Cogida y muerte de Iván Fandiño

Vuelve un héroe a morir. Vuelven los cerdos a gruñir

Esta vez no ha sido en Teruel, sino en la tan taurina Francia sureña donde "Provechito", un toro de la ganadería de Baltasar Ibán, ha sacado provecho para, en una chicuelina dada por otro Iván —Fandiño de apellido y alta torería—, cornearlo y atravesarle el pecho.

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Ha vuelto a suceder. Escasas semanas antes de cumplirse el primer aniversario de la muerte de Víctor Barrio, ha vuelto a ocurrir. Esta vez no ha sido en Teruel, sino en la tan taurina Francia sureña: en Aire-sur-l’Adour, cerca de Bayona, donde Provechito, un toro de la ganadería de Baltasar Ibán, ha sacado provecho para, en una chicuelina dada por otro Iván —Fandiño de apellido y de alta torería—, cornearlo y atravesarle el pecho.
Y como siempre lo mismo. Muere el héroe, y los cerdos, no sabiendo qué otra cosa hacer de sus vidas miserables, vuelven a agitarse, gruñendo y celebrando en los estercoleros de las redes sociales la cornada que mató al torero.

Tranquilícese la buenista piara. Si todo sigue así, si sigue prevaleciendo su culto de lo zafio y animal, su anteposición de la bestia al hombre, su odio por lo grande, arriesgado y heroico, dentro de algunos años dejará la sangre de correr por los ruedos. La sangre animal, quiero decir: la única que les inquieta. Sólo en industriales mataderos correrá entonces. Escondido y agazapado el sacrificio de reses (hoy también lo está), poco importará que el maltrato industrial se conjunte con la matanza sin aturdimiento propia del sistema halal que la mayoría musulmana de la población ya entonces habrá impuesto .

¿Cuándo? El siguiente texto lo prevé —y tal vez no se equivoque demasiado— para el año 2041. Se trata de una distopía que extraigo de mi novela El escritor que mató a Hitler y que en una nueva y próxima edición reaparecerá con el título de 2048: vuelve Hitler.

Así dice ese texto que reproduzco a mayor honra, tranquilidad y deleite de la piara animalista que hoy gruñe homenajeando a la Muerte.

 
En el año 2041, cautivo y derrotado el ejército taurino, alcanzaron las tropas animalistas sus últimos objetivos buenistas. «La guerra ha terminado», pudieron proclamar las asociaciones de defensa de los derechos humanos de los animales cuando cerró sus puertas el último reducto que aún quedaba: el coso de la Real Maestranza de Sevilla.
Prohibido a partir de entonces el sacrificio público de cualquier animal, la fiesta de los toros se reanudaría, sin embargo, en 2045, año en el que se consiguió desarrollar un prototipo de toro artificial que, moviéndose articuladamente gracias a un sofisticado sistema informático, reproduce casi a la perfección los movimientos de las bestias que antaño se criaban en dehesas y cuya raza ha quedado ya definitivamente extinguida.
Pese a su naturaleza mecánica, los movimientos y acometidas del morlaco son tan imprevisibles como lo eran los de sus hermanos naturales. Cada una de las reses es programada previamente por el mayoral de la ganadería (actualmente, un ingeniero informático). Dicha programación es, sin embargo, de carácter aleatorio, ignorando el mayoral si, como resultado de sus operaciones, saltará al ruedo un toro manso, bravo o encastado (terciados y astifinos, al salir de fábrica, lo son todos por igual).
También puede suceder que, pese al esmero aportado en la programación informática de la res, ésta resulte defectuosa. En tal caso, el presidente de la infocorrida ordenará que se devuelva el toro al corral, lidiándose en su lugar un sobrero. Para ello, el mayoral recurre a su mando a distancia, con el que le transmite al astado los impulsos necesarios para que regrese a toriles, sin que sea menester recurrir a los antiguos y también desaparecidos cabestros.
En el festejo propiamente dicho se reproducen todos y cada uno de los elementos constitutivos de una corrida a la antigua y cruel usanza. Suenan airosos pasodobles, los diestros y sus cuadrillas revisten vistosos trajes de luces, la lidia de cada toro se desarrolla en tres fases denominadas tercios, al término del último de los cuales el público premia la actuación del torero con una o dos orejas de material sintético, pudiendo también el respetable expresar su reprobación en forma de una sonora bronca.
Sólo los instrumentos utilizados en la lidia han experimentado un ligero cambio: capotes, muletas, banderillas, picas y estoques llevan microcámaras provistas de células fotovoltaicas cuyas radiaciones, al entrar en contacto con las que emite el burel, hacen que éste embista capotes y muletas, acometa a banderilleros y se precipite hacia los caballos (igualmente mecánicos) de los picadores.
Huelga decir que han desaparecido aquellos sanguinarios episodios en los que una pica, unas banderillas y un estoque herían o daban muerte al animal. No por ello, sin embargo, se han eliminado tales acciones. Sólo hay una diferencia: la habilidad del picador, la destreza de los banderilleros y el arte del matador consisten en que los antiguos instrumentos de tortura queden insertos con precisión en el orificio que les está asignado. Así, sólo cuando el picador introduce su pica en el agujero adecuado, se frena la embestida del toro y se expande por su lomo un reguero de líquido rojizo; sólo si los banderilleros insertan sus palitroques en alguno de los seis orificios que les corresponden, se mantienen las banderillas en su lugar; sólo si, practicando la suerte de recibir o la del volapié, el maestro logra que el acero penetre por el hoyo de las agujas, se activará el mecanismo gracias al cual, pasaportado el morlaco, rodará éste de forma fulminante por la arena.
Pero no sólo las reses bravas se han visto libradas de las torturas practicadas en los tiempos caducos. También han desaparecido los percances que sufrían los humanos y las humanas (cabe resaltar, por cierto, el gran incremento de toreras que se ha producido en esta nueva fase de la tauromaquia: ya son más numerosas en los ruedos que los diestros de género masculino). Puede suceder, en efecto, que el maestro o la maestra, no midiendo adecuadamente el impulso del burel, sean cogidos por sus astas. Nada hay, sin embargo, que temer: si se produce tal percance, el astado emite un pitido y se enciende una luz roja en su testuz, al tiempo que se frena en seco su acometida.
En tal caso (y con independencia del valor o del arte demostrados en el resto de la faena) el diestro o la diestra perderán la oreja del toro. Sin embargo, como las afiladas astas del cornúpeta se habrán replegado al entrar en contacto con el torero o la torera, no podrá ninguno de ellos o de ellas sufrir el menor menoscabo en su integridad física.

 

“Que se den prisa, que el cuerpo se me escapa, decía el torero mientras le llevaban en volandas a la enfermería.
Al producirse la muerte de Adrián, el chavalillo enfermo de cáncer que quería ser torero, un niño al que el mundo de los toros adoptó… y al que el de la piara también gruñó y escupió, Iván Fariño escribió lo que podría ser su propio epitafio: “Descansa en paz, Adrián. Las personas pasan, los hechos permanecen, y tu fuerza es un ejemplo.”
En otros mensajes —a toro pasado casi parecen premonitorios— dejó escrito:
“Nadie encuentra su camino sin haberse perdido varias veces.”
“A veces, no hay próxima vez o segundas oportunidades. A veces es ahora o nunca.”
Por cierto, ¿puede alguien imaginar a un Messi, a un Ronaldo o a cualquier “diestro” de esos de los pies y los cientos de millones escribiendo cosas parecidas?

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