¿Es posible un "Islam de Francia"?

Si queremos abordar con visos de algún éxito el problema del Islam en Europa, hemos de enfrentarnos primero a nuestro propio vacío metafísico.

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¿Es posible un “Islam de Francia”?

A raíz de los atentados yihadistas ocurridos en los últimos meses sobre suelo francés, el presidente de la República, François Hollande, está impulsando una iniciativa para crear un “Islam de Francia” o “Islam republicano”, compatible con los valores culturales dominantes en el país vecino y en el conjunto del mundo occidental. La pregunta que procede es si tal cosa resulta posible.

Metafísicamente, sentimos decir que no lo es. Los principios del Islam son tan incompatibles con los del mundo moderno surgido del siglo XVIII ilustrado y con la Revolución Francesa, como imposibles de mezclar el agua y el aceite. Un “Islam republicano” es una contradictio in terminis.

Desde hace muchos años, en España, El País viene patrocinando un Islam análogo, desprovisto de sus elementos más polémicos. Es el Islam soñado por Juan Goytisolo en Marrakech, un Islam confundido con la dignidad de los pobres, tal como la vivió Albert Camus en su infancia, sobre las playas de Argelia. Un Islam de pipa de agua, hamam y regateo en las tiendas del zoco. Todos podemos comprender los encantos turísticos de Marruecos, el atractivo -al menos imaginado; vivido día a día, la cosa cambia mucho- de un estilo de vida más tradicional y comunitario, lejos del individualismo, el hastío y el tedio de Occidente. Sin embargo, el problema no está ahí.

El problema surge cuando el mundo musulmán empieza a instalarse en París o en Marsella vía inmigración. La solución francesa pasa por la asimilación: si vienes a Francia, tienes que identificarte con los valores de Francia; o, al menos, respetarlos escrupulosamente, y no sólo como un ritualismo externo. Tal vez no les entregues tu alma; pero ajusta a ellos tu conducta.

La escasa flexibilidad de la ética republicana ha desembocado en una no-integración de los hijos de inmigrantes musulmanes de segunda o tercera generación. Provenientes del Magreb o del África subsahariana, viven en suburbios que son guetos y se saben ciudadanos de segunda categoría. No se sienten franceses y la República no sabe qué hacer con ellos. Ahora, el proyecto consiste en “republicanizar”, en prevenir la radicalización yihadista civilizando el Islam.

En realidad, se trata de domesticarlo. El laicismo occidental, surgido de la matriz masónica, siempre ha aspirado a domesticar las religiones. En unos casos ha tenido más éxito; en otros, menos. En cuanto a la Iglesia Católica, piensa que Francisco constituye su gran oportunidad. Por lo que respecta al Islam, la empresa se presenta ardua como pocas. El Islam es tan granítico como la piedra cúbica del santuario de La Kaaba. Demolerlo en plan posmoderno, vía ironía y disolución progresiva, se nos antoja harto complicado. Incluso si lo metemos un siglo entero en Coca-Cola a máxima concentración.

El sueño, el desiderátum: un Islam tolerante, que acepte la homosexualidad, el sexo libre, el aborto, el relativismo, la democracia. Un Islam esteticista, con cantos del muecín convertidos en ritmos relajantes de chill out. Un Islam ibicenco, con mezquitas finalmente convertidas en cafeterías y peluquerías, como las iglesias de Ámsterdam.

Pero el proyecto, en marcha desde hace tiempo, me da que no funciona. Decía Louis Massignon, el gran islamólogo francés, que las grandes religiones monoteístas se identificaban con las tres virtudes teologales: el judaísmo, con la esperanza; el Islam, con la fe; el cristianismo, con la caridad. De manera que, en el reparto de dones religiosos, había tocado a los musulmanes una fe “salvaje”, imposible de arrancar de su alma. Una fe próxima a lo que en Filosofía se llama ontologismo, y que no comprende que se pueda no creer en Dios -Allah-, cuya existencia se considera casi evidente para la mente humana. Una fe, en fin, distinta de la cristiana, y afín a la idea de sumisión, que es, como sabemos, lo que significa el término “islam”; pero bueno, una fe que es fe, en todo caso.

Así las cosas, ¿qué hacer en Francia, o en Occidente en general, con una comunidad de creyentes que no comparten la auténtica y única religión del Occidente actual, que es el relativismo -o el individualismo, su otra cara-? Pretender republicanizar el Islam es un intento absolutamente iluso. La solución no puede ir por ahí.

Me parece que la solución pasa no por tratar de domesticar las religiones, sino por repensar y refundar metafísicamente Francia, Europa y Occidente. Y ello supone darse cuenta de que necesitamos otro tipo de civilización. Una civilización que conserve las conquistas del Occidente moderno -podríamos simbolizarlas con el bikini, ahora que se habla tanto del “burkini”-, pero a la vez redescubra el inmenso y fascinante continente, hoy casi olvidado, de la religión.

Contra lo que muchos creen, la religión no constituye un fenómeno alienante. Mircea Eliade, el ilustre historiador de las religiones que enseñó largos años en Francia, antes de emigrar a Estados Unidos, subrayó la universalidad del hecho religioso. El hombre necesita la distinción sagrado/profano, la referencia a un axis mundi. La matriz de la religio constituye el molde fundamental de la psique humana y de la organización social.


Si queremos abordar con visos de algún éxito el problema del Islam en Europa, hemos de enfrentarnos primero a nuestro propio vacío metafísico. Convocando, por cierto, todo tipo de voces y sensibilidades, presentes de manera muy ilustre en la cultura francesa. Desde la santidad franciscana de Charles de Foucauld hasta el esoterismo de René Guénon y Raymond Abellio, pasando por la astrología de André Barbault, la antropología de René Girard, la hermenéutica de Paul Ricoeur o el catolicismo profundo y humanísimo del cardenal Jean-Marie Lustiger.

Un humilde retorno a todo este mundo de ideas y visiones del mundo engendraría un diálogo que daría frutos de la máxima calidad. Y, con esos frutos, el “diálogo con el Islam” sí que sería posible. Bien entendido que, en realidad, el Islam no quiere dialogar, porque considera que no hay nada de lo que dialogar, ya que la verdad absoluta del mundo se encuentra contenida en el Corán: así que la sumisión/fe islámica constituye la única postura razonable, y fuera de ella todo es idolatría, locura e impiedad.

Sin embargo, no nos quedemos ahí, ni pensemos que, al final, la única posibilidad consiste en una confrontación traumática. Llenemos Europa de bien, verdad y belleza a través de una nueva metafísica religiosa llena de frondosidad y alegría. Hasta que también en los musulmanes despierte el deseo de sumarse a esa fiesta.

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