el caso de un templo, de uno de esos templos en los que ya sólo se celebran (es cierto lo que dice Nietzsche) los funerales por la muerte de Dios. Por ello la muerte que hoy golpea a todos los bien nacidos es triple: muere lo sagrado encarnado en la belleza, muere lo sagrado encarnado en el templo, y muere lo sagrado que aún pervivía como recuerdo de un mundo en el que lo grande y lo bello tenían todo su alto lugar.

Y frente a semejante devastación, la impotencia de los hombres. La todopoderosa técnica del orgulloso hombre moderno se hace casi impotente del todo ante el fuego que, en este inicio de Semana Santa, devasta uno de los mayores símbolos que aún nos quedaba —al menos en la piedra, si ya no en las almas y los corazones— de lo sagrado.

La gran pregunta que todos se hacen… y casi nadie formula

Y a todo eso, ¿quién es el culpable? ¿Un insensato, un energúmeno obrero, encarnación máxima de la imprudencia y la torpeza? Tal vez. ¿O acaso…? No, no hay pruebas, no hay (en el momento en que escribo) ni siquiera indicios. Hay incluso un contraindicio: ningún grupo islámico ha reivindicado (por ahora) atentado alguno. Dejémoslo por tanto ahí. De todos modos, aunque hubiera indicios o existieran pruebas, sabemos de sobra que el Gobierno francés (y los otros igual) harían todo lo posible por tratar de esconderlas.

Lo único que es seguro, lo único de lo que no cabe duda es de que en las casas y calles de Sarcelles, de Saint-Denis, de todas las “cités” que son ya terreno vedado a los franceses, lugares donde ni la policía se atreve a entrar, hoy es día de fiesta y júbilo.

Como también lo es en los mensajes que gran número de musulmanes lanzan a través de las Redes Sociales. Ver aquí

Como también lo es en los mensajes que gran número de progres lanzan, en España misma, a través de las Redes Sociales. Ver aquí.

Por eso, pensando muy expresamente en ellos (y en ellas), hablé antes de la devastación que hoy golpea tan sólo a los bien nacidos.

Tampoco forman parte de ellos quienes, en la última semana, profanaron en Francia una docena de iglesias. Ver aquí. Imposible saber si la de hoy ha sido la decimotercera.

 

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