"The Artist": la gran película muda contemporánea

Cuando el arte se libera de la técnica

Compartir en:

Lo reconozco: no había visto nunca (entera, con toda su trama) una película muda. Lleno de curiosidad, fui el otro día a ver The Artist, la película recientemente filmada por el director francés Michel Hazanavicius y que, protagonizada por dos monstruos de la actuación: Jean Dujardin y Bérénice Bejo, está alcanzando un asombroso éxito. Cuando, sobrecogido de emoción, salí de la sala, lo tenía muy claro: acababa de ver la mejor película de mi vida.
 
Y como no las he visto todas, y como ni siquiera me tildo de cinéfilo, prosigo la hipérbole y preciso: la mejor película desde que en el año 1927 se estrenó El cantante de jazz, la primera película sonora, a partir de la cual se emprendió lo que parecía el gran progreso de una técnica aunada al único arte —y el cine ciertamente lo es— en el que la modernidad ha sido capaz (quizá porque ahí no tenía con quien medirse…) de alcanzar la excelencia.
 
La mayoría de la morralla que inunda hoy nuestras salas (¿ponemos el 95% y nos quedamos cortos?) no tiene, por supuesto, nada que ver con el arte (con el gran arte, valga la redundancia, pues si el arte no es grande, si se hace mediocre, ¡adiós arte!). Pero dejando de lado toda la producción industrial de celuloide con colorines y efectos especiales, hay desde luego en la historia del cine grandes obras de arte que enaltecen a nuestra época miserable. (No hace falta dar títulos: todos los conocemos; cada uno tiene los suyos, y no es de esto de lo que aquí se trata.)
 
Ahora bien, cualquiera que sea la grandeza de las obras de arte cinematográficas, todas adolecen de lo mismo: del inevitable lastre que hacen pesar sobre ellas los medios técnicos que las posibilitan y hacen existir. No porque la técnica sea ningún diablo provisto rabo y cuernos. En sí misma, la mayoría de las veces la técnica es neutra. Incluso puede tener efectos absolutamente positivos, como ha sucedido, por ejemplo, en el caso de la pintura, donde, si no fuera por el desarrollo de las técnicas de pigmentos, no conoceríamos ninguna pintura, como no conocemos la mayoría de las de la Antigüedad.
 
Ahora bien, en el caso del cine, las cosas se complican. Es tal el poderío de expresión que la técnica le ofrece al cine, es tan grande la facilidad que le otorga para manifestar las cosas “tal-como-son”, tal como se dan cada día, cotidianamente, ahí, ante nuestros ojos —con todos sus movimientos, acciones, colores, palpitaciones, voces…—, que todo queda como engullido bajo la losa de plomo de “lo-que-es”.
 
De “lo-que-es” de forma empírica, corriente, inmediata. De “lo-que-es” en esta inmediatez que nos impide o dificulta soñar, imaginar, sugerir… Lo que le falta al cine es precisamente la sugestión”, decía un hombre de teatro, Albert Boadella, en las conversaciones con Fernando Sánchez Dragó que publicamos este año en Áltera.[1]La sugestión: la capacidad tanto de sugerir como de sugestionar. La sugestión —esa fuerza que late en el teatro y que le falta al cine— es, como precisa Boadella, “aquello que está sólo ligeramente insinuado y tú acabas de completarlo. Es el trozo de seda azul que los orientales utilizan para simular el mar con unas simples ondulaciones de la tela”.
 
Corrijamos (o precisemos), sin embargo, lo anterior. Sí hay sugestión, sí hay aliento poético en el (gran) cine (en este cinco por ciento que decía yo antes). De lo contrario…, no existiría ni una sola obra de arte cinematográfica. Lo que ocurre es que, para sugerir —para hacer sentir el enigma maravilloso de lo real—, el cine tiene que luchar de forma infinitamente más denodada que cualquier otro arte. Tiene que combatir el farragoso peso de lo “inmediatamente real” que originan —tal es la paradoja— las propias facilidades que la técnica le brinda.
 
Y este fárrago —lo descubre uno, asombrado, en la obra de arte que es The Artist— es lo que desaparece en el caso de una película muda. La ausencia de palabras, la necesidad de dejarlo todo en manos de un grandioso trabajo tanto de actores como de dirección, hace que la estructura fílmica y narrativa sea absolutamente distinta de lo que conocemos, al tiempo que la exigencia de una condensación máxima nos aboca a un dinamismo de la acción paradójicamente desconocido en cualquier película sonora.
 
Al no intervenir la palabra hablada, la necesidad de sugerir, de hacer pensar, de hacer imaginar… atraviesa toda la obra desde el primer instante hasta el The End con que acaba. El arte de la condensación vibra al máximo. La elipse es omnipresente. Un simple gesto reemplaza largas series de diálogos, de acciones, de movimientos, de intrigas… Así, por ejemplo, cuando el protagonista de The Artist, negándose a someterse a los imperativos del cine sonoro, se lanza a producir una nueva película muda (con la que se arruinará), nos enteramos de ello por el mero hecho de verle emitir un cheque. Nada más: es bastante.
 
Ya no hablemos del erotismo… Ya no hablemos de cuando las piernas de ese chisporroteo de gracia sensual que se llama Bérénice Bejo se mueven insinuándose tras un simple decorado: destilan sus piernas una carga erótica infinitamente más lasciva que la de todos los culos y tetas de todas las películas que pretenden reducir la voluptuosidad a un amasijo de órganos tan burdos como vulgares.
 
Lo curioso, lo asombroso… son los comentarios maravillados que uno oye proferir mientras el público va abandonando la sala. Se limitan, por supuesto, a decir “sí, me ha gustado mucho”, “qué bonito”, “qué divertido”, etc. (tampoco nadie nos asegura que no dijera cosas parecidas el buen pueblo que hace siglos salía de ver en un corral de comedias una obra de nuestros clásicos). En cualquier caso, lo sorprendente, lo alentador incluso, es el gran éxito de público que está cosechando una película a la que yo le auguraba un fracaso y que ya ha recibido multitud de galardones internacionales, a los que próximamente se sumarán, sin duda, varios óscares.
 
Reconozcámoslo: está destrozada, es cierto, la capacidad de nuestras gentes para maravillarse y emocionarse. Pero aún no del todo.


[1] Albert Boadella y Fernando Sánchez Dragó, Dios los cría, Planeta-Áltera, 2011, p. 262. Cabe señalar, por lo demás, que también Dragó refrenda, por su parte, las ideas que sobre el cine expone Boadella.

Todos los artículos de El Manifiesto se pueden reproducir libremente siempre que se indique su procedencia.

Compartir en:

¿Te ha gustado el artículo?

Su publicación ha sido posible gracias a la contribución generosa de nuestros lectores. Súmate también a ellos. ¡Une tu voz a El Manifiesto! Tu contribución, por mínima que sea, dará alas a la libertad.

Quiero colaborar

Otros artículos de Javier Ruiz Portella