«¡Habría que matarlos a todos!» En efecto, doña Esperanza

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Gran revuelo han causado en la buenista tropa las recientes palabras de Esperanza Aguirre, quien, observando uno de los múltiples horrores de la arquitectura contemporánea, exclamó: «Habría que matar a todos los arquitectos, porque los horrores producidos se quedan ahí para siempre».

Hasta siempre, no. Hasta el día —soñemos— en que cambie favorablemente la faz de la tierra (porque cambiar, seguro que lo hará: ninguna época es eterna). Soñemos, pues, pensando en el día en que, agotadas todas las reservas de dinamita, haya que recurrir a la aviación para bombardear todos los monstruos y adefesios que hoy nos rodean y asfixian en megalópolis, ciudades y pueblos. Y ese día en el que —soñemos— queden demolidos tales engendros, también habrá que acabar (metafóricamente, en este caso) con sus engendradores.
 
Pero éstos  no los únicos, doña Esperanza, que merecen ser liquidados. Es una lástima que sus palabras —las más alentadoras que nunca se han oído en boca de un alto cargo— se hayan olvidado de quien también se han hecho acreedores a igual vituperio : los altos cargos que promueven o permiten el desafuero.
 
Sin embargo, no es éste, doña Esperanza, el único descuido que usted comete. No, no estoy pensando ahora en este “pueblo soberano” al que le importan un pimiento —su silencio es clamoroso— las fealdades y los horrores en los que vive y trabaja cada día. El pueblo es su cliente electoral, y uno entiende que, en el Supermercado en que se ha convertido la Res publica, a los clientes se les tiene siempre que adular.
 
El olvido en el que estoy pensando es otro. ¡Tan ilusionado como me habían dejado, doña Esperanza, sus palabras!… ¿Por qué no ha tardado ni dos días en echarlo todo a perder? Vale, de acuerdo, era una falsa esperanza que yo y algunos ilusos nos habíamos hecho,  pero ¿tanto le habría costado dejarnos algunos días más con ese buen sabor de boca? ¿No habría podido pedir a sus amigos americanos que tardasen algo más en dar la noticia?
 
Porque ahora ha quedado claro, doña Esperanza, que a quienes también habría que matar —junto a las autoridades que se han postrado de hinojos para obtenerlo— es a los arquitectos que, bajo el nombre de Eurovegas, van a construir el más siniestro y gigantesco, vulgar y hortera adefesio que jamás se ha levantado en tierra europea. Su chabacana fealdad aún será mayor, sin duda, que la de su modelo americano, como mayor será el escarnio que, en forma de pastiches, se efectuará en la propia Europa de los monumentos y obras de arte que hacen —o hacían, cuando los creábamos y celebrábamos— nuestra grandeza.
 
«El colmo del horror —escribía Álvaro Mutis cuando aún no se había construido en Las Vegas el miserable pastiche de Venecia que reproducimos al pie—; el colmo del horror nos espera cuando, de repente, a la entrada del grotesco remedo de un palacio romano, de unas termas neronianas, nos encontramos con la estatua de Marco Aurelio que confiere inmortalidad y gracia supremas a uno de los más bellos espacios concebidos por el hombre: la Plaza del Campidoglio en Roma. Sólo que aquí es de plástico que imita el bronce y tres veces mayor que el original. La protege una enorme cúpula de yeso iluminada con una tenue luz violeta. No es concebible horror igual que el de encontrarse con la efigie de uno de los más altos ejemplos de la bondad y del saber humanos, sirviendo de escarnio en este espacio en donde la sociedad de consumo ha conseguido la más feliz y exacta representación de su miseria.»
 
Pero lo peor no esto. Lo peor no es ni nuestra consentida sumisión a la horterada americana, ni la venta de nuestra alma por un puñado de lentejas, hoy denominadas «puestos de trabajo» (que, en su mayoría, deberán ser ocupados —empleemos la Neolengua— por sub y sobresaharianos). No, lo más grave es que las únicas voces que se han alzado en contra de tal engendro no son otras que... ¡las puritanas!: las de esas bellas almas progres (parece como si el puritanismo se hubiese desplazado hoy hacia la ribera izquierda de la estupidez) a las que sólo les ofuscan dos cosas en Eurovegas: la prostitución y el juego.
 
Ni una sola voz, en cambio, se ha alzado en contra de lo que, por su extensión kilométrica, constituirá el mayor esperpento jamás levantado en tierra europea a mayor honra de nuestra propia y mísera estupidez.



«Venecia» entre rascacielos.
Pronto en Alcorcón.

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