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¿La Europa de los mercaderes o la gran Europa?

Se suele insistir en la afirmación de que las respuestas negativas en los últimos referendos celebrados en la Europa de las ya veintisiete, obedecen al distanciamiento de los pueblos de la burocracia de Bruselas, esa compleja tecnoestructura cuya actuación no acaba de cuajar en el ánimo del común de los ciudadanos europeos. Se insiste en que ese distanciamiento pondría en riesgo el avance hacia una concreción política de lo que hasta ahora ha constituido una realidad económica eficiente pero alicorta.

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JOSÉ ANTONIO NAVARRO GISBERT
Se suele insistir en la afirmación de que las respuestas negativas en los últimos referendos celebrados en la Europa de las ya veintisiete, obedecen al distanciamiento de los pueblos de la burocracia de Bruselas, esa compleja tecnoestructura cuya actuación no acaba de cuajar en el ánimo del común de los ciudadanos europeos. Se insiste en que ese distanciamiento pondría en riesgo el avance hacia una concreción política de lo que hasta ahora ha constituido una realidad económica eficiente pero alicorta.
En otras épocas eran los que estaban tocados por un halo de liderazgo los que movían los hilos de la Historia e incitaban a los pueblos a seguirlos. Mazzini, movilizador teórico de la unidad italiana, lo había expresado certeramente: «En la Historia han existido dos clases de hombres: los que abren la brecha y los que la siguen penosamente».
Hoy, los que asumen el papel de dirigentes, lejos de estar dotados del genio y la voluntad de abrir caminos a los pueblos, son meros auscultadores de los deseos de éstos y para satisfacerlos se constituyen en sus servidores. En nuestros tiempos, las masas que se convocan cada cierto periodo para que emitan su veredicto acerca de temas complejos y de complicada solución, son las que deciden, porque los pretendidos líderes carecen de ideas claras y se escudan en las decisiones colectivas de lo que viene en llamarse pueblos, para no responsabilizarse de los fracasos.
La pretensión de la Europa unida, viejo sueño al alcance de la mano, debido a la misma magnitud de la pretensión, configura toda una situación de cosas, que a veces se superan y otras se nos presentan como obstáculos difíciles de superar. La reflexión acerca de la Europa que se quiere y el camino a seguir para dar cumplimiento al ambicioso proyecto de la Europa unida y la magnitud de la empresa obliga a una sosegada reflexión que nos permita llegar a la conclusión de que los avances, desde los albores del incipiente impulso unitario tras la segunda guerra mundial, se han visto obstaculizados ocasionalmente por las exigencias de recuperación de las parcelas de soberanía cedidas por los Estados en aras del logro del gran proyecto.
A principios de los años cincuenta del pasado siglo, Europa acababa de superar la fase discursiva de su crisis producto de la segunda gran guerra y se adentraba en la fase resolutiva. Mediada la década se llegaba en Roma a la conclusión del Tratado con el nombre de la ciudad eterna, por el cual se abría la puerta a una de las decisiones históricas de mayor resonancia en la Historia europea: el bautizado Mercado Común. Como si se tratara de resucitar, o por lo menos latente en las aspiraciones de sus promotores, el hecho de que los tres prohombres de la decisión fueran católicos —Schuman, Adenauer y De Gasperi —, tenía alguna similitud con la aparición en escena del Sacro Imperio Romano Germánico de la mano de Carlomagno en Aquisgrán, coincidiendo con la Navidad del año 800.
