Mariano Kerensky no se entera

Sí, Mariano Kerensky, sí: es una revolución lo que está en juego.

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Estoy en Barcelona (mi ciudad natal, por lo demás…), cubriendo para
El Manifiesto los acontecimientos de esos días en que la Historia se echa a andar, como decía en mi artículo de ayer, con acelerado, vertiginoso paso. Esperaba encontrarme con una ciudad convulsa, agitada, presta a la primera gran revolución del siglo XXI (justo ahora que se van a cumplir cien años de la otra…). Sí, Mariano Kerensky, sí: ¿aún no te has enterado? Es una revolución lo que está en juego. Como la que un tal Aleksandr Fiódorovich Kérenski propició al abrir, con sus claudicaciones y concesiones, las puertas a un tal Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin (a lo mejor este nombre te suena un poco, ya me imagino que nunca habías oído el de tu par). Sí, es una revolución lo que está en juego. Sólo secesionista, de momento. Luego… ya se verá. Si por la CUP y Podemos fuera…

Volvamos a mis impresiones de hoy en mi antigua ciudad. No, todavía no se palpa ningún ambiente revolucionario en las calles. La ciudad está tensa, eso sí, como conteniendo el aliento. Este mismo mediodía ha habido una importante manifestación de estudiantes (llevan ya varios días de asueto okupacional) a la que se han sumado, atizando el fuego… los bomberos, pero la vida todavía circula tranquila por los mercantiles y habituales cauces de la ciudad. Ahora bien, que quienes sueñan, amantísimos hermanos, con tranquilidad, paz y diálogo, no se hagan ilusiones: el “mambo”, como lo llaman los de la CUP, no empezará antes del domingo. La calma que aún se respira es, no cabe duda, la que precede a la tempestad.

Anoche me tocó sufrir, en el hotel del Ensanche donde me alojo, la habitual y secesionista cacerolada. Era cosa de esperar, pero lo que no me esperaba (ningún periódico habla de ello) era lo que me contaron más tarde mis amigos. Las caceroladas por la secesión se desarrollan única y exclusivamente en los barrios burgueses de Barcelona: derecha e izquierda del Eixample, Les Corts, Sarrià, Sant Gervasi, incluido el súper pijo Pedralbes, etc. En los barrios populares, no sólo en las populosas y charnegas ciudades del cinturón rojo (Hospitalet, Santa Coloma, etc.), sino incluso en los barrios de la misma ciudad (Barrio Gótico —si aún queda algo que no haya sido devorado por el parque turístico y temático—, Barrio Chino, hoy denominado Raval para no tener que llamarlo Barrio Moro-negro…): no se oye ni una cazuela. Esta misma noche me iré a dar una vuelta para confirmarlo.

¿Significa ello que estamos ante una revolución de burgueses y pijos? Sí y no.

Sí, no cabe duda: la gente sencilla, la gente que compone las grandes masas populistas en las que se cifran tantas esperanzas, esta gente no está por la labor de romper con España. O lo está, pero en medida mucho más pequeña. Por una sencilla razón: la mayoría de ellos es precisamente de España —del resto de España, si aún se puede hablar así— de donde proceden, lo cual no significa que entre los más exaltados separatistas no haya un buen número de charnegos de segunda o tercera generación. Piénsese, sin ir más lejos, en el Rufián ese que tanto honor hace a su apellido.

