Seguridad e inmigración: la relación prohibida

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Hay miedo a hablar. Por todas partes se percibe un incremento sensible de la inseguridad ciudadana que sólo un ejercicio de “buenismo” democrático permite disociar de la reflexión genérica en torno a la inmigración ilegal. Pero hay miedo a hablar. Una simple afirmación, interpretada a mayor abundamiento de esta relación prohibida, le pueden valer a uno los estigmas vergonzantes del racismo y la xenofobia. Y así, escudados detrás del miedo a parecer peores personas de lo que en realidad somos y del terror ciego al rechazo social que provocan los duros de corazón, se vuelve la espalda a la realidad, se guarda silencio y se hacen preces para que la próxima casa que vaya a ser asaltada no resulte la propia.
 
Hay miedo a hablar. Sorprende la facilidad con la que se puede llegar a ser incluido en un listado de sospechosos neo-nazis. A pesar de todo, las redes de relaciones sociales continúan prestando su función de medios inaccesibles a la censura para la transmisión de novedades. Y todo el mundo habla, cuenta, aporta datos sobre casos cercanos que, incomprensiblemente, nunca salen convenientemente reflejados en la prensa. Excepción hecha cuando lo asaltado es un chalet de lujo, con “bicho” millonario en su interior.
 
Resulta factible y conveniente preguntarse qué haría uno mismo en caso de verse desplazado a miles de kilómetros, por causa del “efecto llamada”, para arribar a un país desconocido en el que las promesas muestran desde el primer instante su verdadera faz: engañosos reflejos de miseria proyectados sobre las superficies verticales acristaladas, los nuevos símbolos colectivos del poder y la prosperidad.
 
Un 16% más de robos
 
Imposible, en cambio, resultaría imaginar a un padre de familia con escrúpulos duraderos por delinquir, constreñido por las necesidades más elementales de su prole. Poco es, en definitiva, lo que debe a un brillante occidente de neón que le niega ahora cuanto le prometió; cuando menos, unas condiciones de subsistencia mejores de las que creyó dejar atrás en su país de origen, en su loca huída hacia adelante. Las estadísticas parecen respaldar esta opinión. Los robos sin violencia y los hurtos, aquellos que tradicionalmente identificamos con formas de delincuencia que no buscan producir más daño del imprescindible para lograr arañar algunas monedas –nada que ver con los “alunizajes” o la sustracción de vehículos de lujo-, crecieron en 2007 un 16% respecto al año anterior. 16%, un porcentaje alarmante.
 
“Los necesitamos”. Esa fue la frase sentenciosa con la que el entonces presidente Aznar venía a advertirnos de lo que se nos avecinaba. Resultaba mucho más riguroso afirmar que, en realidad, eran ellos quienes nos necesitaban a nosotros; que eran muchos; que no había suficiente trabajo basura para tantos. Y que lanzar un mensaje de acogida a lo largo de Europa y de África habría de conllevar una respuesta masiva, que con esa nueva concesión a las leyes del capitalismo (pues aquí se ha actuado llevados por múltiples motivaciones, salvo por simple humanitarismo), se corría el riesgo de llenar nuestras calles de prostitutas de todas las edades, razas y procedencias; y que no hay hombre insensible a las necesidades de su familia; no, al menos, si ha sabido mantenerse dignamente alejado de los paraísos artificiales, desesperados, de las drogas y el alcohol.
 
Ahora, la relación entre inmigración e inseguridad ciudadana se ha convertido en un activo electoral. Pero el problema de fondo seguirá latente mucho después de cerradas las urnas, mucho más allá de la noche electoral. Alguien tomó decisiones por nosotros que nos van a vincular de por vida. Ahora que comienzan a presentarse las consecuencias irreversibles de aquel gigantesco fraude habrá que ir pensando en actuar. Pero también habrá que ir perdiendo el miedo a hablar sin ambages de aquel engaño colosal.

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