La España hortera y democrática

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Somos el país hortera por antonomasia, el que a falta de asuntos serios de los que seriamente ocuparse espanta moscas con el rabo. De pena y de risa, grotescos porque no hay categoría ni nivel para ser siniestros. La España negra pertenece a los cuadros de Solana y tiene indudable altura, oigan, una maestría y una técnica, un esmero en la minucia imposible hoy día, en este panorama de chatarrería y cacas de perro secándose en las aceras, donde cualquier contenido mental (vulgarmente ideas) que no sean su antípoda, estupideces sugeridas por ilustres mentecatos para que las entiendan legiones de ceporros, no interesa a nadie y en consecuencia no es democrático.

Porque gracias a Dios somos el país democrático más democrático del mundo, el de “España pregunta, Belén Esteban responde”, el de las vestiduras rasgadas porque un escritor ingenia memeces sobre dos niponas inexistentes y, birlibirloque, la boca bien cerrada (¿qué dices que ha dicho?) cuando un ex presidente del gobierno declara ser jefe del crimen de Estado y de los asesinos a sueldo del Estado. Nuestra intelectualidad alcanza lo justito para comparecer en La Noria el sábado a la noche y pelearse o aplaudir (tanto da, escucharlos ya es bastante bochorno) a carcamales stalinistas y beatas de la iglesia feminista indignados e indignadas porque el antes héroe y ahora villano (por facha) Jesús Neira, reclamó su derecho a echar un polvo de vez en cuando. “¡Putero!”, llamaron al moribundo profesor. Follar es reaccionario y machista. Tal como piaban las lesbianas radicales en los años setenta: “La penetración es una agresión contra el cuerpo de la mujer”. La fortunata que llamó “putero” al agonizante Neira, sin embargo, había paseado sus infartos, crisis precomatosas y sufrires en insaciable carrusel de autohomenaje por todas las cadenas de TV, qué pena de criatura, y todos tan guay y a nadie se le ocurrió llamarla nada indecoroso, ni las cuatro letras siquiera, porque alguna vez, digo yo, sin querer faltar el respeto a nadie, alguna vez en su oblonga existencia le habrá apetecido echar un polvo igual que todavía le apetece al antes héroe y ahora villano (por facha) Jesús Neira.

 
Somos el país de la misma chufla, del examen de probidad sexual a toreros y cupleteras veinticuatro horas al día siete días por semana, del maricón hasta en la sopa y no te quejes que mucho padecieron en cuarenta años de dictadura, los pobres. Necesitan otros cuatrocientos de cabalgata y orgullo culo en pompa para recuperarse del soponcio; y lo mismo te digo de los irascibles nacionalistas (no sé por qué están siempre cabreados, con lo de madre que les va en el país del millón autonómico); idem de las marimachas histéricas que se dejan el rojo carmesí de los morros siliconados denostando al alcalde ese que dijo otra obviedad sobre los morritos de una chica valenciana con problemas de sobrepeso (hay que ser guarro y tener mala leche); y para qué contar de los ministros y ministras que bailan tan eufóricos y ataviados con los disfraces que les coloquen, tipo moruno Lawrence de Arabia, por ejemplo, o a la sazón ataviada ella (ministra de viajes múltiples), con su poncho andino, en Bolivia de Morales, y vacilan al personal por Facebook y Twitter mientras el ejército marroquí masacra a los saharauis, en El Aiún, tan jodidos porque no poseen el privilegio de la tarifa plana y por eso mismo no cuentan; y otra vez punto en boca. Calla, niña, que esos moráncanos ni votan ni tienen acceso a Internet. ¿Alguien ha visto alguna vez a un saharaui ligando en Tuenti? Pues eso, que se jodan.
 
Ay, Manoli, somos el país de los grandes y sangrantes temas abordados con retranca cazurra en apogeo de fiesta mayor: esa violencia en el seno de la familia (de género, le dicen), que crece y crece en proporción a los medios humanos, policiales, judiciales, legales, anticonstitucionales, crematísticos, propagandísticos, ministeriales y gubernamentales puestos al servicio de la causa: nunca tantos clamaron tanto y gastaron tanto en campanas e hicieron tan poco de provecho, anda que… ¿qué de qué? Ni se te ocurra mezclar el fenómeno migratorio con el aumento escandaloso de la violencia de género (así la llaman, “de género”); ni se te pase por la cabeza mencionar el detalle porque encima de machista y misógino te van a llamar racista y xenófobo, con “ch”, letra que ya no existe (la verdad es que nunca existió, pero qué buen uso de ella hicieron los que te llaman “chenófobo” cuando lo mereces, lo que jode mucho, por cierto); al estilo Rahola, la progre sionista y pancatalanista extractada como el jugo de bellota: “Es usted un ‘chenófobo’ impresentable”. Vale, lo que digas, primor. Lo que diga Rahola y lo que digan ellos, nuestros intelectuales, los más pastelosos del mundo, los más apesebrados de Europa, los más listos del universo; y nuestros escritores, los más paletos de la península ibérica, los que mejores digestiones hacen, seguro. Lo que ellos digan va a ser. Lo que diga la Real Academia de la Lengua: que la i griega (y, i griega, tan elegante ella, tan femenina con su doble l de ella); pues nada, lo que digan. Ahora se llama “ye”. Móndate de la risa, Fortunata, pero no enseñes los dientes que da grima verlos.
 
