Alguna vez también hay buenas noticias que celebrar

Hace 20 años: fin de la pesadilla comunista

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¡Quién lo hubiera imaginado! Se cayó sin que nadie moviera un solo alfiler. No el Muro de Berlín, sino lo que encarnaba: el más sanguinario sistema de opresión nunca conocido en toda la historia (cien millones de muertos sólo en la URSS; y sin contar los millones de muertos de China, y los millones de Camboya, y los de Vietnam, y los de Corea, y los de Cuba…)

Y los de España si hubieran ganado… Aunque a veces, viendo el estado de delicuescencia al que ha acabado llegando nuestro país, uno se dice —permitidme una boutade siniestra— que más hubiera valido que ganaran… Habría habido, es cierto, unos cuantos millones de españoles menos; el país habría sido arrasado a sangre y fuego (a su lado, la represión de aquel viejo general habría sido un juego de niños), pero, a fin de cuentas, el comunismo se habría acabado igual, y al menos sabrían los españoles —como lo sé yo, por ejemplo, por haber estado por aquellos andurriales— a qué atenerse…
Lo sabían muy bien los alemanes que en tal día como hoy derribaban llorando el Muro que los otros tuvieron que levantar para que no se largara hasta el apuntador. Y lo sabían los húngaros, y los checos, y los rumanos, y los polacos, y los serbios…: todos los pueblos de la Europa que las democracias estadounidense y británica habían entregado a su aliado comunista.
Nunca en la historia un sistema de tal envergadura —tampoco había existido nunca nada parecido, es cierto— ha perecido de este modo: sin que ningún enemigo externo lo derrote, sin que lo venza ninguna rebelión interna. Simplemente implosionó. Hizo ¡puf!… y se cayó. El gigante tenía los pies de barro, y el barro era demasiado blando.
¿Perdón?… Ah, ¿que los horrores del comunismo y su derrota final no justifican para nada las miserias de diverso tipo que engendra el capitalismo? ¿Que la miseria y todos los muertos que el comunismo originó no justifican para nada algo —la muerte del espíritu— que aquí conocemos de sobra? Por supuesto. Pero sólo los maniqueos piensan que por combatir a una de las partes que estuvieron enemistadas… durante un cierto tiempo, se está echando uno en brazos de la otra.
Hoy es el comunismo cuyo fin celebramos. ¡Tan fuerte, tan inquebrantable como parecía! Y de repente… ¡Menuda sorpresa nos dio! Que los otros —sus antiguos enemigos— se lo digan temblando. Y que nosotros, amigos, tengamos en cuenta que así de imprevisible, a veces, es la Historia.

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