Reflexiones a raíz de la crisis

El dinero sólo tiene sentido… para olvidarnos de él

—Y para comer y vivir…, ¿acaso no tiene sentido el dinero? —Sí, hombre, sí. Pero cubiertas tales necesidades, y sobrándonos como hoy nos sobra el dinero… —¡¿Qué?! ¡Con la que está cayendo! —Abra los ojos: ¿no ve que estamos nadando en la abundancia? ¿Cómo no le sobraría el dinero a una sociedad capaz de regalar un millón de veces un millón de dólares a unos mangantes que, después de haber hecho el agosto con sus especulaciones y dislates, han terminado por poner en quiebra sus bancos?

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—Y para comer y vivir…, ¿acaso no tiene sentido el dinero?
—Sí, hombre, sí. Pero cubiertas tales necesidades, y sobrándonos como hoy nos sobra el dinero…
—¡¿Qué?! ¡Con la que está cayendo!
—Abra los ojos: ¿no ve que estamos nadando en la abundancia? ¿Cómo no le sobraría el dinero a una sociedad capaz de regalar un millón de veces un millón de dólares a unos mangantes que, después de haber hecho el agosto con sus especulaciones y dislates, han terminado por poner en quiebra sus bancos?
—Ya, pero si se quiere que la abundancia beneficie a todos, algún ajuste estructural habrá que hacer.
—Tan estructural como cargarse toda la estructura que sustenta el tinglado.
—¡Ah, ya vuelve usted a su editorial del otro día! Pero dígame: ¿y qué es esto de que el dinero sirve para olvidarnos de él?
—Ahora se lo explico.

Lo venía a decir, pero con otras palabras y abominando de tal idea, el muy liberal Federico Jiménez Losantos. “Diríase que carcas y progres —escribía el otro día en El Mundo—añoran los tiempos de los hidalgos, cuando trabajar era cosa de mal gusto.”

