No es un problema de "falta de diálogo". Es mucho más hondo y grave

Padres e hijos, ¿extraños entre sí?

Compartir en:

Hace unas semanas, fui testigo directo de la siguiente situación: una familia normal, que vive en un dúplex de una urbanización de la zona norte de Madrid. Los padres son trabajadores de toda la vida que han adquirido su actual patrimonio a base de largos años de esfuerzo y sacrificio. Tienen dos hijos; y el mayor de ellos, de diecinueve años, lleva varios meses replegado en un mutismo cada vez mayor y recluido la mayor parte del día en el pequeño universo de su dormitorio, un microcosmos electrónico –televisión vía satélite, juegos en red, Internet, etc. Como sucede en millones de hogares occidentales, los padres de esta familia no saben qué está pasando dentro de la cabeza de su hijo. Seguramente tampoco saben por qué tiene un completo equipo de camuflaje militar en su habitación.

Los padres de los que hablo son gente seria y responsable, agradable, hospitalaria y de ideología más bien conservadora. Se supone que han educado a sus hijos dentro de unos esquemas vitales bastante sanos y razonables. Y, sin embargo, tienen implícitamente asumida una idea que hoy se da por descontada dentro de la sociedad occidental: que, llegados a la adolescencia –y aun antes–, la mente de sus hijos va a discurrir por unos derroteros completamente desconocidos para ellos: los occidentales de la era posmoderna presuponemos, como la cosa más natural del mundo, que todo este esencial conglomerado lo van a recibir los hijos desde fuentes que no tienen nada que ver con sus padres ni con el ámbito familiar en general.
 
El diagnóstico de una extraña situación
 
¿Se trata, tal vez, de una característica como tantas otras del espíritu de nuestra época? ¿Algo que no haya que lamentar y que no tiene sentido alguno plantearse corregir? Lo dudo mucho. Hoy en día, y desde la ruptura de la década de 1960, hemos aceptado como un hecho inevitable el abismo generacional que separa a los adolescentes de sus padres. De vez en cuando, un debate televisivo –por ejemplo, tras alguna nueva matanza escolar como la prototípica de Columbine– se plantea, alarmado, “en qué mundo mental están viviendo nuestros hijos”. Sin embargo, nadie parece querer reconocer que nuestros hijos viven en ese inquietante universo de violencia audiovisual porque los adultos llevan décadas no haciendo casi nada para evitar que las cosas sean así.
 
Me explico. En todas las sociedades de cuño tradicional, los padres y la familia eran el lugar básico para la transmisión de la cultura. Apenas existía entonces discontinuidad entre las generaciones, y no digamos ya abismo alguno. Los padres eran depositarios del saber de la comunidad: sus mitos, sus ritos, sus leyendas, sus cantos, sus costumbres, su técnica y sus demás saberes de todo tipo. Los padres, además, ya habían atravesado los ritos de paso que daban acceso a ese conocimiento iniciático que se adquiría al cambiar de status e ingresar en un nuevo grupo de edad. De modo que la generación de los mayores, a la que pertenecían sus padres, transmitía a los hijos todo el universo cultural heredado de los ancestros, la cosmovisión que daba sentido y cohesión a la comunidad en su conjunto. Las obras de Mircea Eliade y Van Gennep, entre otros muchos, han explicado con suma brillantez esta realidad.
 
De algún modo, esta secular continuidad entre las generaciones ha pervivido también en Occidente hasta hace algunas décadas. Incluso a la altura de –digamos– 1970, los hijos vivían básicamente en un universo mental bastante similar al de sus padres. Bien es cierto que ya había tenido lugar la revolución musical e ideológica de los años sesenta; pero todavía no existía por entonces lo que presenciamos a partir de 1990 en toda su plenitud: un verdadero abismo entre las generaciones, y toda una potente industria dedicada a proveer a los adolescentes de un imaginario propio, completamente ajeno al mundo cultural de sus padres.
 
Por supuesto, sería hipócrita cargar las culpas de esta situación exclusivamente sobre los hombros de tal industria. Al fin y al cabo, se limita a satisfacer una demanda social tácita… de los propios padres. En efecto: hacía tiempo ya que los padres habían empezado a desentenderse espiritualmente de sus hijos, a no tener ningún saber cultural valioso que transmitirles: mitos, ritos, creencias, vivencias, gestos, ideales, historias arquetípicas, sabiduría existencial, etc. Porque vamos a ver: si los mismos padres, absorbidos por el mäelstrom del relativismo ambiental, ya no sabían a ciencia cierta en qué creían y en qué no creían, ni si habían venido a este mundo con algún propósito determinado, ¿cómo transmitir ya a sus hijos cosmovisión alguna?
 