Y, sin embargo, no, hablando en propiedad no estamos ante una revolución de burgueses y pijos. Por dos motivos. Primero, porque los burgueses —los grandes, los del gran parné, los que cortan el bacalao— podrán simpatizar poco o mucho con la secesión; podrán incluso haberla auspiciado al comienzo (ahora ya deben de estar temblando); en determinados casos incluso podrán ser abiertos colaboracionistas (piénsese en el actual conde Julián… más conocido por Godó, propietario de La Vanguardia; o en Raventós, propietario del cava Codorniu y de la fallida Unipost que distribuye el correo electoral de la secesión). En cualquier caso, no es en absoluto la alta burguesía catalana quien dirige o inspira el tinglado. Todo lo que hace —como toda burguesía lo ha hecho en toda revolución— es seguir el movimiento, dejar hacer, no mover ni un dedo en contra, encogerse de hombros. Hasta que se cae sobre sus hombros la cabeza que les cortan de un tajo. Como cortaron en 1936 la de los burgueses de aquella Lliga que tanto había propiciado, sin querer, los muy imbéciles, sin querer…, la llegada de la Revolución y del Terror: separatista primero, rojo después.

Tampoco es exactamente cosa de pijos la revolución que se está fraguando. O lo es, pero a condición de precisar el término: es una revolución de… pijoprogres o perroflautas, que para el caso es lo mismo. Ellos sí dirigen el tinglado, ellos sí son la vanguardia. Ellos: tanto la minoría militante, decidida, activa —la que hoy ya corta el bacalao y mañana las cabezas—, como la gran masa, el gran caldo de cultivo social sin el cual ninguna revolución es posible. Componen esa masa gentes, por supuesto, de variopintos pelajes. Pero hay uno que predomina: el pelaje peinado y arreglado en la gran peluquería universitaria. El saber —en fin, el saber…: el puto y mero título, del grado que sea— les caracteriza. Se trata de la gran masa de clase media hoy dominante por doquier. Se trata de esa medianía de semiletrados compuesta de profesionales de todo tipo, ralea y condición: periodistas y periodistillas, empleados y empleadillos, empresarios y empresaritos, maestros y pedagogos, profesores y profesorcitos… Esos mismos profesores y maestros que, abriendo ya este viernes sus colegios e institutos, van a hacer que estén okupados todo el fin de semana por niños, padres y madres, comiendo y durmiendo todos juntos y revueltos, de modo que cuando lleguen los mozos, si es que llegan, o cuando lleguen los guardias civiles, si es que al final dejan de tenerles atadas las manos, no puedan ni precintar nada ni impedir farsa referendaria alguna. ¡Que no te enteras, Mariano, que no! ¡Que, a fuerza de tanto cogértela con papel de fumar, te la van a meter, Kerensky, doblada y por atrás!

¿Constituye esa masa social la mayoría de la población? No, por supuesto que no. ¿Cuántos serán? Lo sabemos: fueron contados en el prerreferéndum del 9 de noviembre de 2014. Son el 1,8 millón que fue a las urnas, frente a una población de 7 millones. Pero ¿qué importancia tiene? ¿Quién ha dicho que las revoluciones las hace la mayoría democrática de la población? Las hace —aparte de la vanguardia— gente, mucha gente, y gente lanzada, decidida, fervorosa, entusiasta. Pero no tiene por qué ser la mayoría. Ni para la revolución ni para ninguno de los grandes procesos que mueven al mundo. La democracia —”ese abuso de la estadística”, que decía Borges— no explica decididamente nada.

Ahora bien, dado que para los Kerensky y compañía la democracia (y el parné) es lo único que lo explica todo, ¿cómo se entiende que, siendo tan claras las posibilidades de que la opción española ganara un referéndum normalmente organizado, no han optado por esta vía? Parece un milagro, la verdad —pero milagro que no sirve de nada si luego se actúa como se está actuando. ¿Por qué, pues, los liberales españoles no han optado por un referéndum que muy probablemente habrían ganado? Tal vez sea porque aún queda en algún oscuro rincón de su alma como un atisbo de la idea que —jamás formulada, jamás echada a la cara de los del “derecho a decidir”— es lo que está en el fondo de todo el asunto.

Esta idea es tan sencilla como clara: hay cosas que están muy por encima de toda decisión. La patria, por ejemplo, ese destino colectivo, esa tierra que alberga a nuestros padres y nos albergará a nosotros y a nuestros hijos.

Y la patria —ese destino, esa tierra— no se vota.

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