Carta a una amiga casi progre

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Querida amiga: El otro día, en el cruce de correos que mantuvimos y en el que me contabas tu experiencia al visitar el granadino barrio conocido como Almanjáyar –“Polígono de la Cartuja” para los naturales, “Polígano Cartuha” para casi todos sus vecinos -, noté algo de envaramiento por tu parte cuando, tras aclararme que no habías visitado nunca ese barrio, hasta aquel momento, yo respondí un poco airado -lo reconozco -, que servidor, a los 17 años, iba allí con frecuencia para impartir clases de alfabetización en unas aulas organizadas por las Hermandades Obreras de Acción Católica.
 
Antes habíamos hablado “de política”, sobre el recorte presupuestario de Zapatero, la famosa llamada telefónica de Obama recomendando aquellas medidas y otras semejantes, etc. Y claro, digamos que el terreno estaba ya abonado para una (casi)-salida de tono por mi parte. Tú, como siempre que hablamos de estos asuntos, defendías que antes de que gobierne la derecha en España prefieres mil veces a RZ en el poder, aunque no compartas algunas o muchas de sus maneras. Para ti, nuestro presidente, su gobierno y asesores, sus leyes discriminatorias y sus ministerios de masturbación y revisión ideológica de los cuentos infantiles son el mal menor ante la verdadera amenaza contra nuestro país: la derecha. Sin embargo, te mostrabas de acuerdo con mi definición de “policía del pensamiento” aplicada a estos nuevos inquisidores (más bien inquisidoras), de la modernidad. Aunque todo hay que decirlo, hube de aclararte que el término “policía del pensamiento” no es fruto de mi cosecha sino literal repetición del que acuñase junto a otros cuantos, todos muy afortunados y por desgracia muy vigentes, George Orwel en su novela 1984, obra que no conocías y que imagino ya estarás leyendo, pues sé tu inquietud por el mundo de la cultura y por la creación literaria en particular.
 
 
Los suburbios
 
Me contabas cómo te había impresionado ese barrio marginal. Si lo sigue siendo hoy día, imagina cómo era hace treinta y cinco años, el nivel que había cuando yo intentaba, iluso como todos los jóvenes, desanalfabetizar a pobres niños cuyo principal problema en la vida no era el desconocimiento del a,e,i,o,u, sino conseguir al menos dos de las tres obligatorias comidas diarias. Me hablaste de la cantidad de gitanos y gente pobre, astrosa, patibularia, de esa que “da miedo”, por allí avistada. Cuánto más miedo os daría a ti y a los componentes del coro en el que cantas, pues acudisteis, si recuerdo bien, a un recinto municipal para ofrecer un concierto de hermosas voces, en un barrio donde se canta flamenco de maravilla, pero eso sí: ataviados los intérpretes con ropa de mercadillo, no en plan “caballeros traje oscuro y señoras traje de cocktail”, como establece vuestro protocolo. Por fortuna, me contabas, la policía os abrió camino entre la chusma para que pudieseis llegar al auditorio sin mayores problemas.
 
No sé... me extrañó que te extrañases de que alguien como yo, de pasada juventud de izquierdas, a quien consideras “un intelectual” (¡horror!), acopiara en su pintoresca biografía esa especie de extravagancia: haber dado clases a niños de los suburbios. Yo respondí muy inmediatamente que en aquellos tiempos la izquierda era izquierda y no una cosa propia de la pequeña burguesía urbana y pijilla, expresión esta que pareció molestarte un poco. Y como no quiero que te molestes y, desde luego, quiero seguir siendo tu amigo por muchos años y hasta que la muerte nos separe, te pongo estas líneas para explicarme mejor.
 
 
La izquierda obrerista
 
Verás, mi muy querida amiga, el asunto no es difícil de comprender, así como tampoco resulta complicado enterarse de por qué gente de parecida trayectoria ideológica a la de un servidor está muy a disgusto con esta nueva izquierda que atufa a rancio stalinismo del de toda la vida, el mismo que persiguió a Orwel y a tantos otros escritores y que hoy, a falta de enemigos ideológicos que quieran ponerse a su altura, atiza sañudamente contra Blancanieves y los siete enanitos, relato infantil al que, supongo, rebautizarán como Blancanieves y los siete enanitos y medio y las siete enanitas y media. El caso es que en aquellos tiempos, y en coherencia con la teoría marxista de la Historia y evolución de las sociedades (lo que se ha venido llamando tradicionalmente el “Materialismo Histórico”), el proletariado era, ni más ni menos, el nuevo sujeto revolucionario, es decir, la clase social que sustituiría a la burguesía en el ejercicio hegemónico del poder, configurando una sociedad muy distinta a la capitalista. Lo malo era que el proletariado no podía “tomar conciencia” de su destino histórico por culpa de los malvados “aparatos ideológicos de Estado” que lo mantenían “alienado”, embrutecido, sumido en la ignorancia y la incultura y demás lacras espirituales propias de los estamentos menos favorecidos de la sociedad. Por tanto, enseñar a leer y escribir era un paso previo (evidentemente revolucionario), para que el proletariado, poco a poco, fuese saliendo de aquella animalidad intelectiva en que vivía, y de este modo, con el tiempo y una caña, llegara a adquirir clara noción de su principalísimo papel en la Historia. De ahí a la revolución socialista, medio paso.
 