Con sus altibajos, venciendo recelos propios de mentalidades de campanario, municipales y espesas, incrustadas en las venas nacionalistas producto de la pócima romántica, el Mercado Común, la Comunidad Europea y la Unión Europea, trayectoria ascendente de un proyecto por concretar, se ha llegado al punto muerto impuesto por las negativas de alguno de los miembros de la Unión a refrendar una Carta Magna de la misma. ¿Cuál puede ser la causa de este recelo, indiferencia e incluso aversión a prestar apoyo a una Constitución europea? O extendiendo la pregunta, ¿cuál es el atractivo que se le ofrece al europeo al solicitarle su adhesión? No es aventurado afirmar que esta Europa, impregnada de relativismo, ciega a los valores que yacen en el substrato de su brillante pasado, carece de algo fundamental para sostener posiciones firmes para hacer valer su voz.
Esta vieja Europa, camino de convertirse en un parque temático, pinacoteca, esplendor arquitectónico, reservorio musical y delirio gastronómico en alza —ya en París funciona un Restaurant ouvrier, Couisine bourgeoise— ofrece un panorama del desarme cultural que supone el abandono u olvido de los valores del Occidente cristiano.
Producto de la arremetida laicista, que desde la toma de la Bastilla ha hecho estragos de difícil reparación, debido a la educación impartida, nos permite vaticinar, que a este paso, los niños del futuro —en España ese futuro comenzó hace tiempo— llegarán a creer que los campanarios de las Iglesias románicas y de las catedrales góticas se construyeron para que en ellos anidaran las cigüeñas, paradógicamente en tiempos de suicida descenso de la natalidad.
La Edad Media ha constituido, para la progresía de todos los tiempos, la gran bestia negra, el signo del oscurantismo. Los prejuicios incrustados en el jacobinismo surgido al pie de las guillotinas, han tenido por efecto satanizar expresiones como tradición, conservadurismo, etc. Resulta evidente que para ser conservador hay que ser poseedor de algo que conservar, de un acervo constituido por un sentirse inmerso en unos valores, o una conformidad con determinados hechos que han configurado la Historia de los pueblos. No podrá ser conservador de nada el que haciendo tabla rasa de cuanto ha ocurrido en el devenir de los tiempos, cree, aproximadamente, que hasta la Ilustración, y en mayor medida hasta la Revolución Francesa, el mundo había estado sumido en las tinieblas.
No se puede hablar de Alianza de Civilizaciones, sin que chirríen los goznes de las puertas que abren paso a la verdad, obviando que las religiones, sea cual sea su signo, han constituido el motor principal que ha movido a los hombres desde los albores de su aparición sobre la Tierra. Algunos han sostenido, sin mayor fundamento que el puro prejuicio, que poner el acento en el carácter cristiano que impregna la cultura occidental nos ciega para valorar otras civilizaciones, cuando es precisamente todo lo contrario.
Christopher Dawson es categórico al respecto: «Cuanto mejor comprendemos el Cristianismo, mejor entenderemos el Islam; y cuanto más menospreciemos el elemento religioso en nuestra propia cultura, menos entenderemos las culturas del mundo extraeuropeo.»
Es precisamente Dawson, que se mueve en la Edad Media como en el jardín de su casa, el que, frente a la consideración peyorativa de la Edad Media como los tiempos oscuros de la humanidad, se sintió estimulado, entre otros, a rebatir esta tesis como historiador católico.
A ello está dedicada su vasta obra: La Edad Media de los Dioses, Religión y progreso, Religión medieval, La Cristiandad, La Nueva Edad, y La construcción de Europa, etc. Su labor consistió en combatir el significado del término oscurantismo y poner énfasis en que la Edad Media es, precisamente, una brillante era: la de la cultura cristiana que no debe considerarse como un tiempo medio entre dos civilizaciones. Más bien se trata de un período esplendoroso de la cultura, en cuyo seno se originó esa gran unidad que asimiló la metafísica griega, el derecho romano y el cristianismo que cargaba en sus alforjas el judaísmo. Es decir, Europa.
Sirvan estas reflexiones para incitar al refrescamiento de las ideas en las que debe sustentarse Europa para no caer, y camino lleva de ello, en el banquete relativista en que su propia opulencia la ha sumido. Por la salvación del espíritu, sugiero a Chersterton, Belloc, Dawson, Ratzinger.
 

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