La respuesta es "nada" o "casi nada"

Lo que nuestros alumnos saben de Rusia

Compartir en:

Hace algunas semanas, Cynthia y Elia, dos de mis alumnas de 4º de la ESO, me dijeron en clase que estaban muy preocupadas porque se daban cuenta de que no tenían la sensación de estar aprendiendo nada en el instituto. En particular, se refirieron al tema de la cultura general. Me dijeron que una de las cosas que más deseaban era “saber de todo para poder hablar cuando surja una conversación sobre cualquier tema”. Y que con lo que se hace en el instituto este objetivo resulta imposible de alcanzar.

Al escucharlas -y mientras les daba la razón en todo lo que decían-, no pude menos de acordarme de lo que pasó en un concurso de Miss España hace unos años. A la sazón, formaba parte del jurado el embajador de Rusia en nuestro país, y, como había que formular una pregunta a cada candidata antes de la votación final, el buen señor -creo que sin mala intención alguna-, le pidió a una de las chicas que le dijera algo sobre Rusia, su amada patria. La pobre muchacha se vio enseguida en un tremendo aprieto. “Rusia..., Rusia...”, y ahí se quedó. Me parece que balbuceó que “Rusia era un gran país”; no sé si llegó a decir al menos que Moscú era su capital; si lo hizo, desde luego de ese punto no pasó. De acuerdo que las chicas que se presentan a tales concursos no se suelen distinguir precisamente por ser unas lumbreras ni por pasarse las tardes en la biblioteca. Y, sin embargo, algo más sí que habría debido saber decir.
 
Si a mis alumnos del instituto -incluso a los “buenos” que terminan 2º de Bachillerato y entran en la Universidad- se les preguntara también por Rusia, se verían en unas dificultades semejantes a las de aquella chica del concurso. Desde luego, aquí y allá, sobre todo en la asignatura de Historia, algo han tenido que estudiar en clase sobre Rusia. Ahora bien: ese “algo” -respecto a Rusia como acerca de todo lo demás- consiste al final en una masa amorfa de conceptos que “les suenan” -vagamente al menos-, pero que componen un conjunto claro de nociones básicas realmente incorporadas al bagaje de su cultura general. Si en una conversación sale el tema de Rusia y no quiero quedarme callado por no tener nada que decir o para no hacer el ridículo metiendo la pata, deberé tener una idea al menos de términos como “Iglesia ortodoxa, alfabeto cirílico, iconos rusos, Dostoievski, Tolstoi, Bakunin, zar Nicolás II, Rasputín, Revolución de Octubre, Lenin, Trotsky, Stalin, bolcheviques, soviets, Gulag, Solzhenitsin, planes quinquenales, Sputnik, Gagarin, Kruschev, Kremlin, doctor Zhivago, Muro de Berlín, KGB, gerontocracia, troika, Gorbachov, perestroika, glasnost, Estación Mir, Yeltsin, Putin, Chechenia”. Si dispongo de estas nociones -o incluso sólo de seis o siete básicas de ellas-, entonces, en una conversación que salga sobre Rusia en cualquier situación de la vida, tendré algo que decir y no me moriré de vergüenza si me preguntan. Desde luego, se puede saber mucho más sobre Rusia y son posibles múltiples niveles de conocimiento acerca de su historia y su cultura, desde el más básico hasta el más sofisticado; pero, si al menos se dispone de unas nociones generales correctas, se podrá salir airoso del paso en una conversación y se tendrá los cimientos para, a partir de ellas y junto con las que se debe tener respecto a otras muchas cuestiones, ir levantando -si se quiere- los sucesivos pisos de un sólido edificio cultural.
 
Ahora bien: realmente, ¿cuál es aquí el problema? Pues, por supuesto, que -al menos en España- el instituto no está concebido para proporcionar a los alumnos una idea clara, unas nociones bien definidas de cultura general ni sobre Rusia ni sobre ningún otro tema. Se estudia, sí, una gran cantidad de cuestiones a través de las distintas asignaturas; pero, misteriosamente, todo ese esfuerzo ofrece después un rendimiento de lo más magro. Los alumnos no saben, sienten que no saben. A los que pasan de todo les da igual. Pero a los que no pasan de todo, a ésos a los que -como a Cynthia y Elia- les gustaría de verdad aprender, este estado de cosas les resulta frustrante.
 
¿Queremos emprender una revolución mucho más real y eficaz que la de los “indignados” que acampan todavía en algunas de nuestras plazas, muchos de los cuales parecen soñar todavía con los mitos más rancios de la izquierda, incluida la Cuba de Fidel? Pues démosles una patada a los actuales libros de texto -sin alma, sin coherencia, sin verdadera cultura, sin sentido común-, a las actuales asignaturas -instrumentos de un analfabetismo funcional-, a los actuales planes de estudio, y propongamos para sustituir toda esta cochambre no las “tecnologías de la sociedad de la información” -como querría la masonería de izquierdas de Zapatero, como querría la masonería de derechas de Rajoy-, sino la revolución de la cultura general: preguntémosnos qué debe saber un alumno de Bachillerato sobre los temas más diversos -teóricos y prácticos: también, por ejemplo, sobre el IRPF o sobre las hipotecas- y facilitémosles el acceso a ese saber, luego tan útil para la vida. Para la vida práctica, desde luego, pero también para la vida teórica del espíritu, para esa vida interior a la que todo ser humano debe aspirar. Pues saber cosas sobre Rusia no sirve sólo para jugar al Trivial o para no ponerse colorado en una conversación Ha de servir, además, para entender el mundo y para entenderse a uno mismo. Porque, sin duda, eso que llamo “Rusia” es algo que -y aquí tendríamos que hablar de Husserl y del “mundo de las esencias”-, de una manera misteriosa, existe también dentro de mí.
 
Cynthia y Elia: seguid protestando, no os conforméis con lo que hay. Pedid una y otra vez que os enseñen cosas realmente útiles e interesantes sobre Rusia. Es vuestro derecho como alumnas. Y para nosotros, los profesores, responder a esa demanda es una inexcusable obligación.

 

Todos los artículos de El Manifiesto se pueden reproducir libremente siempre que se indique su procedencia.

loading...

Compartir en:

¿Te ha gustado el artículo?

Su publicación ha sido posible gracias a la contribución generosa de nuestros lectores. Súmate también a ellos. ¡Une tu voz a El Manifiesto! Tu contribución, por mínima que sea, dará alas a la libertad.

Quiero colaborar