No es igualdad, es precarización

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El izquierdismo, desde épocas paleomarxistas, tiene una obsesión: la igualdad, y me refiero a la igualdad efectiva de los individuos en la esfera económica. Pero no todos pueden nadar en la abundancia al mismo tiempo —a la historia y a la misma realidad me remito—, por lo que han encontrado una solución radical: todos pobres, igualados por el rasero de la precariedad. Todos, menos los que gestionan el invento, naturalmente.

Un antiguo chascarrillo cuenta que los ministros de obras públicas de la URSS, la Alemania del Este y la Rumanía de Ceaucescu se reúnen en Bucarest. El ruso y el alemán elogian la suntuosidad de la mansión de su colega rumano. Éste los conduce al balcón de su lujosa residencia y les dice: «¿Ven ustedes, allí a lo lejos, aquel grupo escolar que hemos inaugurado recientemente? Pues ya saben, quitando de aquí y poniendo de allá, arreglando las cuentas, me he agenciado esta casa». Meses después vuelven a reunirse en la mansión del ministro de la Alemania oriental. La misma historia. Desde el balcón, el ministro de la DDR comenta a sus colegas: «¿Ven ustedes en el horizonte aquel enorme centro de logística industrial? Pues de la astuta administración de ese magno proyecto salió mi hermoso palacete». Al cabo de un año, la reunión es en Moscú. Los ministros alemán y rumano están asombrados ante la magnificencia de la morada del ruso, un derroche de mármoles, jardines, obras de arte y techos dorados. El ministro soviético los lleva a un mirador y les pregunta: «¿Ven ustedes en la lejanía ese inmenso complejo sanitario, con sus dos hospitales, sus centros de atención primaria, su servicio de urgencias, la central de emergencias, la residencia de ancianos… ¿Lo ven?». Tanto el rumano como el alemán, desconcertados, niegan con la cabeza. «No vemos nada, camarada». El ruso les ilustra sobre sus habilidades para ganar fortuna y construirse un palacio: «Pues eso mismo…».

Los regímenes socialistas —el “socialismo realmente existente”— de la Europa del este, así como sus aliados maoístas y demás partícipes del bloque mostraron históricamente una voracidad inusitada, parasitaria hasta lo cruel, sobre las riquezas de las naciones bajo su imperio. Avidez que, por decirlo suavemente, iba aparejada al desprecio que mostraban por el bienestar de las poblaciones sometidas. A estas alturas del siglo XXI no es necesario aportar más datos ni evidencias que confirmen lo anterior, aunque sí tendría sentido recordar los testimonios de autores como Sandor Màrai, Solzhenitsyn, Víctor Serge, Litle… entre tantísimos. No es ocioso ni mucho menos inútil volver a esas obras que en su día fueron de actualidad y ahora prácticamente se han convertido en memorísticas; no es baladí traerlas a colación ni tampoco refrescar conceptos e ideas básicas, incuestionables, sobre el fracaso monumental de las múltiples vías que el igualitarismo adoptó para abrir espacios propios en el siglo XX, con el resultado conocido. No resulta infructuoso, creo, porque en los últimos años han surgido movimientos en la izquierda que vuelven a acercar sus posiciones teóricas a aquella aberración soviética de la “dictadura del proletariado” —es decir, del partido; es decir, de la nomenclatura del partido instituida en tiranía—, bajo la excusa intelectual y la humana tontería de considerar que el igualitarismo, en su momento, no se aplicó ni se gestionó debidamente. O sea, que la Unión Soviética, la DDR, los Jemeres Rojos, la Revolución Cultural china y etc, etc, en realidad fueron lamentables errores del pasado que pueden enmendarse siempre y cuando volvamos sobre los mismos pasos.

Decía quien lo dijo —concretamente J. Pérez Cepeda— que en cada generación aparece un selecto grupo de idiotas convencidos de que el colectivismo no ha funcionado porque no lo han gestionado ellos. Esa estupidez está ocurriendo en España desde hace ya demasiado tiempo. Aprovechando la crisis financiero-inmobiliaria de 2008 y, como siempre, comparando los estragos del capitalismo real con los beneficios del socialismo ideal, irrumpió una hornada descontenta y bulliciosa de políticos sin más historia que el activismo de tienda de campaña, empeñados en que la solución a todos los males de la patria, de Europa y del mundo está en volver al catafalco argumental del viejo sanguinario colectivismo. Hay algo que los identifica y los define: su admiración por las dictaduras “socialistas” más repugnantes del planeta y su silencio cómplice en otros casos, igualmente ilustrativos. Para esa gente, la igualdad consiste en que no haya ricos y en que nadie pueda soñar siquiera con tener un buen pasar en la vida, salvo si forma parte del entramado del poder. Por supuesto, que todos sean pobres y vivan en situación de vasallaje respecto al Estado omnímodo no supone inconveniente alguno para sus conciencias. Con que no haya ricos se conforman. Como, por desgracia, la mayoría de aquellas dictaduras se identifican hoy en el ámbito hispano, el problema nos toca, por así decirlo, más de cerca. En fin y resumiendo: ¿Alguien en su sano juicio puede hoy en día defender, ni por lo remoto, una dictadura de 62 años como la cubana, que ha sido incapaz de construir algo —algo— en todo ese tiempo, ni atajar la pobreza y la desigualdad efectiva entre los habitantes de la isla y que sólo se ha mostrado eficaz a la hora de reprimir a los disidentes? ¿Quién con mínimo decoro puede defender a narcodictaduras criminales como la venezolana o la nicaragüense? ¿De verdad alguien con medianas luces puede concebir que elementos como Lula da Silva, Petro, Morales, AMLO y afines son políticos que conducirán a sus países hacia un futuro de prosperidad, igualdad y libertad?