Te aclaro que, de principio, cometíamos un inmenso error, pues considerando las características del tejido industrial de una ciudad como Granada, encontrar un verdadero proletario, vendedor de su fuerza de trabajo y productor de plusvalía, era como buscar una aguja en un pajar. A quienes en realidad dábamos clases, sin ningún éxito por cierto, era a pobres hijos de no menos infelices lumpemproletarios. Pero bueno... esa es otra parte de la película que ya te contaré otro día.
Eso sí, estábamos convencidos de que el motor de la Historia era la lucha de clases, y que en ese proceso el proletariado y su vanguardia organizada, el partido, tendrían una intervención absolutamente decisiva. Y a ello nos aplicábamos, con los resultados que todo el mundo conoce.
 
La dictadura, ¿del proletariado?
 
Luego vino el gran desengaño, la evidencia de las atrocidades cometidas por el stalinismo, sus herederos, epígonos y cómplices, tanto en los llamados “países socialistas” como en sociedades democráticas donde cierta intelectualidad, obnubilada por la fe marxista, negaba lo innegable, cerraba los ojos y justificaba el enorme crimen contra la humanidad que supuso (y en algunos desdichados lugares sigue suponiendo), la llamada “dictadura del proletariado”. Llegó la caída de aquella ignominia, la autodemolición de la Unión Soviética, la conversión de China en potencia capitalista, y comprendimos (al menos algunos lo comprendimos), que nuestro idolatrado proletariado ni era ni podía ser protagonista histórico de nada, que su presencia en el complejo entramado de las relaciones de producción, el desarrollo de las fuerzas productivas y las contradicciones que connotan, era algo por completo residual, sustituible, prácticamente efímero. Comprendimos que la burguesía no era exactamente una clase social sino un estado o “forma de estar” en el proceso productivo: los dueños de los medios de producción. Porque los medios de producción y en realidad todo el proceso productivo, desde las materias primas a la capacidad de organización de la fuerza de trabajo, siempre han tenido dueños: el capital privado, las sociedades anónimas, el Estado, las cooperativas, la burocracia del partido... ¿qué más da? El mercado y las leyes del mercado funcionaban tanto en los países capitalistas como en los socialistas, con la ventaja a favor de los primeros de que la “burguesía” es un estamento social permeable: se accede a ella o se deja de pertenecer a la misma sin mayores dramas. Por esa razón y por ninguna otra, desde que a unos colonos americanos les dio por independizarse del rey de Inglaterra y a unos ciudadanos franceses por tomar la Bastilla, se acabó la presunción de propiedad de los medios de producción (generalmente la tierra), en razón de derechos natales, un concepto medieval que la Historia ha desterrado por completo.
 
¿Nueva izquierda o restos del naufragio?
 
Bien, que me enrollo. Quedamos en que el proletariado ha dejado de ser sujeto protagonista de ningún cambio histórico sustancial, y que el motor de la Historia ya no es la lucha de clases sino el progreso económico y social de los pueblos y las naciones, en el que actúan combinadamente todas las clases sociales, distinguidas éstas por su “estabilidad difusa”: hoy empleado, mañana autónomo, pasado mañana proletario y la semana que viene pequeño burgués con fabriquita de muebles en un polígono industrial Comprenderás entonces, querida amiga, que me resulte indigerible el cambiazo que la izquierda actual pretende dar al sentido de su permanencia en la vida política y, de paso, a su propia imagen. Es como si nos dijeran que ellos nunca se equivocaron, que tenían, tienen y tendrán siempre razón, pero que vamos, en plan de ajustar finamente el tono de su ideología, ahora consideran que el sujeto revolucionario (de “cambio” más bien), en vez de ser el proletariado son los urbanitas acomodados (donde tienen su principal apoyo, dejando aparte las clases jornaleras subsidiadas); que los agentes de la transformación social ya no son las clases sociales sino “los colectivos”, entre los que destacan por su agilidad los homo-lésbicos, los ingenieros e ingenieras de la “neolengua” (otra vez Orwel y su 1984), y l@s fanáticas partidari@s de suprimir derechos constitucionales a los varones en virtud de su pertenencia a este sexo.. Las superestructuras ideológicas, en vez de estar cohesionadas por teorías “fuertes”, totalizadoras y necesariamente implicadas en la dialéctica teoría/práctica (renuncio a escribir la palabra “praxis”, me trae malos recuerdos), se articulan en torno a formulaciones “débiles”, la cursi, pastelosa, caramelosa y un poquito intolerante bondad de quienes se consideran elegidos por la Historia para gobernar el destino de las masas, aunque históricamente hayan metido tanto la pata que en las fosas comunes del socialismo que realmente existió ya no cabe ni un alma en pena.
 
