Los tiempos cambian

"Ni cinco minutos de mi vida me he sentido español" (Fernando Trueba, cineasta apátrida)

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“Patria, esa palabra horrible, como teléfono o ascensor, que decía Pablo Neruda”, dice Juan Cruz en El País (que no es, pues, periódico de ningún país, salvo de “Estepaís” que ni se atreve a nombrarse  a sí mismo). Lo cita equivocándose, por cierto, pues lo que dice Neruda es: “Patria, esa palabra horrible, como termómetro o ascensor”. Leyendo lo cual a uno le dan escalofríos al pensar en el gran poeta que es, por desgracia, Pablo Neruda. Por desgracia: la que encarnan tantos grandes creadores de nuestro tiempo que han caído en los tentáculos del espíritu progre y apátrida. Salvemos, sin embargo, a unos cuantos (y la lista no es desde luego exhaustiva): Céline, Paul Morand, Henry de Montherlant en Francia; D. H. Lawrence en Inglaterra; o, entre nosotros, Borges, Álvaro Mutis, César Vallejo o la misma generación del 27, algunos de los cuales podían, acaso, ser más o menos “rojillos”, pero ninguno era “progre”. Si los “progres” son hoy mundialistas, apátridas y atomistas (el mundo, para ellos, no tiene pueblos o patrias: sólo átomos que, sumándose, se convierten en masas), los “rojos”, en cambio, no lo eran en absoluto (eran otras cosas, por supuesto).
 
Volvamos a Juan Cruz. Después de haber citado a Neruda, sigue arremetiendo contra la patria: “uno de los once mandamientos del fascismo” (entiéndase: del Mal Absoluto), así como “palabra desdichada –escribe– de la que siempre penden una bandera y una pistola”. Todo ello lo dice a cuento de lo ocurrido con Fernando Trueba, ese cineasta que, habiendo renegado de su país, es alabado por el periodista de El País. Recordemos los hechos.En septiembre de 2015 Fernando Trueba recibía en el Festival de San Sebastián el Premio Nacional [sic] de Cinematografía, junto con su correspondiente cheque de 30.000 euros (una bagatela, al lado de todas las subvenciones nacionales [resic] de las que gozan sus filmes). Mientras se guardaba el cheque en el bolsillo, el español que no quiere serlo tuvo la desfachatez de declarar (y el ministro de Educación y Cultura del reino de España que se lo daba, le sonreía la gracia): “Ni cinco minutos de mi vida me he sentido español”, declaró el apátrida.
 
Todo ello ocurrió hace ya más de un año. Lo extraordinario no es que ocurriera: tales palabras no dejan de ser banales tanto en boca de los pijoprogres de la “intelectualidá” como del establishment en general (de derechas, centro e izquierdas) que rige, hoy por hoy, nuestros días. Lo extraordinario es que Trueba acaba de sacar una nueva película (subvencionada con 4 millones de euros) y que, para mayor recochineo, se titula La reina de España. Pues bien, ha sucedido lo que nunca nadie hubiese podido imaginar que ocurriera en esa patria nuestra cuyo nervio parece tan descompuesto (“desvertebrado”, decía aquél). Ha sucedido que la gente –la gente de a pie: ningún grupo, partido o movimiento ha promovido nada– se ha acordado de que hace más de un año ese señor Trueba les había mentado la madre (el padre, más exactamente: el que late bajo la “patria” que nombra a los antepasados de los que venimos y designa a los descendientes en los que nos proyectamos).  Pero como a la gente decente (la gente de la “decencia común”, que decía Orwell) no les gusta nada que les mienten la madre, resulta que, por una vez, la gente se ha rebelado. Las redes sociales se han llenado de textos y memes llamando a boicotear la película de quien no quiere tener ni antepasados, ni descendientes, ni tierra, ni destino.
 
¡Y el boicot ha tenido un éxito rotundo! La película, cuyo estreno ha constituido un fracaso sin precedentes, sólo ha recaudado hasta el momento de escribir estas líneas 387.000 euros, lo que equivale a 1.030 miserables euros por sala en la que se proyecta. Todo un fracaso que Trueba no tiene reparo en lamentar públicamente… sin tratar siquiera de disculparse en lo más mínimo.
 
Parece, pues, como si también en Estepaís antaño orgulloso de sí y de su historia las cosas empezaran a moverse. Parece como si después del Brexit, después de Trump, y ante la perspectiva de todo lo que se avecina en 2017, fuera cierto aquello que dice don Hilarión en La Verbena de la Paloma: “los tiempos cambian que es una barbaridad”.

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