Pues los hay, para pasmo y desaliento de muchos. Los hay. No hablo de votantes más o menos desesperados, hundidos en la pobreza endémica de América latina, quienes votan a probatura por si alguien, alguna vez, hiciese algo para sacarlos de su postergamiento. Hablo de políticos españoles, teóricos, supuestos intelectuales —intelectuales—, que justifican aquellos regímenes con la falacia, para ellos mántrica, de que el beneficio capitalista es un crimen en sí mismo; y antes que una fortuna injusta, un millón de hambrientos. Esa es la línea de pensamiento que siguen, con perdón y todos mis respetos para el concepto de humano pensamiento.

No deja de ser paradójico que estos propagandistas de la miseria ensalcen, al mismo tiempo, a los sátrapas locales y lodosos millonarios que dirigen aquellas ingenierías de la mugre, plutócratas que viven enmullidos en lujo asiático como el indescriptible Maduro, el pintoresco segundón Canel o el sanguinario Ortega. Esta es una cuestión que merece estudio aparte por así decirlo. O por decirlo con un poco más de desenfado, es una cuestión que se explica por la confluencia de intereses entre las dictaduras populistas [1] —las negritas van a propósito, luego les explico el porqué— y la nueva oligarquía globalista empeñada en conducir a la humanidad mansamente, de mano de ideologías baratas como la de género, el cambio climático y demás ingenios, hacia una pobreza universal digna, arreglada, en sociedades igualitarias donde nadie tendrá nada y todos seremos felices porque se respetará nuestra orientación sexual y todos comeremos insectos, que tienen muchas proteínas. ¿De verdad nadie, allá en las altas esferas del poder político, ha reparado en la confluencia de intereses a largo plazo entre la izquierda más rancia, montuna, demagógica y dogmática y las nuevas versiones del capitalismo reinventado tras las crisis de los años 70 y 90 del siglo XX y la última de 2008? ¿En serio ninguno de estos izquierdistas de lacito arcoíris se ha interrogado a sí mismo, nunca, sobre ese acuerdo de objetivos y similitud calcada entre las sociedades que defienden unos y otros como modelo de futuro? Por supuesto que lo han hecho. Por descontado que lo saben. Pero resulta que si el pensamiento colectivista se distingue por algo es por su pragmatismo: lo importante no es de qué color sea el gato, lo importante es que cace ratones. Si una potencia como China ha sido capaz de cambiar el socialismo picapedrero por capitalismo salvaje sin perder la identidad doctrinal ni desprenderse de los arcaicos símbolos comunistas, queda en evidencia algo asombroso: lo importante, tanto para el progreso como para la pobreza, es que el pueblo se conforme.

Ese es el diseño del Nuevo Orden Moral para los próximos siglos: una humanidad precarizada, sometida al poder incontestable del Estado y conforme a la doctrina única, inviolable, de la bondad sin límites y a costa de cualquier atisbo de libertad o progreso individual. Sólo un obstáculo se presenta a quienes, desde la izquierda reaccionaria, se postulan como posibles gestores de ese futuro: de qué manera superar la distancia entre ellos y las élites que les acompañan en el camino. De momento van practicando la política de “caminar separados y golpear juntos”. Aunque todo se andará, porque, como antes se dijo, caminar, caminan. Si alguna ventaja tienen los tiempos modernos es la permeabilidad social. Llegará el tiempo de las fusiones, de la disolución de las castas políticas igualitaristas en el magma confuso y mil veces más poderoso del dinero, que es a fin de cuentas lo que sigue moviendo el mundo. Y si no, ya se ha dicho: al tiempo. A menos que alguien haga algo, claro está.

 

[1] Sobre el término “populismo”, ¿se han dado cuenta de que, desde que el presidente Sánchez definió su estrategia de alianzas para la (des)gobernanza de España, ha desaparecido del diccionario cotidiano en los medios de comunicación? ¿El detalle da que pensar o qué?

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