Nunca había habido tanta riqueza, tanta abundancia, y sin embargo…

¿Por qué se desploma todo? ¿Por qué amenaza la miseria?

Como en los momentos decisivos de la historia, las noticias se van precipitando de día en día; a veces, de hora en hora. El lunes los congresistas norteamericanos, rompiendo la disciplina de partido, echaban por la borda el plan para ayudar a la Mano Invisible a regular lo que por sí sola es incapaz de regular. Sin embargo parece que este miércoles el plan podría ser finalmente aprobado. Ante esta esperanza, ayer martes volvieron a subir ligeramente las bolsas que el lunes se habían desplomado. Al mismo tiempo, grandes bancos europeos se veían a su vez afectados por la crisis, y si los gobiernos no los hubieran rescatado, miles de depositantes estarían ahora mismo arruinados.

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Como en los momentos decisivos de la historia, las noticias se van precipitando de día en día; a veces, de hora en hora. El lunes los congresistas norteamericanos, rompiendo la disciplina de partido, echaban por la borda el plan para ayudar a la Mano Invisible a regular lo que por sí sola es incapaz de regular. Sin embargo parece que este miércoles el plan podría ser finalmente aprobado. Ante esta esperanza, ayer martes volvieron a subir ligeramente las bolsas que el lunes se habían desplomado. Al mismo tiempo, grandes bancos europeos se veían a su vez afectados por la crisis, y si los gobiernos no los hubieran rescatado, miles de depositantes estarían ahora mismo arruinados.

 

Vaivenes tan bruscos, incertidumbres tan grandes, ¿significan que estamos entrando en uno de estos momentos decisivos de la historia en que se producen los vuelcos que hacen cambiar al mundo? ¿Nos hallamos a las puertas de cambios trascendentales en el mundo económico y por ende político? ¿O acabará todo en agua de borrajas con sólo unas cuantas heridas y un enorme susto?
Lo más probable, puestos a arriesgar un pronóstico, es que sea esto último lo que acabe sucediendo. Sobre todo porque, ante la debacle que se ha puesto de manifiesto, no hay ninguna fuerza alternativa —ni política ni ideológica— que esté, hoy por hoy, preparada para abrir los ojos de la gente ante los desmanes que se han cometido y que se seguirán cometiendo. Y aun suponiendo que esta fuerza existiera, ¿tendría acaso la posibilidad de acceder a los grandes medios de manipulación de masas, sin participar en los cuales nada existe en el mundo de hoy? ¿No se lo prohibiría, acaso, la censura de hecho que tan bien conocemos?
Son manifiestos los desmanes, el atropello, el escándalo acontecidos en la vida económica. Los veremos más claramente si nos olvidamos de los enredos técnicos —esa gran cortina de humo— que practican habitualmente los profesionales de la cosa. “No soy economista. Luego sé de economía”, decía Fernando Sánchez Dragó en su columna de ayer en El Mundo.
La cuestión es muy sencilla. La cantidad de bienes, de riqueza que produce nuestra sociedad sigue siendo tan apabullante como siempre lo ha sido. ¿Por qué entonces estamos viviendo una debacle que amenaza con echarnos a las puertas de la miseria? Respuesta: porque hay una cosa denominada “el sistema financiero” en donde lo virtual sustituye a lo real, y el dinero y sus gigantescas burbujas a la riqueza. Jugando y especulando con niveles inauditos de dinero y de riesgo… ajeno, los tahúres  del Gran Casino que es la finanza y la banca han acabado haciéndolo todo saltar.
Mejor. ¡Que salte todo de una vez! Siguiendo el consejo de Nietzsche, mordamos y arrojemos a lo lejos la cabeza de la serpiente que nos está ahogando. Arrojémosla, entre otras cosas, para no caer en la miseria, para no vernos privados de nuestros ahorros y de nuestros bienes. La intervención estatal, la compra de los bancos quebrados es hoy imprescindible. Pero compra, precisamente. No donación, no ayuda, no subvención.
Pero no basta con la compra; no basta tampoco con la exigencia de responsabilidades (¡no he oído ni una sola voz que las reclame!) a los tahúres que han utilizado el dinero de todos para jugar al borde del abismo… y se han despeñado. No basta con ello. Se impone repensarlo todo de nuevo, de arriba abajo. Para que no pueda suceder que ahí donde hay sobrada abundancia —para todos, no como hoy— exista riesgo de miseria.

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