Quema de libros, en 1933, por las autoridades nazis

Queman en Canadá libros de Tintin, Asterix y Pocahontas

Los celadores de la fe vuelven a los autos de fe

Las autoridades religiosas de la provincia de Ontario, en Canadá, han procedido recientemente a inmolar mediante el fuego o la guillotina... 4.700 libros de sus bibliotecas

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Vaya por Dios... Hete aquí que, según informa Radio Canadá, en los democráticos y liberales tiempos que corren, las autoridades religiosas de la provincia de Ontario han procedido recientemente a inmolar mediante el fuego o la guillotina... 4.700 libros de sus bibliotecas pertenecientes a unos treinta centros de lengua francesa (se ignora por qué los centros de lengua inglesa no han corrido parecida suerte) del sur de la provincia de Ontario. Como no hay razón para que el flagelo purificador no se extienda también al norte de la provincia y al resto de Canadá, es fácil imaginar lo que les aguarda a las bibliotecas de Canadá, probablemente el más progre de los progres países que en el mundo son.

Según comunican fuentes bien informadas, el Gobierno de Afganistán, recientemente constituido, transmitió al canadiense su cordial felicitación y firme apoyo por semejante acción, aunque no dejó de lamentar lo que considera “la reducida extensión de la purificación emprendida en tales bibliotecas”.

Dejémonos sin embargo de bromas y especifiquemos, si es que el avispado lector no lo he comprendido ya, que las obras quemadas o guillotinadas por las autoridades católicas lo han sido por su carácter pecaminoso en materia de corrección política y, más concretamente,

Cometían, entre otros pecados, el de incluir términos considerados insultantes, tales como “esquimal” o “indio”

por ser consideradas ofensivas hacia las comunidades indígenas, pues cometían, entre otros pecados, el de incluir términos considerados insultantes, tales como “esquimal” o “indio”. Destaquemos también que entre el total de los 155 títulos entregados a las llamas, la mayoría de los cuales eran de carácter infantil o juvenil, figuran nada menos que títulos como Tintin, Asterix Pocahontas.

Los celadores de la fe (o de aquello en lo que consista el actual buenismo eclesiástico) vuelven, pues, a la práctica de los autos de fe. No (todavía no) en el sentido cabal del término, sino en el que tiene en francés la palabra autodafé, que no se refiere a la quema de herejes, sino a la de libros. Aquellos libros, en el caso que nos ocupa, que los enemigos de nuestra civilización, fustigándose a sí mismos, consideran culpables de pecar contra lo políticamente correcto.

Fustigándose a sí mismo... Si sólo hicieran eso, no habría ningún problema. Allá se las compongan y con su pan se lo coman, que cuanto más fustigados estén, mejor será y más valdrá

Pero no, por supuesto, El problema consiste en que es a nosotros —a todos nosotros— a quienes escarnecen y fustigan de tal suerte. A nosotros..., empezando por quienes, ante semejante noticia, se limitarán, aun repudiando la quema, a encogerse de hombros y a esbozar una sonrisa.

Hasta el día en que vengan a quemar nuestros propios libros.

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