En torno a "La elegancia del erizo", de Muriel Barbery

Aún queda esperanza

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Lo de menos es el éxito espectacular de esta novela publicada en Francia en 2007 y que, sin ningún lanzamiento, sólo con el boca a boca, lleva ya vendidos 1.200.000 ejemplares y ha sido traducida a 34 idiomas. Lo importante no es esto (demasiada bazofia alcanza éxitos parecidos o mayores). Lo importante es la obra de arte que nos zarandea a través de su despiadada e hilarante crítica de nuestro mundo, y a través de las tres cuestiones que constituyen su hilo conductor: la vida, la muerte y el Arte. Nada más ni nada menos.

«Tenemos el Arte —decía Nietzsche— para no perecer a causa de la Verdad.» Tenemos el Arte —viene a decir Muriel Barbery— para sobrevivir al sinsentido de nuestra vida abocada a la muerte. O como Paloma, la joven protagonista, escribe en su diario:
«Lo bello es lo que se coge en el momento en que ocurre. Es la configuración efímera de las cosas en el momento en que uno ve al mismo tiempo la belleza y la muerte.
»Ay, ay, ay, me he dicho, ¿quiere esto decir que así es como tiene uno que vivir su vida? ¿Siempre en equilibrio entre la belleza y la muerte, el movimiento y la desaparición?
»Quizá estar vivo sea esto: perseguir instantes que mueren», buscar —concluye Paloma en las líneas que cierran la novela— «una suerte de paréntesis en el tiempo, una suspensión, otro lugar aquí mismo, un siempre en el jamás. […] La belleza en este mundo.»
La filosofía (o más exactamente, «el pensamiento», como solía decir Heidegger) alcanza en esta novela cúspides propiamente insólitas. Pero que nadie se espante. Si alcanza tales cumbres, es precisamente porque huye de la vana especulación encerrada en sí misma; esa especulación que, transformada en esnobismo, recibe tanto en su vertiente filosófica como en la psicoanalítica (lacaniana en particular), los más mordaces y desternillantes varapalos a lo largo de la novela.
¿Y cómo, se preguntarán ustedes, una «novela filosófica» —es esto, en su esencia, La elegancia del erizo—se las apaña para sumirse en las grandes cuestiones de la filosofía, al tiempo que huye de la farragosa especulación que, por lo general, caracteriza a ésta? Se las apaña… realizando una especie de magistral cuadratura del círculo: conjugando (como diría Platón, pero para rechazar tal posibilidad) lo inteligible con lo sensible, haciendo brotar los más altos pensamientos en medio de una permanente atención —hecha de ternura y mordacidad— hacia los goces, pesares y vivencias que tejen la vida más común y corriente.
Y, sin embargo, poco tienen de común y corriente los tres protagonistas, auténticos seres de excepción que casi resultarían inverosímiles si un gran estilo literario no estuviera ahí para conseguir lo más decisivo de todo: que tales protagonistas, al tiempo que resultan plenamente creíbles, se vean tocados por la más alta realidad: la de lo Bello, por esa realidad —la más verdadera y la más imaginaria— que aureola a los personajes de la gran literatura.
Dichos protagonistas son: Madame Renée Michel, la entrañable y muy culta portera que no soporta la televisión, pero la deja encendida (con el sonido apagado) a fin de dar el pego a los vecinos; Paloma, la avispada adolescente que, al tiempo que se revela contra la estupidez de su progre y burguesa familia, emite ideas como las anteriormente citadas; y Kakuro Ozu, un rico japonés que se distingue profundamente de todos los demás ricos burgueses que pueblan el palacete de la rue de Grenelle, número 7, y sobre los cuales, así como sobre el conjunto de su clase, recaen las más aceradas y justas críticas.
«¡Horror! Una acerba crítica de la burguesía… La glorificación de una pobre portera, dotada para una alta vida del espíritu, pero a la que las injusticias sociales le han impedido acceder. En fin, una novela izquierdista que “El Manifiesto” se dedica a ensalzar. ¡Qué bajo que ha caído éste!», exclamará quizás algún sectario lector, necio y obtuso como los burgueses a los que la novela, sin caer en ideología alguna, ni de izquierdas ni de derechas, vapulea con la demoledora pero suave fiereza de su ironía.
Lo hace arremetiendo contra esta clase cuya mercantilización del mundo ha dado muerte al espíritu (como aquí decimos); esta clase que ha hecho que sólo se pueda evitar la mediocridad y la necedad marginándose o escondiéndose (como se esconden Paloma y la portera Renée); esta clase, en fin, que, además de lograr tales hazañas, se complace en unos privilegios de los que goza sin contrapartida alguna: sin asumir ninguno de los deberes que asumía en otros tiempos la hoy fenecida aristocracia, o que asumen, a su manera, los tres protagonistas: esos auténticos «aristócratas del espíritu» que son una portera que lee a Tolstoi, una jovencita superdotada y un culto japonés.
«Los favores del destino —se dice en otra parte de la novela— tienen un precio. Para quien se beneficia de las indulgencias de la vida, la obligación de rigor en la consideración de la belleza no es negociable. La lengua, esta riqueza del hombre, y sus usos, esta elaboración de la comunidad social, son obras sagradas. […] Los elegidos de la sociedad, aquellos a los que el hado exceptúa de esas servidumbres que son el sino del hombre pobre, tienen por ello la doble misión de venerar y respetar el esplendor de la lengua.»
Y, como conclusión, la sentencia que, si nuestras Constituciones tuvieran algún sentido, debería ir grabada en su frontispicio:
«A los ricos, el deber de lo Bello. Si no, merecen morir.»
Cuando una novela —una de las más grandes de nuestro tiempo— proclama cosas parecidas; cuando una novela de tal calibre alcanza, por otra parte, un éxito que lleva a que en Francia ya se esté hablando del «Fenómeno Erizo»; cuando tales cosas suceden, entonces sí: hay motivos para pensar que aún no está todo del todo perdido.
P. S.: Mención especial merece la traducción española efectuada por Isabel González-Gallarza. Simplemente excelente: a la altura del original.
 
Muriel Barbery, La elegancia del erizo. Seix Barral. (Aquí puede leer algunos fragmentos.) 

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