Yo fui feliz en un supermercado

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Hace unos días se contaba en este periódico una historia asombrosa: la de ese obrero polaco que, después de un grave accidente laboral, conseguía regresar a la vida al cabo de… diecinueve años de estar en coma. Su sorpresa, al resucitar, fue mayúscula: el mundo había cambiado de arriba abajo. Desaparecido el socialismo, se había acabado tanto su miseria espiritual como su opresión material. De “mareante” califica el buen hombre lo que sintió. Antes, cuenta Jan Grzebski, “en las tiendas sólo había té y vinagre, la carne era racionada y por todas partes se formaban largas colas para obtener combustible; ahora veo a las personas en la calle con teléfonos móviles y hay tantos productos que me marea”.

Mareo, sí. ¡Cómo no estar mareado! ¡Cómo no experimentar la ebria felicidad –dejémonos de puñetas– de vivir en medio de la abundancia y el bienestar! Yo mismo…, sí, yo que he lanzado el Manifiesto contra la muerte del espíritu y la tierra, yo que odio el consumismo y maldigo el materialismo, yo mismo experimenté una felicidad y un mareo parecidos cuando, después de una experiencia tan breve como intensa en la Hungría y Rumanía de la miseria socialista, regresé a Occidente, liberado de mi “servidumbre voluntaria” en aquella jaula. 

Todavía lo recuerdo con asombro: durante las primeras semanas después de mi regreso era capaz de hacer cosas tan inauditas, para mí, como pasarme horas y horas recorriendo, en medio de la mayor felicidad, grandes almacenes y supermercados. Mis finanzas, nada boyantes en aquella época, me habrían tenido que dejar, sin embargo, más que frustrado: sólo podía obtener escasas migajas de todo aquel emporio de riquezas. Pero me daba igual. Lo importante era que las cosas, los objetos, los productos… estaban ahí –y no iban a desaparecer. Lo importante era que uno podía volver al día siguiente con la absoluta certeza de que seguirían alineados en sus estantes, ofrecidos en sus cestas, abundantes, eficaces, rutilantes… ¡Qué maravilla! Se habían acabado las colas en mercados, tiendas, restaurantes…; se habían terminado las patatas podridas, y las manzanas rancias, y los vestidos de espanto, y el que no hubiera carne (salvo si el chófer te la traía del almacén del Partido), y el no poder engullir una cerveza fresca en pleno verano…

No, por favor: no sonriáis con esta estúpida mueca de superioridad. No son fruslerías, nimiedades, caprichos… El mareo de Jan Grzebski es tan legítimo como la felicidad que me embargaba aquellos días. La penuria y la escasez no son virtudes: son miserias. No son baluartes que oponer al despilfarro a mansalva que nos corroe. Combatamos con todas nuestras fuerzas el despilfarro, ese otro nombre del sinsentido, del nihilismo: ni nosotros ni nuestra tierra podemos seguir soportando ese derroche insensato. Pero para vencerlo, no es la moral del ascetismo –como diría Nietzsche– lo que debe enfrentársele. No es un gesto relamido, parco, estrecho lo que debemos oponer a la insensatez contemporánea. No es el gesto de quienes buscan redimir el mundo envueltos en la pesadumbre y la contrición Es un gesto grande y poderoso, gozoso, jubiloso. Es un gesto que no desprecia en absoluto las riquezas, los bienes, los placeres –es un gesto que exige encauzarlos para que no se conviertan en pesares. 

Digámoslo de otro modo: hay que acabar con el hedonismo vulgar que nos asfixia; hay que terminar con esa imposibilidad de soportar la menor frustración, el menor sacrificio…, sobre todo si es en aras de un proyecto superior, sobre todo si es en pro de esa comunidad, de ese espacio público que nos engloba y permite ser. Pero ¡cuidado! Lo pernicioso no es el hedonismo como tal: es su vulgaridad, su vuelo bajo, rastrero. Lo pernicioso es su incapacidad de compaginar placer y entrega, júbilo y esfuerzo, goce y lucha: esa conjunción de contrarios que marca en su corazón al hedonismo que, por oposición al anterior, cabe denominar heroico.

Sólo así conseguiremos que, sin destruir en absoluto los mercados, disfrutando al máximo de sus bienes, a nadie se le ocurra buscar entre objetos y mercancías algo parecido a la plenitud vital: esa cosa que, si se asume su naturaleza escurridiza, tensa, contradictoria, se parece entonces a eso que los hombres buscan sin cesar bajo el nombre de felicidad.

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