El juguete roto

Huérfana se ha quedado Ucrania, víctima de las urgencias históricas de Israel.

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La amarga emoción del desengaño ennegrece la vida. Más si éste es amoroso: pasar de ser querido a ser ignorado es muy agrio trance. En política, este fenómeno va asociado al fracaso, nace con él y aumenta a medida que la situación se deteriora. Los cien padres de la victoria nunca dudarán en abandonar a la huérfana derrota en el torno de la inclusa de la Historia.

Y huérfana se ha quedado Ucrania, víctima de las urgencias históricas de Israel. Cuando en el mes de junio pasado iniciaba su gran ofensiva con material de la OTAN y tropa formada en los países de la Alianza, todo pintaba de muy otro color. El objetivo inicial era Tokmak, una población situada a sólo dieciséis kilómetros del frente. Una vez cumplida esta tarea, las fuerzas ucranianas podían desplazarse hacia Berdyansk o Melitópol, en la costa del mar de Azov, para cortar la comunicación terrestre entre Crimea y Rusia. Los Leopard, los Challenger, los Bradley y todas las Wunderwaffen atlantistas serían claves a la hora de romper la llamada Línea Surovikin y avanzar victoriosamente hasta el mar. En este mes de noviembre, y tras sufrir Ucrania noventa mil bajas (90.000), Tokmak está a quince kilómetros del frente y la Línea Surovikin apenas se ha visto rozada en sus primeros antemuros. El único logro de las tropas de élite ucranianas fue la toma de Rabótino, una aldea de 450 habitantes situada en el fondo de lo que los alemanes llamarían un kessel (caldero), rodeado por unas alturas que siguen en poder de los rusos. Allí ha perecido buena parte de la reserva de tropas y material que el régimen de Kíev había acumulado durante un año. Allí y también en Klesheevska, cerca de Artyómovsk (Bajmut), donde se ha producido una situación similar. A estas desgracias se ha unido en los últimos tiempos la acción devastadora de los Lancet contra los blindados atlantistas y la creciente eficacia mortal de los misiles antiaéreos rusos S400, que han derribado 24 aparatos ucranianos en quince días, entre ellos diecisiete Mig 29. A Ucrania le pueden quedar aviones, pero no fuerza aérea. Mientras la OTAN se las ve y las desea para enviar algunas decenas de miles de obuses a Ucrania, Rusia almacena millones de ellos en sus arsenales, llegando a lanzar 40.000 por día.

Pero estas batallas no interesan demasiado a Zelenski, quien ha demostrado ser un experto estratega en la guerra de información y propaganda, más que en la guerra real, donde ha sido directo responsable de los desastres de Bajmut y Rabótino, aparte del inminente de Adeevka. Por eso, más que los muertos en el frente, le debe de preocupar que la revista Time censure su mentalidad de búnker y que empiecen a aparecer críticas a su gestión de la guerra, a la corrupción galopante de su régimen y a las disensiones internas que empiezan a aflorar tras el completo fracaso de la ofensiva de junio. Como Ngo Dinh Diem, como Chiang Kai-Shek, como Reza Pahlevi, como Batista, Zelenski estorba, se ha convertido en un juguete roto que hay que arrinconar en el desván o tirar a la basura. Ya no lo quieren ni en Eurovisión. Posiblemente ahora, cuando ya es demasiado tarde, el cómico ucraniano lamente haberse dejado engañar por Boris Johnson y haber roto las negociaciones que estuvieron a punto de poner fin al conflicto en la primavera de 2022; en ellas se integraban las provincias del Donbás en el territorio nacional ucraniano dentro de un régimen federal y Kíev se comprometía a dar garantías de seguridad a Moscú frente a las ambiciones expansivas de la OTAN. Los que hace año y medio le forzaron a abandonar la negociación y le lanzaron a aprobar una ley que impedía todo trato con el gobierno ruso ahora empiezan a no querer nada con él. Zelenski ya está amortizado y se quiere sustituir a un peón por otro. No es ninguna casualidad que aparezcan tantas noticias en los medios occidentales sobre las desavenencias entre el mando político y el militar en Ucrania ni que viejos colaboradores de Zelenski, como Arestóvich, arremetan contra el dictador ucraniano desde la seguridad relativa del exilio.

Biden necesita ya la paz en Ucrania. El frente israelí puede degenerar en una larga guerra de baja intensidad y las aguas del mar de China pueden volverse un escenario catastrófico a medida que sigue creciendo la flota china y la cuestión de Taiwán se desmande. Pero, sobre todo, Biden necesita ser reelegido en noviembre del año que viene; la carrera electoral ya ha comenzado y el enorme gasto de la guerra de Ucrania pesa en su contra. El estado mayor del partido demócrata siente escalofríos sólo con pensar lo que puede suceder si entre abril y septiembre del año que viene se derrumba el frente ucraniano y su ejército se deshace ante los rusos, cosa que no se debe descartar, dada la condición en la que están las fuerzas del régimen de Kíev después del fracaso de la ofensiva. La simple duración del conflicto, su estancamiento en un eterno combate de posiciones, también resultaría muy negativo para las esperanzas de reelección de Biden.

Si se firma la paz ahora, Rusia conseguiría una victoria de importante significado geopolítico: enlazaría por tierra Rusia con Crimea, incorporaría la mitad de la antigua Nueva Rusia a la madre patria, convertiría al mar de Azov en un lago ruso y daría aún más firmeza a la presencia del Kremlin en el mar Negro. Por otro lado, manda un serio aviso a los estados vecinos, herederos de la antigua Unión Soviética, sobre las consecuencias que tienen las limpiezas étnicas de las minorías rusas y los coqueteos con una Alianza Atlántica que nunca se comprometerá a fondo con los peones que usa contra Rusia. Georgia, por ejemplo, se ha dado perfecta cuenta de ello. Armenia, no. Y así le va. Y eso por no olvidar una baza muy importante: la paz siempre es una buena noticia y un logro para cualquier gobierno. Pero Putin no tiene por qué hacerle favores a la administración Biden. La campaña del Donbás no ha perjudicado a la economía rusa, al revés de lo que pasa en la autosancionada Europa, y a estas alturas del conflicto ha quedado más que en evidencia la locura que es para Ucrania y la OTAN mantener una guerra de desgaste contra Rusia. El tiempo juega a favor de Moscú y la impaciencia por firmar la paz no parece que reine en la sala de mandos del Kremlin. Cuanto más dure el conflicto, más oportunidades tendrá Rusia de reducir lo que quede de Ucrania a unas dimensiones más manejables, posiblemente dividiéndola en dos estados: una Galitzia (Lvov) atlantista mediatizada por Polonia y una Ucrania rusa (Kíev) incorporada a la órbita eurasiática a la manera de Bielorrusia. O, de forma menos ambiciosa, completar la incorporación de Nueva Rusia con Járkov y Odessa.

Pero no juguemos con los mapas: suceda lo que suceda, la aventura ucraniana de Biden está llegando a su fin, mucho más calamitoso de lo que habría podido ser si se hubiese alcanzado la paz en abril de 2022, cuando ingleses y americanos la boicotearon para desgracia de Ucrania. Y el fin de la escapada, sin duda, también es el de la era Zelenski, la peor (y es mucho decir) de las que ha vivido Ucrania a manos de su casta política desde 1991, cuando era la más próspera y dinámica de las repúblicas de las URSS.

 

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