En el fallecimiento de Aquilino Duque

19 de septiembre de 2021

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Pocas líneas son menester para hacer justicia al autor al que se le negaron los premios más altos de las letras hispanas, algunos de los cuales es sabido que cayeron sobre plumas mucho peores e incluso indignas. Tuve el honor de coincidir varias veces y hablar con este admirable ciudadano, persona de suficiente valía lingüística e intelectual como para no haber precisado, no ya del pesebre político, sino incluso de los mínimos favores del poder. Sus puestos en organismos culturales internacionales y sus publicaciones fueron siempre fruto de su demostrada valía profesional y literaria. Como oí decir un día a un fino poeta local, Aquilino Duque era de las personas más “inoportunistas” que había conocido. Y era verdad. Novelista, pero para mí que sobre todo poeta, fue traductor del ruso, del portugués y del inglés, lengua que chapurreo y en la que puedo dar fe de su buen hacer. Obviando títulos, me ceñiré solamente a sus versiones del poeta sudafricano Roy Campbell, otro heterodoxo de su momento, y que en la guerra civil española tomó parte por los sublevados, sencillamente tras contemplar las atrocidades que los milicianos practicaron en Toledo sobre un grupo de frailes, por el mero hecho de serlo. Del libro Fusil en Flor [Flowering Rifle] tradujo Aquilino Duque mucho y bien. Campbell fue por supuesto denostado en su momento por los santones de la poesía “progresista”, tales como Orwell, Auden, Mac Niece o Spender, quienes por cierto se pasaron con armas y bagajes al campo liberal cuando terminó la guerra mundial y comenzó a desvelarse la barbarie estalinista. Campbell, como Aquilino Duque, mantuvo toda su vida el compromiso con las ideas que le habían llevado a defender a los rebeldes…

Lo demás, repito, son breves charlas, detalles, anotaciones, retazos de vida donde siempre asomaba el español insobornable, consecuente consigo y con su patria, y encima, simpático, ingenioso, mordaz y agudo como pocos. De esas personas que uno está orgulloso de haber conocido y haberle estrechado fraternalmente la mano.

Que la tierra le sea ligera.

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