De piratas, bucaneros, corsarios y otras especies

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Aunque en menor escala y privada de la leyenda que envuelve la realidad de la piratería a través de los tiempos, la historia se repite en nuestros días, reverdeciendo páginas que se consideraban superadas. Sin embargo, el nuevo Caribe en que en ha convertido el Indico, en el cual se ha desarrollado la para algunos la segunda profesión más vieja de que se tenga noticia, carece, por ahora, del ingrediente fabulario que la literatura ha conferido a las crónicas y cronicones de corsarios, bucaneros y especies conexas.

 El significado de la palabra pirata va más allá de la pura etimología. En el siglo XVIII, el lexicógrafo inglés Samuel Jhonson lo definió como «un ladrón de mar.» En el mismo siglo, Dionisio de Alcedo Herrera, célebre por sus participaciones en la expedición científica de La Condamine, en la que tomaron parte también Antonio de Ulloa y Jorge Juan, en su obra Piraterías y agresiones de los ingleses y de otros pueblos de Europa en la América española desde el siglo XVI al XVII «la palabra española Pirata, hija legítima de la latina Pirata, como ésta parece haberlo sido de la griega Peirates, se aplica entre nosotros al ladrón que anda robando por el mar, y metafóricamente, al sujeto cruel y despiadado que no se compadece de los trabajos de otro
 
Aunque en nuestros días la práctica de la piratería se ha extendido a la aviación, y a la apropiación o uso indebido de obras producto del ingenio humano, es el mar el lugar donde ha alcanzado prestigio y gloria, si cabe hablar de tales méritos en el ejercicio de la profesión: el escenario de sus depredaciones, el ámbito que no podía ser roturado. Espronceda, en su legendaria Canción del Pirata, llegó a una clásica descripción cuando adentrándose en el arquetípico depredador hizo exclamar a éste: «Allá mueven feroz guerra ciegos reyes, por un palmo más de tierra, que yo tengo aquí por mío, cuanto abarca el mar bravío, a quien nadie impuso leyes.»
 
Al margen de la exaltación, producto de un precoz síndrome de Estocolmo, que ha llevado a la piratería a constituirse casi, o sin casi, en un género literario, España a partir del descubrimiento de las tierras del Nuevo Mundo, fue víctima de feroces arremetidas, como política de Estado de sus enemigos algunas veces, y de crueles y sanguinarios personajes con la exclusiva finalidad del botín, que una vez obtenido era dilapidado en bacanales o enterrado en sepulturas fabularias veladas tétricamente por los restos de los mismos saqueadores. Lejos de la belleza del paisaje pintado en el cine, donde astros y estrellas de la pantalla elevaban el puro bandidaje a leyendas rosadas, en los barcos piratas se amalgamaba cuanto de execrable rodea a la muerte.
 
Una historia de tibias y calaveras
 
El curso de la piratería corre en paralelo a la historia de la navegación. La presencia de barcos ha supuesto la de piratas, bucaneros, filibusteros o corsarios. En sus albores, la piratería fue practicada por individuos sin sujeción a ley alguna, para constituirse más tarde en actividad respaldada por licencias de monarcas y Estados. Por lo que afecta a España, sin exclusión de otros territorios de la cuenca mediterránea, la piratería fue ejercida por los gobiernos y Estados berberiscos situados en el actual Magreb o por los sultanes turcos. En ambos casos se trató de una fuente de ingresos producto de los rescates y de la imposición de tributos con los que se penalizaba a determinadas naciones ribereñas. En Lepanto, entre otras cosas, trató de remediarse la situación de zozobra que los «ladrones de mar» imponían, aunque su presencia se prolongó por siglos. Entre los casos más notorios de secuestro y correspondiente rescate tenemos el de Miguel de Cervantes; cabe pensar que de haber sabido el berberisco la futura gloria del insigne manco, el precio por su libertad hubiera sido otro.
 
La piratería, según la entendemos actualmente, dio sus primeros pasos en la antigüedad con las razias y saqueos vikingos en la Edad Media, allá por los siglos VIII y IX; en los siglos XIV y XV se desarrolló en los mares del Norte y Báltico contra los barcos de la Liga Hanseática. Pero su época dorada tuvo lugar en aguas antillanas durante los siglos XVII y XVIII y como víctima principal a España.
 
