En torno al último libro de Fernando Sánchez Dragó

El arte lo transfigura todo. Hasta la muerte de un gato tigre

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«¡Cosas de Fernando!», me dije al enterarme de que Dragó acababa de editar con Planeta un libro de casi 350 páginas sobre la muerte accidental… de su gato Soseki. «¡Cosas de Fernando!»: solemos exclamar sus amigos cuando a nuestro hombre se le ocurre salir con alguna de las excentricidades con las que va por el mundo rompiendo moldes y descerrajando esquemas. «Ahora bien, ¿no será su crisma lo que se va a romper con semejante novela? ¿Es posible escribir tal cosa?», me dije para mis adentros. En aquel entonces aún no había leído la tal cosa.
Ahora lo he hecho. Acabo de leer —de un tirón— esas páginas (parecen ligeras, pero en realidad son más que densas) en las que se obra el milagro. El milagro de siempre. El prodigio en que consiste todo el arte, toda la poesía. El prodigio por el que, tocada por la magia de una forma que en verdad es fondo —forma-fondo del decir, forma-fondo del pintar, forma-fondo del esculpir…—, la realidad, de corriente y trivial como aparece ante nuestros ojos de cada día, se convierte en la magnificencia de esplendor y de sombras que, por decir algo y sin saber muy bien qué decir, llamamos «belleza».
Así ocurre siempre que el gran arte llama a la puerta. Y así ocurre también con la portentosa historia del gato tigre Soseki que Dragó cuenta a su nieta Caterina. ¿Cómo lo consigue el muy maldito?… No teman, no les voy a revelar el secreto. Simplemente… no lo hay.
No hay razones que expliquen la belleza. O lo que es lo mismo: no hay razones que expliquen la verdad más profunda que lleva al mundo. Sí, claro está, se puede, se debe reseñar —aquí por ejemplo— la mezcla de ternura y hondura con que Dragó lo cuenta todo; se puede y se debe referir el tono justo que adopta, la precisa medida con que se engarzan sus palabras, ni una de más ni una de menos… Todo lo que se quiera, y todo lo que los doctores de la Iglesia estética dictaminen. Pero semejante combinación gloriosa, ¿a qué remite, qué es lo que la permite, cómo se consigue…? ¿Qué es lo que hace que, diciendo aparentemente lo mismo, tal combinación de palabras produzca belleza, y tal otra, trivialidad o fealdad?
Misterio. Ni siquiera los dioses conocen la razón última de la belleza, la razón última del ser. Un Dios hubo que pretendía conocer tal Razón (pretendía conocerlo Todo), pero por culpa de ello precisamente (Nietzsche fue el primero en constatarlo) dicho Dios la palmó.
No se puede desentrañar —afortunadamente— el secreto de la belleza, el misterio profundo que lleva al mundo. Pero sí se puede, sí se debe sentir tal misterio, palpar la belleza, gozarla… Leerla, en este caso. Leer, por ejemplo, la osadía con la que Dragó, parafraseando la que, junto con las Coplas de Jorge Manrique, es sin duda la mayor elegía mortuoria escrita en español, nos dice que el enfrentamiento entre el Minotauro y el gato tigre de luz se produjo a las tres y media en sombra de la tarde, para añadir acto seguido: «Trompa de lirio por las verdes ingles / a las tres y media de la tarde. […] Ya luchan la paloma y el leopardo / a las tres y media de la tarde […].
»Soseki había muerto.
»Hacia arriba sube el héroe / con toda su muerte a cuestas. / Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. / Buscaba su perfil eterno / y el morir lo desorienta. / Buscaba su noble alma / y encontró su sangre abierta. / ¡Y el gato solo, corazón arriba, / con toda la muerte a cuestas!»
Paráfrasis más que legítima si tenemos en cuenta, entre otras cosas, que en su «Canción novísima de los gatos» (poema casi desconocido que Áltera rescató hace años del olvido), el propio Lorca había dejado escrito en el temprano año de 1920:
El gato es inquietante, no es de este mundo. Tiene
el enorme prestigio de haber sido ya Dios.
¿Habéis notado cuando nos mira soñoliento?
Parece que nos dice: la vida es sucesión
de ritmos sexuales. Sexo tiene la luz,
sexo tiene la estrella, sexo tiene la flor.
Y mira derramando su alma verde en la sombra.
[…]
Un gato enfurecido es casi Schopenhauer.
Cascarrabias horrible con cara de bribón,
pero siempre los gatos serán bien educados
y se dedican graves a tumbarse en el sol.
El hombre es despreciable (dicen ellos), la muerte
llega tarde o temprano. ¡Gocemos del calor!
 

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