¿Qué es trabajar? Si por ello entendemos emprender acciones y esfuerzos encaminados a conseguir los resultados más positivos posible, los hidalgos —en realidad, el conjunto del mundo antiguo, encabezado por sus aristócratas— no detestaban en absoluto el trabajo; por ejemplo, el consistente en jugarse la vida defendiendo la comunidad en contra de sus enemigos; por ejemplo, el consistente en encarnar los más altos principios y valores espirituales y culturales; por ejemplo, el constituir el más firme baluarte opuesto a la invasión de lo rastrero y vulgar.
Lo suyo no era ciertamente la holgazanería. Lo que ocurre es que ellos no consideraban, y nosotros tampoco, que los esfuerzos y acciones llevados a cabo por los aristócratas —“los mejores”, significa el término en griego— tuvieran algo que ver con el trabajo: esa palabra derivada de trepalium (un instrumento de tortura); o ese castigo al que toda la cristiandad consideraba de origen divino (harían bien en recordárselo los empleadores de don Federico) hasta que llegaron un tal Calvino y unos tales burgueses y se pusieron a enaltecer lo que toda la humanidad había considerado, durante los siglos de su más alto esplendor espiritual, como un mal necesario.
Al considerarlo así se pagó, por supuesto, un alto precio. Al relegar a un lugar secundario el trabajo —y con él el dinero, y con él toda la concepción materialista de las cosas—; al colocar en el más alto lugar la inquietud cultural y espiritual, ello ha hecho que durante siglos las condiciones materiales de existencia hayan sido lo que han sido. El precio que nosotros pagamos es, en cambio, exactamente el inverso: en las páginas de este periódico lo llamamos “la muerte del espíritu”.
Esta muerte: es decir, la degradación de todo un mundo impregnado de valores heroicos, artísticos y espirituales; la conversión de estos últimos, en el mejor de los casos, en un producto de la industria turístico-cultural: todo ello es algo que parece dejar a los liberales (y a los progres integrados en el sistema) completamente indiferentes. Pero sólo lo parece. En realidad se sienten profundamente concernidos por tal degradación, siendo como son ellos los encargados precisamente de fomentarla…
Ello no obsta a que tal vez sí, tal vez tenga razón don Federico al considerar que, cuando la conjunción de “carcas” y “progres” ataca el imperio del dinero (dejemos de lado en qué medida es legítima o no dicha conjunción), se está atribuyendo a las condiciones materiales de existencia la misma irrelevante importancia que, durante siglos, les concedían aristócratas e hidalgos.
En cualquier caso, las cosas se presentan, por parte de ambos frentes —el que defiende y el que se opone al capitalismo— en términos de una disyuntiva irreconciliable: o bien se preservan los bienes del espíritu, o bien los de la materia. Elija usted.
Es esta disyuntiva la que hay que arrinconar. Es ella la que es falsa. No siempre, sin embargo, lo fue. No siempre las condiciones técnicas permitieron obtener lo que hoy podríamos alcanzar gracias a la desbordante plétora de bienes que conocemos. (Recordemos: un millón de millones de dólares —dos, quizá— echados alegremente por la borda…) Y lo que esta abundancia permite hoy alcanzar es precisamente poder olvidarnos, por fin, del dinero. ¿Dejando las gentes de poseer, atesorar, producir, comerciar? No, en absoluto. Éste fue el vicio congénito de un socialismo que, movido por el resentimiento igualitarista, pretendió acabar con toda propiedad y todo mercado.
Manténgase, por el contrario, la propiedad y el mercado. Pero encauzados, dentro de límites que impidan esta alucinada vorágine que lleva por nombre “capitalismo”. Que quienes disfrutan y se realizan fabricando y comerciando, lo sigan haciendo —los hay, se lo aseguro; bien está y es preciso que los haya. ¡Pero que no todos, por Dios, nos veamos obligados a hacerlo! ¡Que no todos; que sobre todo los mejores no tengan que vivir inmersos, asfixiados, por el espíritu del trabajo, el dinero y la productividad! ¿Quieren comerciantes y fabricantes seguir mercadeando y fabricando? ¿Quieren sus liberales corifeos seguir cantando sus glorias y alabanzas? Háganlo cuanto les plazca. Pero impónganse todos los encauzamientos necesarios para que su actividad, por más digna y respetable que sea, deje de constituir la piedra angular sobre la que se sostiene, hoy, el destino de los hombres y de los pueblos.
Si no es para ello, ¿para qué queremos tanto dinero como el que engendra… no el capitalismo, sino el Mundo de la Técnica?
—¡Alto ahí, caballero! Por importantes que sean, no son los perfeccionamientos técnicos los que engendran nuestra riqueza. Ésta sólo es posible gracias al capitalismo o liberalismo —términos que en realidad son sinónimos, pues la prosperidad que genera el capitalismo sólo es posible en régimen de democracia liberal.
—Falso de toda falsedad. Basta invocar el ejemplo, hoy, de China, ayer de la España de Franco, un poco antes de la Italia fascista o de la Alemania nacionalsocialista: regímenes todos ellos que conocieron una indiscutible prosperidad. (No los estoy defendiendo; estoy efectuando, cualesquiera que hayan sido las abominaciones de tales regímenes, una constatación irrebatible; como irrefutable es la prosperidad que, por mayores que sean sus abominaciones, engendran igualmente la democracia capitalista.) En realidad, el único sistema político que, dentro de los parámetros del Mundo de la Técnica, ha engendrado miseria y pobreza ha sido el comunista.
La riqueza de la que disfrutamos, todos estos inventos, todos estos perfeccionamientos de nunca acabar, toda esta abundancia que hoy nos permite vivir materialmente como ni siquiera los dioses vivían en el Olimpo, ¿qué sentido tiene todo ello, sino el de permitir que estemos lo menos agobiados posible por “el orden gris de los días”, como lo llamaba Cernuda? ¿Para qué diablos hemos inventado tantos artefactos y cachivaches, si no es para que, asumiendo los artefactos y cachivaches la mayor parte del orden material de la vida, podamos olvidarnos tanto de él como de ellos? ¿Para qué queremos riquezas y dinero si no es para entregarnos de lleno, con belleza y con grandeza, a lo único que de verdad importa?

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