De modo que los mismos padres, perplejos y escépticos, al vaciar de contenido cultural significativo el esencial ámbito de la familia, vieron como algo natural e incluso inevitable que las nuevas generaciones vivieran en un imaginario distinto del de ellos. Al fin y al cabo, ellos, los padres, ya no vivían en ningún imaginario determinado. Es lo que tiene el relativismo: que te libera de las antiguas creencias al precio de sumirte en la atmósfera de una extraña indefinición en la que ya no se sabe muy bien qué significan las cosas, ni tampoco, en último término, si realmente significan algo en absoluto. E incluso si estamos ante unos padres de los que sí poseen unas fuertes convicciones personales y un universo cultural bien estructurado, con frecuencia se ven impotentes para contrarrestar la omnipresente influencia de un ambiente a menudo tóxico.
 
Cuando los padres dejan huérfanos a sus hijos
 
Y de este modo llegamos a la situación actual: una especie de “división de funciones” en la que los padres quedan exonerados del problemático trabajo de introducir a sus hijos en un universo cultural y espiritual coherente (es decir, de educarlos), y una situación en la que los hijos quedan en manos, por una parte, del sistema educativo (que les dará un tenue y casi inútil barniz de cultura académica) y, por otra parte, de la industria del ocio adolescente (que los dotará de un universo mitológico entre superficial e inquietante). En cualquier caso, queda socialmente claro que los padres no tienen nada importante que decir a sus hijos: pues decir tales cosas no forma parte de su función. La familia ya no es un lugar donde se convive, se transmite una profunda cosmovisión y se aprende a vivir (si bien, en la sociedad en la que está insertada esa familia, ya ningún lugar cumple realmente tal función). Se abre, así, el famoso “abismo generacional” que todos conocemos: a un lado, unos adultos en crisis y espiritualmente desorientados; al otro, unos adolescentes privilegiados en lo accesorio –bienestar material etc.–, pero huérfanos en lo esencial.
 
Habrá tal vez quien, como el posmoderno Vicente Verdú, considere que, al fin y al cabo, este estado de cosas no es realmente tan malo: pues esa generación joven, desligada de la tradición y entregada a la aventura de las nuevas tecnologías, ve surgir ante sí un fascinante horizonte de posibilidades insospechadas. Sin embargo, este divorcio entre padres e hijos –consecuencia, como explicamos, de un previo vacío cultural– constituye una situación sumamente preocupante. La degradación de la convivencia en colegios e institutos, así como los alarmantes fenómenos de los crímenes adolescentes o de los “hijos tiranos”, son claros síntomas de que algo muy importante marcha mal. Felicitarse de la actual situación constituye, a mi modo de ver, una imperdonable irresponsabilidad.
 
Y, en fin, ¿qué decir en cuanto al futuro? No existen más que dos opciones: o bien seguir deslizándonos hacia abajo por la pendiente actual, en cuyo caso los fenómenos aberrantes seguirán creciendo tanto entre los adolescentes como entre sus padres, o recuperar la familia y el hogar como foco de transmisión de cultura desde la infancia y hasta más allá de la adolescencia. Esta metamorfosis, por sí sola, evitaría o, al menos, dificultaría el surgimiento de múltiples disfunciones sociales que nuestros miopes políticos, asesorados por sociólogos igualmente miopes, no saben cómo afrontar. Ahora bien: para que los padres vuelvan a tener algo importante que decir, es imprescindible que ellos mismos vuelvan a poseer una vida interior significativa y participen de nuevo en una gran cosmovisión colectiva profundamente arraigada en el conjunto de la sociedad. Pues, si esto no es así, si la sociedad como un todo no es una gran institución cultural y educativa –¡recordemos a Platón!–, ¿cómo lo serán las familias que la componen?
 
Los graves problemas sociales que hoy nos aquejan no surgen por azar ni por generación espontánea: han sido creados por unos adultos que se han desentendido del mundo del espíritu y cuyos hijos son más víctimas de una previa situación deplorable que otra cosa. ¿De verdad queremos empezar a arreglar este desaguisado? Entonces, sigamos el consejo de los sabios de todas las épocas: emprendamos un viaje hacia nuestro propio interior, que es también el interior del mundo. Sólo entonces comenzará a cambiar ante nuestros ojos la faz de la realidad. Sólo entonces nos reencontraremos con la médula, con la sustancia, con el tuétano de lo real. Y ese reencuentro nos enseñará cómo volver a hablarles a nuestros hijos. Tenderemos entonces innumerables puentes sobre ese abismo que hoy nos separa de ellos. Y, desde lo alto de esos puentes, contemplaremos de nuevo todos juntos, mayores y jóvenes, el primer amanecer del mundo.

Todos los artículos de El Manifiesto se pueden reproducir libremente siempre que se indique su procedencia.

Compartir en:

¿Te ha gustado el artículo?

Su publicación ha sido posible gracias a la contribución generosa de nuestros lectores. Súmate también a ellos. ¡Une tu voz a El Manifiesto! Tu contribución, por mínima que sea, dará alas a la libertad.

Quiero colaborar