Me pilló en Asturias el notición de la “ye”, en Navia, de paseo por un pueblo costero atravesado por el hormigón aéreo de la alta velocidad regional, como si a medio capítulo del doctor Mateo apareciese el AVE pasando ante los ventanales de la consulta de Pichín, así es Navia (también somos el país de los trenes que aparecen donde no deberían y nunca están donde deberían, ah… ese AVE Sevilla-Málaga, tan necesario, y ese AVE que en Andalucía Oriental vieron una vez en el NO-DO, total, en Campotéjar siguen tomando el expreso de Barcelona, “el catalán”, para ir todos los años a la vendimia). En fin, trenes aparte, que la cosa me sorprendió en Navia, y no veas cómo se descojonaban mis amigos asturianos: A ver, Roxu, despéjame esa equis y despéjame también la “ye”. Coño, que es ecuación de dos incógnitas, un poco de calma: equis y “ye”, porque ahora la i griega “ye la ye”. Porque lo manda y ordena la que fija y da esplendor: ye, ye.
 
¿Y del cero patatero qué me dices, Orteguita? También ahí se lucieron, o. (Pronúnciese la última “o” al estilo exclamatorio asturianu, o sea, algo así como “¡Se lucieron, o!”, siendo la o apócope de “¡Hostia!”, igualmente asturiana, me refiero a la hostia con h, letra que aún existe). De manera que para evitar malentendidos, y como la que limpia y lustra el idioma presupone que todos escribimos en Word… ¡O! Pues ya no hace falta ponerle la tilde, aunque se confunda con la o asturiana, o de hostias Pedrín. A mano es otra cosa (eso decía al menos mi primo Rafita el pajillero). Si se escribe a mano, y por consideración hacia el lector poco acostumbrado a leer, a mano o en compañía, entonces sí es lícito poner la tilde a la o. Pero si redactas en un procesador de textos… vamos, es de tontos. Una o es una o y un 0 es un 0. ¿No lo ves claro, Damián de mis amores? Nuevos parámetros canónicos de la RAEL: el diseño de los procesadores de texto. Word, Worpad, Works, Open Office, Writer… esos sí que saben. Que se lo pregunten a aquel redactor de El País que informaba sobre una lectura dramatizada de Diván del Tamarit, del poeta Federico García Lorca. El programa de tratamiento de textos autocorrige, y como sabe lo que sabe (a lo mejor sabe más que la RAEL en plenario), redefinió los términos de la información: “Divas del Tamarindo”, del universalmente conocido poeta Federico “Gracia Loca”. A pelo, Tati.
 
Lo peor ya ha pasado, tranquilos. Después de la gracia loca, poco puede empeorar el asunto. Es más, estoy en condiciones de afirmar que lo peor que puede suceder, como mucho, es aquello que le ocurrió al director del zoológico, en carta que escribió (o mejor dicho, en unas letras que le puso), a su proveedor habitual de animalejos exóticos: “Cuando puedas, a ver si me envías 3 o 4 monos”. Y hubo monos hasta cansarse de ver a los 304 monos haciendo monadas, a una mano e incluso a dos manos. 1 o 2 manos, no 102 manos, Orteguita, no seas salvaje ni achaques a los monos tanta afición por las orgías. Serán salidos pero no romanos en vivos festejos de Viriato, échate a mi lado un rato.
 
O sea, que todo arreglado. Seguimos siendo el país andoba sin remisión: culto al mono, a los 304 sagrados monos que se han colado en la que, creíamos, era única institución impermeable a la sandez reinante y triunfante. En la próxima andanada de ingenios tecnocientíficos, la Real Academia de la Historia autorizará el guión de Hispania según Antena 3 (3 de 300, romanos, hispanos o espartanos, y de 304 monos, claro). A ver, no hay peligro de confusión entre verosimilitud, rigor histórico, entretenimiento y gilipollez concursal de la audiencia. Sí, qué mono y qué monada: Hispania mola. Acabásemos, clamó Ulpino, esposo de Elpidia: “No es que España sea el país más cutre y más roñoso, culturalmente hablando, ideológicamente hablando, espiritualmente hablando, del mundo occidental y parte del oriental… Nada de eso. Es que somos, agárrate, Hispania. Si un ibero se llama Sandro no pasa nada. Tranquilos. ¡Esto! ¡Ye! ¡Hispania!”.

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