En efecto, bucaneros y corsarios franceses e ingleses, en algunos casos ennoblecidos por su reyes (tal es el caso de Drake y Raleigh), se entregaron al continuo asalto a fortaleza y galeones españoles de América y sus depredaciones engrosaron las arcas de Europa más que las de la propia España.
  
El corsario guardaba notables diferencias con el pirata puro, delincuente de mar que saqueaba a propios y extraños. Su nombre deriva de que era titular de una carta de marca o patente de corso, mediante la cual, por delegación del Estado bajo cuyo pabellón navegaba, estaba autorizado para perseguir, capturar o inspeccionar barcos mercantes de naciones enemigas. No obstante, resulta difícil la distinción entre la piratería y el corso porque en la práctica éste degeneró con frecuencia en el puro bandidaje. Se dio con frecuencia el caso de que el mismo individuo recibía a la vez consideración de corsario por sus compatriotas y de pirata por sus enemigos. Un caso curioso de navegación en corso se dio con las cañoneras del Ebro durante la primera guerra carlista.
 
Ejemplos de esa difusa piratería serían los de Morgan, Drake y Raleigh , enriquecidos, además de por el producto de sus fechorías, por el prestigio con que fueron agasajados por sus soberanos. Caso excepcional es el de Walter Raleigh (el «guatarral» como lo llamaban los españoles), que tras perder el favor real, en su discurso ante el patíbulo quiso abrirse las puertas de la eternidad con patéticas palabras: «Pido perdón por haber sido hombre lleno de vanidad, y haber vivido vida pecadora en todas las profesiones pecadoras, habiendo sido soldado, capitán de mar y cortesano, puestos todos de maldad y vicio.»
 
Lejos está la piratería del halo romántico con que la literatura ha envuelto a los participantes en una página negra de la historia. Robert L. Stevenson en La isla del tesoro  prestigió un aguardiente, el ron, hasta el punto de que la Real Marina de Guerra británica lo adoptó como sustituto del five o’clok tea en sus barcos para infundir coraje a sus marineros en evocasión de glorias pasadas gobernando los mares. Los «quince hombres sobre el cofre del muerto», que tarareaban «¡Yo, ho, ho y una botella de ron» no pasan de constituir una tremendista fijación de un pirata idealizado en contraste con la realidad. El recrudecimiento actual de esa vieja práctica en el Indico se ajusta con mayor precisión a la realidad.
 
Un español lanza en ristre
 
Durante una de las incursiones inglesas contra las costas de la tierra firme americana, los avisados vecinos aptos para el uso de armas acudieron a proteger el camino principal que daba acceso a Caracas a través de la cordillera que la separa del mar. De entre ellos destacó un solitario español que se enfrentó al invasor: Alonso Andrea de Ledesma, vecino de avanzada edad, «teniendo a menoscabo de su reputación el volver la espalda al enemigo, sin hacer demostración de su valor, aconsejado más por la temeridad que del esfuerzo,» según lo cuenta el cronista Oviedo y Baños, montó a caballo y armado de lanza y adarga fue a enfrentarse al corsario, que con banderas desplegadas avanzaba contra Caracas. Impresionado Drake de la bizarría del español impartió órdenes para que le respetaran la vida. Oviedo y Baños da cuenta del final de la temeraria actitud de Andrea de Ledesma: «Sin embargo, ellos (los secuaces de Drake), al ver que haciendo piernas al caballo procuraba con repetidos golpes de la lanza acreditar a costa de su vida el aliento que lo metió en el empeño, le dispararon algunos arcabuces, de que cayó muerto, con lástima y sentimiento de los mismos corsarios…» Forzoso se hace alterar el conocido refrán y dejar dicho que «lo cortés no quita lo hijoputa.»
 
Lejos está la España de nuestros días de la versión que en defensa de las costas de Indias e islas españolas de América escribiera algún poeta soldado de vigilia por las tierras equinocciales:
 
Nunca el león se muestra temerario,
aunque tenga ventaja el enemigo;
siempre España al Pirata cauteloso,
aun rugiendo de horrífero castigo.
 
Claro, eran otros tiempos. En los nuestros, la defensa de cuanto ha de ser defendible, ha tenido como protagonista a un ministro buenista, y nunca mejor aplicado el adjetivo, que como ejemplo de valor supremo prefiere morir que matar. Si ese es su deseo por mí que no quede.

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