De la homosexualidad… a la masturbación

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¿Es la homosexualidad, como pretende en su último artículo  Antonio Martínez, “el tema de nuestro tiempo”, es decir, la cuestión más candente puesta hoy sobre el tapete? ¿No nos acechan acaso cuestiones de envergadura infinitamente mayor, cosas tales como… el sentido o sinsentido mismo de nuestra existencia? Es lógico que para los activistas del movimiento gay la cuestión homosexual sea la más crucial de todas, pero no deja de sorprender (o quizá no tanto…) que coincida con semejante valoración quien arremete con tanto denuedo contra dichos activistas y su ideología.
 
Por lo que a mí respecta, debo confesar que la cuestión de la homosexualidad (máxime después de tantos artículos) me aburre más de la cuenta, y si lancé el debate fue tan sólo porque en la primera contribución de Antonio Martínez se vertían consideraciones que exigían ser rebatidas con tanta claridad como contundencia. El debate (que, ahora sí, queda definitivamente cerrado) no ha dejado, sin embargo, de ser sumamente interesante, como lo demuestra el hecho de que, en su último artículo, Antonio Martínez ha acabado aceptando lo que no figuraba en absoluto en el primero, a saber: la distinción entre las imposturas del activismo gay y la homosexualidad como tal, una práctica erótica —nos dice ahora, y ahí estamos del todo de acuerdo— que merece ser plenamente reconocida (o tolerada, añado yo —que a efectos prácticos viene a ser lo mismo—, por quienes sean incapaces de tal reconocimiento).
 
Dicho lo cual, poco más hay que decir. Nada, en realidad, si no fuera que uno se ve obligado a dudar de la sinceridad de nuestro autor cuando, pocas líneas después de haber reconocido el pleno derecho de lo que llama “la homosexualidad fáctica” (incluidas sus “uniones civiles”), ataca a estas últimas, al tiempo que cataloga a la homosexualidad de “desorden psiquiátrico”, cuyos enfermos —cabe deducir; de lo contrario se cometería grave falta contra ellos— merecen ser tratados como tales (no se sabe si con fármacos, electrochoques, camisa de fuerza o internamiento en asilo).
 
Son tales planteamientos los que, lejos de combatir, no hacen sino favorecer por reacción, incrementar por resentimiento, todo el activismo gay y lo que éste trae consigo. Es triste, lamentable. Como lo es toda esta obsesión consistente en ver por todas partes, hasta en las obras más insospechadas, el “influjo ideológico” de la homosexualidad. Digámoslo con un lenguaje abrupto pero jocoso, que en mi boca será cualquier cosa menos peyorativo: de igual modo que algunos ven masones por doquier, ¡otros descubren maricones hasta en la sopa! (Una obsesión, dicho sea de paso, que no afecta para nada ni a una editorial como Áltera ni a El Manifiesto, cuyo combate contra el nihilismo contemporáneo no tiene nada que ver, contrariamente a lo que opina Antonio Martínez, con esa especie de cruzada suya contra “la homosexualidad ideológica” que, según él, expande insidiosamente sus garras por doquier.)
 
Sigamos —para concluir— con este mismo tono jocoso, pues más vale reír, así sea a carcajadas, cuando, a estas alturas de la película, uno va y se entera de que, para alguien serio, inteligente y a veces hasta brillante como nuestro autor, “la masturbación” (no lo dice, es cierto, con la franqueza debida, sino de forma indirecta) constituye un vicio al que denuncia en compañía de otros dos: “el aborto y la eutanasia”. Dejemos estos últimos de lado y tranquilicemos al personal (pero ¿queda aún alguien a quien tranquilizar?) asegurando que no, que quizá la masturbación constituya todavía un pecado (la verdad es que no lo sé), pero que al practicarla no se corre el menor riesgo: ni de ceguera ni de sordera ni de todas aquellas espantosas lacras con las que se ha intentado asustar durante tanto tiempo a adolescentes y público en general. En fin… Mejor será, dejándome de comentarios y sarcasmos, correr un tupido velo.

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