Pero sólo durante unas horas

Y Expaña volvió a ser España

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La locura colectiva desencadenada en la noche del domingo 11 de julio demuestra una cosa: el sentimiento de identidad nacional existe (incluso en “este país”) y su fuerza es poderosa. O digámoslo con aquella antigua palabra hoy convertida (salvo en determinadas regiones) en políticamente incorrecta: el patriotismo existe y su fuerza es poderosa. Y añadamos para nuestro escarnio: el patriotismo sólo se expresa en España adorando un objeto redondo al que unos «héroes» (otra palabra que la corrección política prohíbe) propinan patadas.

 Nunca (excepción hecha del 2 de mayo de 1808) el pueblo español se había lanzado tan masiva, espontánea y unánimemente a la calle como ese 11 de julio de 2010, que «pasará a la Historia», según aseguran los comentaristas.
 
Nunca nadie había estado más orgulloso de ser español. Nunca habían ondeado tantas banderas, nunca se habían dado tantos gritos de ¡Viva España!, nunca había resonado en las calles un tan ensordecedor clamor.
 
Nunca había sucedido nada parecido en todos los pueblos y ciudades de España.
 
Nunca tampoco la odiada bandera de España había ondeado con tan multitudinaria presencia en las calles de Cataluña y del País Vasco. Nunca se habían oído en sus ciudades tantos Vivas dados a la nación de la que se quieren con rabia segregar. (El fervor patriótico hasta llegó a lugares segregados desde hace ya muchos años; hasta México, por ejemplo, donde enfervorizados mexicanos gritaban Yo soy español…)
 
Nunca, sin embargo, algo tan profundo como la identidad de un pueblo había tenido que recurrir, para expresarse, a algo tan baladí como un juego de pelota.
 
Nunca tampoco un tan gran fervor colectivo habrá sido de tan corta duración.
 
No teman los desmembradores de España. No teman aquellos a quienes les repugna hablar su lengua, pronunciar su nombre, ondear su bandera.
 
No teman tampoco los gregarios individualistas que tan nerviosos se ponen con sólo oír hablar de identidad colectiva.
 
No tema ninguno de los representantes, a derecha o izquierda, de nuestra casta política: terminada la fiesta, concluida la algazara, todo volverá a su lugar.
 
El fuego fatuo… fatuo habrá sido. España volverá a ser Expaña. El silencio reinará.

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