Grave riesgo para el buenismo
y la sociedad multiétnica

En Gran Bretaña, 34.000 niños racistas denunciados en un solo año

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El de la foto es un delincuente racista de siete años denominado Elliott Dearlove: un auténtico diablo, pese a los aires hipócritamente contritos que adopta ante la cámara. Aleccionado indudablemente por su madre, cuya blanca piel y cuya típica pinta de representante de la middle class hacen ya temer lo peor, el pequeño Elliott Dearlove, tuvo la osadía de increpar en la escuela a un compañero suyo de origen subsahariano.

“¿Eres moreno porque vienes de África?”, le preguntó la malévola criatura, en el patio de la Griffin Primary School de Hull, a un compañero suyo de cinco años, al que la xenófoba pregunta dejó obviamente traumatizado para el resto de sus días. Afortunadamente, ahí estaban los atentos oídos de un probo profesor. Tan pronto como oyó las palabras que el asqueroso blanco le dirigió al subsaharianito, el profesor cursó la correspondiente denuncia, a resultas de la cual el blanco fue fulminantemente expulsado de la escuela, al tiempo que se le exigía a su madre que reconociera por escrito la naturaleza racista de la víbora que había llevado siete años antes en su seno. (Curiosamente las fuentes informativas a las que ha tenido acceso este periódico no hablan nunca del padre. Tal vez se tratase de una familia monoparental, cosa que, sin embargo, mucho nos extrañaría, dado el inicuo comportamiento que la criatura aprendió en su casa…)
El hecho, triste es reconocerlo, no es aislado. El año pasado, por ejemplo, el personal de las escuelas británicas se vio obligado a denunciar a miles de niñ@s por “racistas” u “homofób@s”, a causa de su comportamiento en peleas infantiles en el recreo. Es tan grande la falta de espíritu democrático y multicivilizacional de nuestra sociedad que fueron 34 000 l@s niñ@s que desde el jardín de infancia a la escuela primaria (de 11 años para abajo) tuvieron que ser estigmatizados como “racistas” por “discursos de odio” que habían pronunciado.
Los ejemplos abundan: un niño es acusado de racista y denunciado ante la policía por haber llamado “cabeza de brócoli” a un niño subsahariano. Otro es acusado de homofóbo por haber dicho a su maestro que “Este deber es gay”. Una escuela denuncia a un niño de 6 años por haber dicho a un alumno de una minoría étnica: “Tu piel es de color caca”. Otro niño de 10 años es llevado ante un juez por haber tratado a otro niño de su edad de “paki” y de “Ben Laden” en el transcurso de una pelea en la que el otro niño lo había tratado de “bicho apestoso” y de “Teletubby”.
Ahora bien, si oprobiosos son todos estos casos, aun más infame es el comportamiento de un escolar de género femenino de 14 años. Tan desvergonzada es esta chica que, en 2006, tuvo el descaro de rogarle a su profesora que le permitiera realizar su trabajo con otro grupo, ya que en el suyo todos los niños hablaban únicamente urdu. Ante un atrevimiento tan manifiestamente europeocentrista, la profesora, como es lógico, llamó de inmediato a la Policía. La chica fue arrestada y llevada a comisaría, donde se le tomaron las huellas digitales, fue fotografiada y dejada en una celda durante tres horas. Seguidamente fue interrogada a fin de esclarecer el delito de racismo que ponía en peligro el orden público. Sin embargo, al pasar ante el juez, éste, dando muestras de una tan peligrosa como incomprensible mansedumbre, la dejó en libertad sin cargos.
Si después del celoso trabajo llevado a cabo por profesor@s y policías, así se comportan las autoridades judiciales, ¿cómo se podrá mantener el vigilante ardor que tiene que desplegar en las escuelas el personal lúdico-docente? Si es para que se queden en la calle sin cargos, ¿no se preguntarán l@s profesores y profesoras qué sentido tiene una ley como la Race Relations Act de 2000, que impone al profesorado la obligación de levantar acta de cualquier incidente percibido como racista por la víctima o considerado como “palabras de odio”, así fueran niñ@s quienes cometieran el delito?

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