Sociedad hipersexual: el debate continúa

La libertad sexual: gran conquista de nuestros tiempos

Es curioso –mejor dicho, dramático– lo que ocurre con nuestra época: realiza grandes, colosales conquistas…, y se le degeneran todas entre las manos. Consigue los más pasmosos avances técnicos de toda la Historia…, y máquinas y materia nos imponen su esclavitud, privan al mundo de sentido. Se despliega por doquier la duda, el espíritu crítico, interrogativo, abierto…, e impera en su lugar el nihilismo para el que, no siendo nada ni verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira. Con la libertad sexual –la libertad de costumbres, como también se la llama– ocurre algo parecido, pero en términos distintos y cuya gravedad no alcanza tales cotas.

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Lo que sucede en el ámbito del erotismo es que la intrascendencia y la frivolidad acaban suplantando en muchos casos –tampoco en todos, no exageremos– a la pasión y la voluptuosidad. ¿Sucede ello porque la libertad de costumbres ha derrumbado viejas barreras, derribado seculares prohibiciones? No, ¿por qué lo uno engendraría lo otro? Si a algo se debe el reino de la banalidad sexual, es al nihilismo que todo lo corroe y por todas partes se infiltra. No es la libertad de costumbres la que hace que la sexualidad sea entendida como un inocuo entretenimiento en el que se practica una “higiénica” y saludable actividad. Lo que hace entenderla así es la sociedad obcecada por el ocio industrial y obsesionada por la higiene y la salud. No es la libertad sexual de la que hoy gozan hombres y mujeres lo que les impide extasiarse apasionada y voluptuosamente. Lo que les lleva a acoplarse con gesto mecánico y desganado es su incapacidad –la de unas gentes movidas por lo pequeño, lo mecánico, lo vulgar…– por hacer algo grande, algo intenso, con la libertad que, derribando viejos baluartes, acaban de conquistar.
 
Denuncia uno lo anterior, y los puritanos (los de toda la vida, y hasta algún otro revestido de feministas ropajes) se agarran a tal denuncia como a un clavo ardiendo. Añaden: Sí, de esto se trata, de sublimar, de purificar los apetitos carnales con algo amorosamente grande, amorosamente digno. Con algo “hermoso y puro”, como dice con almibarado lenguaje cierto artículo publicado en estas mismas páginas. Pues no, señores puritanos, no se trata en absoluto de esto. El amor, en últimas, aquí no pinta nada. ¡Por supuesto que el amor –la confluencia de los espíritus– se puede sumar (se suma tantas veces…) a la confluencia de los cuerpos extasiados! Pero entonces se crea otra cosa, se pasa a otro plano. Un plano, es cierto, de una mucho mayor intensidad afectiva (y también erótica), pero un plano distinto; aunque de igual valor por lo que respecta a la “decencia”, a la “honestidad” –o a la “respetabilidad”, como la llama el artículo al que me refería. Dicho de otro modo, ni el amor se confunde con el erotismo, ni “la pureza de los sentimientos”, como a los puritanos les gusta decir, tiene nada que hacer con las ansias de la carne: nada que “sublimar”, “purificar”, “dignificar”…
 
Por una sencilla razón: en el impulso por el que dos seres humanos entrecruzan arrebatadamente su carne hay ya suficiente hermosura y grandeza (si la ramplonería vulgar no lo degrada) como para que el amor no tenga por qué venir a enaltecer nada. Si viene, ¡tantísimo mejor! Se creará entonces (valga la redundancia) una relación propiamente amorosa. Pero ésta no podrá “enaltecer” o “purificar” nada… porque nada hay de “impuro” que purificar, nada de “sucio” que limpiar en el impulso erótico como tal. O si creen que lo hay, deberían, señores puritanos, empezar por decirnos en qué consiste tal impureza o suciedad. No habiéndola descubierto nunca, ignoro por completo qué pudiera ser.
 
Viene todo ello a cuento de que se publicó el pasado sábado en estas mismas páginas un artículo que, contraponiendo el erotismo sin trabas que conoce nuestra juventud, con lo “hermoso y puro” del amor, llevaba las cosas hasta el extremo de abogar nada menos que por… ¡la virginidad de hombres y mujeres! Sí, lo que oyen: todos puros y castos al matrimonio único y exclusivo –se supone– para toda la vida. Un solo varón, una sola mujer conocerás…, y si la cosa es un desastre, te aguantarás. (No lo dice así de claro el artículo, pero no queda otra solución si se quiere “ofrendar la pureza de la virginidad”…).
 
Cuando el disparate es de tal calibre (el autor lo defiende, encima, con especiosos argumentos feministas), lo mejor quizá sea echarse a reír y no molestarse siquiera en responder. Si lo hago, dando por lo demás la polémica por cerrada, es por dos razones. La primera, porque no deja de ser inquietante que alguien pueda, a estas alturas, propugnar la vieja coacción que hoy sólo el Islam defiende para las mujeres… y que José Carlos Laínez extiende, por su parte, a los varones. La segunda razón es para tranquilizar a nuestros lectores y asegurarles, ante el cúmulo de cartas y llamadas recibidas, que tal artículo refleja única y exclusivamente la opinión de su autor. No somos ciertamente “progres” en El Manifiesto, pero, ¡por Dios!, tampoco somos para nada ni ñoños ni “carcas”.

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