Desierto de los caídos

29 de septiembre de 2007

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¿Mueren por nada nuestros soldados? ¿Lo han hecho los últimos caídos llegados al suelo de Hispania? Para el gobierno, sí: mueren por nada, por una “misión humanitaria”, por una resolución de la fantasmal ONU, por una “campaña de paz” cuyo alcance nadie comprende, pues la mentira sangra por cada una de las letras.
 
El año 2001 comenzó una guerra en Afganistán que aún no ha concluido, una guerra semejante a la iniciada años más tarde contra Iraq, una guerra en la cual el gobierno español está implicado, con hombres, material, presupuesto y, es esperable, con bajas. Sin embargo, la mente esquizofréncia del socialismo español ha de intentar convencernos de que los muertos de una y de otra no valen igual; no vale nada ninguno, pero no valen lo mismo: los caídos en la patria de los talibanes, porque han muerto en “misión de paz”, palabra que un militar no podrá comprender nunca si no está ligada al orgullo del deber cumplido; los de la antigua tiranía de Sadam, porque fueron llevados allí –piensan los zapateriles– por un gobierno atroz y no debían haber estado donde el Tigris y el Éufrates corren paralelos.
 
Pocas veces una muerte en servicio de armas ha sido velada con tanta ignominia por parte de un gobierno. Recordemos que es Zapatero quien manda a morir a Afganistán a nuestros soldados, para después mofarse ante sus ataúdes intentando convencer de que eran semejantes a hermanas de la caridad atendiendo a los desheredados. Incluso esa degradación se deja sentir en los últimos anuncios publicitarios de las fuerzas armadas. En vez de a servir a la patria, parecen estar llamando a apuntarse a una ONG. Y ese debilitamiento no beneficia a nadie, porque si los militares ya no sirven para lo que habrían de servir… ¿serán ZP o Pepiño quienes nos defiendan?
 
Pero no, al menos algunos lo sabemos: los bravos militares del ejército español están luchando en el limes antiquísimo de la Europa alejandrina, donde los griegos convertidos al budismo levantaron hermosas esculturas destruidas por el analfabetismo talibán. Están combatiendo y resistiendo para que el veneno del terrorismo no se extienda, y se le corten las alas afgano-paquistaníes, para segar la cizaña donde crece, y el emponzoñado cáncer que quiere asolar la tierra de la cultura sea extirpado de raíz. En las imágenes de los funerales lo hemos comprobado: soldados blancos, negros y mestizos unidos ante el dolor de un compañero muerto en acto de servicio, con el convencimiento de que la muerte no es el final. En ese instante, como ya sucede en pocos, sólo importaba la bandera bicolor y el espíritu de lo que sigue siendo España.
 
Porque los militares españoles están acostumbrados a regar con su sangre los desiertos, tanto los del norte de África, en aquella prolongación de la reconquista que fueron las campañas de Marruecos; los de la antigua provincia del Sáhara, ante el ingenuo nacionalismo autóctono; o, ahora, los de la zona más inhóspita y alejada del hogar que nunca los volvió a ver. “Es su trabajo”, afirmarán los desdeñosos, pero lo hacen por una idea mayor y, en última instancia, por cada uno de nosotros.
 
Una patria se defiende en la frontera. Y eso hacían nuestros caídos en el combate, y eso harán quienes sigan viajando hacia Asia: hombres y mujeres que pueden estar orgullosos de proclamar su heroísmo y su valor, frente a políticos tantas veces vendidos por un puñado de solares.

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