Una propuesta regeneracionista

«¡Oh, tranquilícese usté! / Después de los carnavales / vendrán los conservadores, / buenos administradores / de su casa / Todo llega y todo pasa. / Nada eterno:  / ni gobierno que perdure», escribió Antonio Machado, que además de poeta era profeta, «ni mal que cien años dure».

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Cuando esta columna aparezca hoy, martes 21 del mes de marzo de 2023, a las seis en punto de la mañana, faltarán sólo tres horas para que la moción de censura y, acaso, de sutura entre dos gobiernos muy distintos se eche a andar. Una fecha que, si ese milagro se produjera, pasará a la historia y figurará en los libros dedicados a ella que en el futuro se escriban.

Pero todos sabemos ‒Abascal y Tamames no lo ignoran, aunque lo disimulen, como la más elemental estrategia sugiere‒ que milagro no habrá. La aritmética parlamentaria lo impide. Los diputados gubernamentales están atornillados a su escabel por obvias razones de economía doméstica y, por si lo dicho fuera poco, de todo quisque es sabido que la gente de izquierdas lo es de por vida, su militancia es crónica (y clónica) y podría hacer suyo el grito del Betis: «¡Viva er PSOE manque pierda!». Sentaíto en la escalera esperando el porvenir, cantaba Antonio El Chaqueta, pero el porvenir nunca llega. Ángel González recogió ese quejío en uno de sus libros de poemas.

¡Hombre! ¡Tanto como eso! El porvenir, si es que llega, llegará en diciembre, pero no lo hará en alas ni en aras de un milagro, sino de un escrutinio. De aquí a entonces tendremos que armarnos de paciencia, de espera y de esperanza. «¡Oh, tranquilícese usté! / Después de los carnavales / vendrán los conservadores, / buenos administradores / de su casa / Todo llega y todo pasa. / Nada eterno:  / ni gobierno que perdure», escribió Antonio Machado, que además de poeta era profeta, «ni mal que cien años dure». 

Poeta, profeta y, además, regeneracionista, como la propuesta y la apuesta que hoy y mañana se dirime en las Cortes. En 1898, Año del Desastre, pues fue durante él cuando se perdieron las últimas colonias ‒aunque colonias, stricto sensu, nunca hubo. Nuestros territorios de ultramar fueron provincias. Conviene recordarlo para que los progres y los iconoclastas e iconoplastas de la burricie woke se enteren‒ y cuando don Francisco Silvela, Presidente del Consejo de Ministros y sucesor de Cánovas del Castillo al frente del Partido Conservador, escribió en El Tiempo su demoledor artículo España sin pulso, cinco jóvenes escritores firmaron un Manifiesto Regeneracionista y en torno a él nació la llamada Generación del 98. Aquellos escritores, los del núcleo inicial, pues luego se les sumaron muchos otros, eran Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Azorín, Ramiro de Maeztu ‒asesinado treinta y ocho años después en Paracuellos‒ y, precisamente, Antonio Machado. Casi nada.

Unas décadas después, en febrero de 1956, otro grupo de jóvenes ‒Enrique Múgica, Miguel Sánchez Mazas, José María Ruiz-Gallardón, Julio Diamante, Gabriel Elorriaga, Ramón Tamames, Dionisio Ridruejo, que muy joven no era, yo mismo, que tenía diecinueve años, et alii‒ firmamos un segundo manifiesto regeneracionista en el que se solicitaba la convocatoria de un Congreso Nacional de Estudiantes. Y se armó la de san Quintín, lo que nos condujo a pasar una temporadita a buen recaudo en la Prisión Provincial de Carabanchel. 

Fue la primera crisis de gobierno posterior a la guerra civil. Está contada en numerosos libros, en el segundo volumen de mis Memorias (Galgo corredor. Los años guerreros, 1953 a 1964, Planeta) con mucho detalle y, permítanme que lo diga, no poco donaire, en Más que unas memorias (RBA Libros), de Ramón Tamames y en las hemerotecas de la época… La conjura tiene nombres propios fue el título de un amplio y pintoresco reportaje que apareció en todas las grandes cabeceras y que fue muy repicado y comentado.

Aquella segunda intentona regeneracionista puso en marcha un largo y lento proceso de evolución y subversión política que culminó en 1978, al aprobarse la actual Constitución, que algo tiene de manifiesto noventayochista en espíritu e incluso en su letra.

Y así, pian piano, sin prisa y con pausas, llegamos ahora a la cuarta y esperemos que no última intentona de regeneración nacional: la moción de censura que hoy se está presentando y que no será de investidura, por desgracia, pero que moverá las aguas, sacudirá las conciencias y generará un oleaje cuya onda expansiva llegará a los pies de las urnas que dentro de nueve meses, si no antes, plantará la democracia en todos los colegiales electorales del país.

Sirvan estas líneas para aclarar y resumir los motivos de índole regeneracionista que el día 11 de enero me llevaron a proponer el nombre de Ramón Tamames para capitanear, junto a Santiago Abascal, que también, sépalo o no, es un noventayochista, y con la venia de Vox, la moción de censura que está a punto de empezar.

 

 

De nosotros, los del 56, con mi apreciado Gabriel Elorriaga en silla de ruedas, sólo quedamos a pie de obra Tamames y yo. Nuestra edad, como la de todo el mundo, es la de nuestras cabezas. Los demás han muerto.

¡Al toro, Ramón, que no es una mona!

© La Gaceta de la Iberosfera

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