Biden, espada del islam

Está claro que donde los americanos intervienen, los ulemas y los imanes acaban triunfando.

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Si yo fuera el jefe del gobierno talibán, dedicaría una mezquita en Kabul a Joe Biden, artífice de un triunfo glorioso de las legiones del Profeta frente a los infieles y cruzados. Ya intuíamos signos de su baraka sobrenatural en las pasadas elecciones, cuando Biden logró el milagro de que votaran los muertos y aterrorizó a los kafires anglos con sus harkas, tabores, mehalas y kabilas de antifas y de Black Lives Matter, los cuales comparten con los talibanes, el ISIS, Boko Haram y Jorge Bergoglio su aversión hacia el hombre blanco y la cultura europea. Basta con examinar los discursos repletos de racismo inverso de Ocasio-Cortez o de la élite radical chic de la Ivy League para comprender que, en el fondo de su corazón, los progresistas americanos están con los talibanes, no tanto por afinidades políticas sino por su odio común a la tradición occidental. Y no lo olvidemos, el partido Demócrata americano y sus sucursales progresistas de este lado del Atlántico abominan del hombre europeo y de su cultura. No será, desde luego, porque no lo hayamos advertido y denunciado los que escribimos en esta tribuna: la izquierda globalista quiere destruir a Europa, convertirla en un territorio sin naciones pero con tribus, donde la africanización y la islamización se puedan imponer en un par de generaciones. La izquierda pretende aniquilar la Tradición que venció en Salamina, que descubrió la tragedia y que esculpió los frisos del Partenón (de ahí la ofensiva de la élite académica yanqui contra la cultura clásica que relató Alain de Benoist hace poco). Esa misma izquierda es la que exalta el despotismo de almorávides y almohades y menosprecia a la Castilla reconquistadora, concejil y democrática, la de Silos y Las Huelgas, y la de Las Navas. Por no hablar de la obra de España en América o de los logros de nuestra civilización supremacista, elitista y machista antes de 1914.

Prefieren un tótem al David de Miguel Ángel.

Prefieren un tótem al David de Miguel Ángel, una zambra repleta de ritmos sincopados a El lago de los cisnes, y los mamarrachos de Frida Kahlo a la Artemisa de Rembrandt. Y lo mismo podemos decir de Europa. De hecho, estamos empeñados en importar todo el islam posible dentro de nuestros países; hay una competición entre los socios comunitarios por ver qué nación deja antes de ser cristiana y pasa a integrarse la primera en Dar al Islam. De momento, Suecia va ganando.

La catástrofe de Kabul también nos tendría que suscitar una serie de preguntas: ¿no estábamos entrenando un ejército y policía afganos muy eficaces, y no nos gastamos un dineral en ello? Cierto es que los instructores militares de la OTAN no deben de hacerse entender muy bien, porque los hubo en abundancia en Georgia, en 2008, y los rusos les pasaron por encima y se frenaron ante las puertas de Tiflis, porque Putin no quería otra crisis después de haber resuelto aquella con tanta facilidad. ¿Qué les enseñó la OTAN a los afganos: geopolítica de género, tocamientos mutuos con esprit de corps, teoría y práctica del antimilitarismo? Sea lo que fuere, nos costó un dineral a los vasallos que pagamos impuestos y no evitó que las aguerridas tropas de la joven democracia afgana corrieran como liebres en cuanto sonó el primer disparo. De los ejércitos democráticos, sostenibles, resilientes y feministas de la OTAN y sus cipayos puede decirse lo mismo que afirmaba el rey Fernando IV de las Dos Sicilias acerca de sus mílites napolitanos: un general aseguró que, con unos nuevos uniformes rojos, los soldados de Su Majestad combatirían con más ardor, al verse tan realzada su marcial figura. El borbón sonrió prognático y narigudo, y dijo: “ Correrán igual, les vistamos del color que les vistamos”. Nuestra inversión afgana ha sido tan provechosa que los talibanes se pasarán años agradeciéndonos que les hayamos provisto sin coste alguno de tanto material de guerra. Y la cosa sólo puede ir a peor con los valores que se inculcan a nuestros militares de las nuevas generaciones. Mal van a combatir unos soldados sin patria y sin fe, adoctrinados con el pancismo cosmopolita de los socialdemócratas y con el odio a los valores castrenses de la izquierda. Convertidos en sindicatos armados, los ejércitos de Europa sufrirán el mismo destino que el afgano. Se recoge lo que se siembra. En la milicia no puede haber ni democracia ni igualdad.

