Aunque no te lo creas, te morirás

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Acaba de empezar y ya se ha puesto sumamente interesante la Tribuna de preguntas y comentarios que los lectores formulan cada día a Fernando Sánchez Dragó. Sin ir más lejos, una dama planteaba el otro día una cuestión fundamental: “Creo que la vida terrenal –decía una tal Ana– es esencialmente dolor. Nacemos entre dolores y entre dolores morimos. Y el cristianismo me parece la propuesta que enseña a dar sentido a ese dolor con mayor dignidad”. Lo que me interesa aquí no es la cuestión del cristianismo; es esa idea: el dolor como principio y fin, como alfa y omega de la vida.

Se trata de una idea no sólo inaceptable: incomprensible para esa época nuestra, la más vulgarmente hedonista de todas; para esa época cuyas gentes sólo entienden de placer y huyen despavoridas con sólo mentarles el dolor. Abrumadora es nuestra ceguera. Pero la idea opuesta… ¿no es igual de ciega? ¿Se puede aceptar que –como lo cree Ana, y como lo han creído muchos miles de hombres durante muchos cientos de años– el dolor es lo que vertebra el destino de los hombres en esta tierra?

Trenzada nuestra existencia de sufrimientos y pesares, ¿no lo está igualmente de goces y dichas? Por supuesto, contestaría doña Ana. Pero de lo que estamos hablando no es ni de tales dichas ni de tales pesares. Estamos hablando de un dolor infinitamente más hondo, visceral. Estamos hablando del dolor ante la muerte; estamos hablando de esa dolorosa angustia de vivir… quienes nos sabemos –y la certeza es absoluta– condenados a morir.

Estamos hablando de ser… para tener que dejar de ser; de venir al mundo… para tener que irnos de él. O al revés (pero quien habla aquí ya no es ni Ana ni quienes piensan como ella): estamos hablando de que sólo gracias a tener que irnos del mundo, es posible haber venido a él. O dicho más brutalmente: estamos hablando de que sólo gracias a la muerte puede existir la vida. Si no, si nada ni nadie pereciera…, ya ni cabríamos en el mundo. O si, para caber en él, ningún nuevo ser pudiera venir al mundo, tampoco el tiempo y el mundo existirían: todo se estaría reproduciendo, por los siglos de los siglos, monótona, repetitiva, insoportablemente igual.

Sólo gracias a perecer es posible existir. El ser y el no ser se excluyen al mismo tiempo que se requieren; se combaten y rechazan al mismo tiempo que se enlazan y abrazan. La contradicción es brutal. Tan brutal… como fundamental –el fundamento mismo de todo. Basta enunciarla, basta formular la más asombrosa y maravillosa de las paradojas, para que salte roto en mil añicos el principio de no contradicción, el gran principio que instaura la lógica platónica y aristotélica –“una cosa no puede ser a la vez ella misma y su contraria”–, ese principio que, marcando todo nuestro pensamiento, es indudablemente válido en cantidad de ámbitos –salvo en el fundamental.

Pero la anterior contradicción –llamémosla la contradicción ontológica– no sólo es brutal. Es también salvadora, vivificadora. Es ella la que nos salva de la visión tenebrosa del mundo, es ella la que nos impide verlo como un valle de lágrimas que el dolor vertebra. Si la muerte –la tuya, la mía, la de todos– es el penoso pero indispensable precio a pagar para que haya vida, tiempo y mundo, entonces la muerte se hace asumible; entonces su dolor deja de cegarnos; su pena, de obcecarnos. Entonces la muerte –la conjunción de muerte y vida, de ser y no ser– nos hace entender que la vida es arriesgada –¡y cómo!–, y efímera, ardua, contradictoria…, pero por ello mismo maravillosa y hermosa.

“Por ello mismo”…: ahí estriba –en pasar de lo uno a lo otro– toda la dificultad. Porque para extraer todo lo bello y maravilloso que nuestra condición encierra, hacen falta dosis supremas de fuerza y grandeza. Hace falta la grandeza de un Ulises capaz de desdeñar la promesa de inmortalidad que le hace, en su isla, la ninfa Calipso; o hace falta la fuerza de unos griegos y romanos que no enaltecían en absoluto la inanidad que marcaba a sus muertos: puras sombras que deambulaban sin fin en los dominios de Hades o Plutón.[1]

Pero, a diferencia de nosotros, ellos conocían las condiciones indispensables para tal grandeza. Ellos, que no tenían la loca pretensión de creerse, mientras vivían, los únicos que pintaban algo en el mundo. Ellos, que, lejos de vivir solos, vivían rodeados de sus antepasados, envueltos en la tradición. Ellos, en cuyas casas el fuego sagrado alumbraba el altar de los ancestros. Ellos, que al morirse no eran engullidos por la nada: su memoria seguía presente en un linaje, integrada en el destino de una patria. Ellos, que lejos de ser una gregaria suma de átomos, sólo eran individuos –personas libres y cabales– en la media en que constituían una comunidad: un conjunto articuladamente trenzado de vivos, muertos y venideros. Ellos, cuyo nombre y memoria ha llegado, ¡y cómo!, hasta nosotros. (El nuestro…, ¿llegará a algún sitio el nuestro?)

Hace falta fuerza y grandeza para asumir, sin subterfugios, nuestra condición mortal. Hace falta fuerza individual y fuerza colectiva, aliento comunitario: todo lo contrario de lo que caracteriza al melindroso, individualista, gregario hombre de hoy. He ahí nuestro drama: haber abandonado la consoladora ilusión de la eternidad y ser incapaces de asumir la tensa contradicción –gozo y desgarro a la vez– en que consiste nuestro sino. Solución: nos ponemos una venda ante los ojos, nos encogemos de hombros y hacemos como si nos olvidáramos de la muerte. “¡Ni me mente usted la bicha! ¡Haga el favor! ¡Habráse visto, qué grosería!”

Los hombres más desvalidos ante la muerte actúan como si estuvieran convencidos de que jamás se irán a morir.



[1] “¡No me endulces demasiado la muerte, mi noble Ulises! Antes preferiría, humilde pastor de ganado, vivir al servicio de un pobre campesino, que reinar sobre los muertos, sobre este extinto pueblo”, le dice al navegante de Itaca la sombra de Aquiles. (Odisea, XI, 470-521.)

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