El Homo festivus se casa (consigo mismo)

Se nos casa el Homo festivus festivus, ese máximo exponente del hombre de nuestro tiempo.

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Se nos casa el
Homo festivus, ese máximo exponente del hombre de nuestro tiempo que, sustituyendo, según el gran Philippe Muray, al mismísimo Homo sapiens, inunda el mundo con su risa frívola, egoísta y boba.[1] ¡Qué gran matrimonio, el suyo! ¡Todo un braguetazo, la verdad! El Homo festivus se casa, pásmense todos y todas…, consigo mismo-misma.

Cuando leí por primera vez una noticia relativa a semejante (auto)locura, pero locura que requiere como mínimo la complaciente participación de amigos e invitados, creí, francamente, que se trataba de uno de esos bulos que ahora se llaman fake news. Pero no, la cosa va muy en serio. Y además va en auge, según cuenta este reportaje que, con las risitas de rigor, pero sin el menor ápice de demolición crítica —por ahí empiezan nuestros males—, se ha publicado en el periódico El Mundo. También me imaginaba entonces que ninguna autoridad civil o religiosa (aunque con el papa Paco todo es posible...) iba a prestarse a una fantochada carente, se supone, del menor efecto jurídico. Me lo imaginaba… hasta leer que una concejala de Podemos —cosa profundamente lógica, huelga decir— se prestó en ya no sé dónde a bendecir —perdón, a “empoderar”— uno de esos delirios ególatras que, desde hace unos años, han empezado a proliferar tanto en España como en diversos países de nuestro desventurado entorno.

Delirios que plantean, por lo demás, diversos interrogantes prácticos. El de las relaciones sexuales tiene fácil solución. Aparte de que varias de las (auto)novias siguen conviviendo con su actual pareja de hecho (la cual, en varios casos, hasta acudió como invitado a la boda), la cuestión sexual no plantea mayor problema. Basta recurrir a cualquiera de aquellas autoprácticas que, según pretendían otros desventurados —éstos al menos ya están fuera de servicio— eran causa de sordera y otros diversos percances. Bien, pero… ¿y qué pasa con un eventual y siempre posible divorcio? ¿Cómo se hace para, llegado el caso, divorciarse uno de sí mismo? ¿Cabe otra posibilidad que la del suicidio? ¿O sería acaso el automatrimonio la única unión conyugal realmente indisoluble?

En realidad, no es exactamente el Homo festivus el que se nos casa. Es sólo la Mulier festiva la que autocontrae nupcias, pues el fenómeno se encuentra limitado, hasta la fecha al menos, al antaño denominado «sexo débil» y hoy transformado en sexo a la vez altivo y oprimido. Es posible que, dentro de no demasiado tiempo, los otrora varones contraigan también nupcias consigo mismos; pero hasta que no suceda tal generalización del disparate, cabe preguntarse con los debidos respetos si una de las causas últimas de nuestros males no se debería buscar también en el actual supremacismo feminista: en esa creciente feminización de la sociedad de la que tanto habla alguien como, por ejemplo, el muy agudo Éric Zemmour.

Yo, yo, yo, yo, yo… y sólo yo, proclama el Homo, la Mulier o el Vir festivus, esa mutación antropológica que se caracteriza por abrazar delirios varios (además del automatrimonio, la ideología denominada de género, la cual pretende que la identidad sexual es una mera cuestión de gusto o decisión). Cuando nada sustenta el mundo y la vida, cuando todo se hunde en un oscuro pozo de sinsentido, es entonces cuando, llegado el nihilismo a su extremo, invade la tierra el último hombre.

«¡Ay!, exclama Nietzsche. Llega el tiempo en que el hombre no dará ya a luz ninguna estrella. ¡Ay! Llega el tiempo del hombre más despreciable, el incapaz ya de despreciarse a sí mismo. La tierra se ha vuelto pequeña entonces, y sobre ella va dando saltos el último hombre que todo lo empequeñece. Su estirpe es indestructible como el plugón; el último hombre es el que más tiempo vive. “Nosotros hemos inventado la felicidad”, dicen los últimos hombres, y guiñan el ojo.» Ese hombre, concluye Nietzsche en el Zaratustra, «tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche: pero se cuida la salud».

La salud se la cuida ciertamente mucho. Constituye incluso una de sus principales obsesiones. Pero de lo que no se cuida nada es de la muerte en vida.



[1] Destaquemos para quien le pueda interesar que uno de los libros más importantes de Philippe Muray, El imperio del bien, se encuentra traducido al español.  

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