En su empeño por extender el wahabismo por el mundo, Estados Unidos armó hasta los dientes a los muyahidines de los años 80 y 90, los padres de los talibanes actuales. Mercenarios afganos, magrebíes y “europeos” fueron lanzados por la CIA y los saudíes contra el gobierno laico, interreligioso y tolerante de Asad en Siria, donde esos luchadores por la libertad llaman al exterminio de cristianos y alauíes. Bajo el sonriente patrocinio de Occidente, las cristiandades orientales han sido exterminadas y desarraigadas de sus milenarios terruños, y no hemos escuchado a ningún ideólogo woke efectuar la menor protesta por este genocidio cultural y físico del que sólo se han librado los cristianos de Siria y de Irán. De ahí el interés de la OTAN en acabar con los regímenes de Damasco y de Teherán.

Está claro que donde los americanos intervienen, los ulemas y los imanes acaban triunfando

Lo que está claro es que donde los americanos intervienen, los ulemas y los imanes acaban triunfando. ¿Lo hacen a propósito? ¿Está la Casa Blanca (Dar el Beida) dominada por criptomoriscos, conjurados para que triunfe el wahabismo en todo el globo? El odio de la plutocracia globalista contra la herencia europea y su afán de borrarla y destruirla, o resignificarla, como se dice ahora, no es menor que el de integristas y salafíes. El daño que los talibanes de Kabul nos puedan hacer es muy limitado: son un enemigo distante y ajeno. Los peores talibanes están en la Casa Blanca, en las universidades de la élite yanqui, en el Partido Demócrata de Estados Unidos: a esos sí hay que temerlos y combatirlos con más dureza que a los hirsutos morabitos de Kandahar y Ghazni, cuyo régimen político no se diferencia apenas en nada de nuestros socios moderados de Arabia Saudí. Los integristas islámicos son el efecto; la causa es Washington, el brazo ejecutor del establishment progre.

¿Y qué decir de las feministas?

Nadie más partidario del islam y más enemigo de la tradición de Occidente que estos colectivos histeroprogres. Las mismas que piden a gritos que Europa se llene de musulmanes, se horrorizan ante el destino que les espera a las afganas (el de los afganos es irrelevante, por lo visto). Desde luego, existe un tremendo desfase entre el delirio ideológico de las maritornes moradas y la realidad: ya han salido las podemitas de guardia a decir que España es tan peligrosa para las mujeres como Afganistán o que el islam es feminista.

Las que piden que Europa se llene de musulmanes, se horrorizan por el destino que les espera a las afganas

No tienen remedio, desde que lo real pasó a ser reaccionario y uno-una-une puede ser lo que desee —porque sí, porque el narcisismo infantil es el credo de Occidente—, la coherencia es un estorbo en las “argumentaciones” de nuestras vulvócratas. Por lo tanto, los talibanes son malos en Afganistán, pero sus émulos locales son una riqueza más del caleidoscopio multicultural de los horrores.

A veces, uno piensa que tras todo esto se esconde un anhelo de sumisión y de humillación mal reprimido, pero no se debe caer en la psicología, que siempre, desde Freud, ha producido muy mala literatura. En fin, que no parece que se vayan a producir manifestaciones de Femen en Kabul, pues todos saben que el principal centro de opresión de las mujeres es la cultura europea; pero no tenemos que alarmarnos mucho, todo es cuestión de adaptarse a la mentalidad de quienes vienen a pagarnos las pensiones; la respuesta de nuestras damas del radical chic está preparada: pronto aparecerán en Telva y Cosmopolitan los burkas morados para la temporada de otoño-invierno.

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