Se podría argumentar que esta descripción un tanto criminalizada de la izquierda tradicional es injusta hacia los partidos socialdemócratas, pues ellos se desvincularon ideológica y políticamente del stalinismo y regímenes afines hace muchísimo tiempo. Aunque el asunto, como diría RZ sobre el concepto de España, es “discutido y discutible”, el resultado final no afecta al conjunto de la consideración, y mucho menos a su resultado. Unos renunciaron al “terror rojo” a principios del siglo XX (demasiadas veces de boquilla, véase la actuación largocaballerista y de las Juventudes Socialistas durante la Segunda República), y otros, los comunistas más acérrimos, empezaron a bajarse del autobús a mediados de la misma centuria; curiosamente: para llegar ambos al mismo destino. Las dos tendencias mayoritarias en la izquierda tradicional tienen idéntico fundamento ideológico, el marxismo, y su punto de llegada queda uno junto a otro, hermanados al fin en el “buenrollismo” contemporáneo. Todos los caminos conducen a Albacete. Por otra parte, si los “socialdemócratas” no quieren que se les siga metiendo en el mismo cajón que a los herederos de Lenin y Stalin, harían bien en dejar de apoyar sin tapujos a regímenes tan repulsivos como el de los hermanos Castro en Cuba, Chávez en Venezuela y a otros tantos tiranuelos que medran por el ancho mundo. Regímenes y personajes que no parecen disgustarles, precisamente.
 
Pero, un momento. ¿De qué izquierda estamos hablando si los principios y argumentos tradicionales de su ideario ya no valen para nada, son escombros en el desguace de las ideologías totalitarias? Han tenido que asumir, uno por uno, los que hasta hace años eran elementos teóricos prácticamente exclusivos del pensamiento conservador, como los principios de libertad, igualdad y fraternidad, la Declaración de Derechos Humanos y cuerpos doctrinales parecidos, de origen y corte “burgués” en definitiva. Eso sí, esta izquierda que ya no es izquierda desarrolla a su manera el nuevo ideal democrático. Para empezar, excluye a todo lo que no sean ellos mismos (lo que llaman “derecha”), de cualquier intención de propiciar el bien común. Ellos, birlibirloque, han decidido que los únicos partidarios del bienestar colectivo, de la democratización de la riqueza (que, por cierto, no producen aunque bien que se postulan para administrarla), de la igualdad ante la ley, de los derechos de las minorías, etc, son precisamente ellos mismos y nadie más. Lo que llaman derecha, según su discurso, es egoísta, codiciosa e insolidaria; si no fuera por ellos y su permanente vigilancia sobre la marcha de las sociedades, los capitalistas nos comerían vivos.
 
Cambiarlo todo para que nada cambie
 
Querida amiga, me resulta muy difícil tomar en serio a una izquierda que ha renunciado tan fulgurantemente a sí misma y a su propio proyecto estratégico, sin guardar más bagaje que unas cuantas ideas prestadas por el pensamiento liberal decimonónico. Esa izquierda se ha manifestado no sólo incapaz, sino criminalmente incompetente para forjar una sociedad igualitaria y justa sin recurrir al horror de las más fieras dictaduras. Ahora, sin ideología propia y sin proyecto propio de sociedad, se nos presenta con todo el descaro del mundo para decir: “El capitalismo es intrínsecamente malo, cierto, y no pensamos cambiar un punto ni una coma de esa realidad inevitable, pero no os preocupéis: mientras nosotros gobernemos, os defenderemos de los dueños de los medios de producción y repartiremos parte de sus beneficios entre los más necesitados, es decir: nuestros necesitados más allegados”. Cambiar, no van a cambiar nada (mejor que no lo intenten de nuevo); pero administrar la riqueza generada por el sistema que tanto dicen aborrecer, ya es otra cosa. Y ya estás viendo los resultados en España de esta nueva estrategia, por llamarla de alguna manera.
 
En fin, querida amiga mía: en atención al rollazo que acabo de soltarte comprenderás, digo yo, por qué a mí esta izquierda me parece ridícula, ineficaz, históricamente prescindible y, la verdad, de lo más fastidiosa cuando están en el poder. Si al menos hiciesen algún esfuerzo por reinventarse a sí mismos... Pero descuida, que ni eso. Con cuatro siglas, cuatro ideas, cuatro ignorantes que se las crean y cuatro publicistas que les pongan cara, ya lo tienen todo hecho. Eso, en mi pueblo, se llama pereza mental, otro de los grandes pecados de la izquierda que no tuvo más remedio que dejar de ser izquierda hace muchas décadas aunque, como parece natural, no tuvo la coherencia necesaria para reconocer su fracaso histórico e intentar siquiera la aventura de una nueva explicación del mundo, nuevos ideales fundamentados en las enseñanzas de la experiencia pasada y que, quizás, habrían entusiasmado a los muchos huérfanos que dejaron por el camino. Aunque, como te decía antes, la pereza mental es una traba demasiado onerosa. Ni entonces pensaron en lo que había ni hoy se molestan en pensar seriamente qué equilibrios están haciendo y a qué especialidad del funambulismo se dedican.
 
Y hablando de pereza, oye, me largo a dormir la siesta.
 
Ya nos veremos.
 
Un abrazo.

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