Una historia sin mitos ni héroes

Compartir en:

Durante los últimos años, infinidad de autores han dedicado una enorme cantidad de energía a explicar que “El Código da Vinci” sólo es un conjunto de disparates históricos: en las cuestiones historiográficas más elementales, Dan Brown mete la pata hasta extremos tan inimaginables como risibles. La interpretación que ofrece acerca de los primeros siglos del cristianismo –por ejemplo, del Concilio de Nicea- resulta ridícula y completamente indefendible. Dan Brown demuestra a cada paso que no tiene ni idea de los temas que trata. Y, a estas alturas de la película, no es necesario insistir ni un minuto más sobre tal cuestión.
 
En cambio, sí resulta conveniente hacer notar que, si “El Código da Vinci” ha funcionado durante años de un modo tan extraordinario, ello se debe –al menos en parte- a que, en la visión de la historia que nos ofrece, ésta vuelve a ser una realidad misteriosa y significativa. Y es que la dictadura ilustrado-positivista-políticamente correcta que la civilización occidental nos impone en todas las ramas del saber, ha terminado por convertir la Historia en una materia gris y roma. Para el individuo standard contemporáneo, la Historia ya no significa nada. A sus ojos, el pasado es un concepto abstracto, desprovisto de cualquier vínculo significativo con su vida. Nuestros escolares estudian una Historia sin alma, sin gestas, sin héroes, sin espíritu, sin metafísica, sin misterio: todo esto le ha sido hoy cuidadosamente expurgado. La Historia se nos ha presentado durante las últimas décadas bajo un perfil casi exclusivamente político, social y económico. Y, mientras tanto, se ha ido desdibujando todo el apasionante trasfondo espiritual que subyace a la superficie de los simples hechos externos.
 
En cambio, Dan Brown, a pesar de todos sus disparates, nos ofrece una versión sugestiva de la historia de Occidente. Dicha historia consistiría, básicamente, en una lucha entre dos poderes espirituales enfrentados: por un lado, la Iglesia Católica, el monoteísmo, el Papado, los jesuitas, el Opus Dei; por otro, los gnósticos, heterodoxos e iniciados de todos los tiempos: y aquí se mete en el mismo saco a neoplatónicos, pitagóricos, alquimistas, cátaros, templarios, masones, illuminati y a quien haga falta, en un alegre totum revolutum en el que Brown se sitúa claramente de parte de los “rebeldes del espíritu”. El esquematismo simplificador y los tópicos en los que incurre Brown son de los que tiran de espaldas. Pero lo cierto es que ha sabido conectar con una importante insatisfacción del hombre occidental contemporáneo, que desea redescubrir la Historia como una trama de símbolos, códigos, creencias y filosofías donde la lucha subterránea de las diversas facciones en liza llena el universo histórico humano de una enorme carga de sentido.
 
Por supuesto, luego, el contenido que “El Código da Vinci” nos propone para llenar este esquema resulta ridículo e inaceptable. Pero la esencia del esquema sigue siendo válida: la Historia consiste en un grandioso enfrentamiento espiritual entre visiones del mundo parcial o totalmente opuestas entre sí. De modo que presentarla como una aséptica sucesión de hechos históricos explicables en términos estrictamente racionales y desprovistos de un decisivo significado espiritual implica un intolerable escamoteo. Y eso es precisamente lo que, entre nosotros, nunca se había hecho hasta el advenimiento de la dictadura historiográfica impuesta por el racionalismo laico contemporáneo: durante siglos, la Historia arrancaba del primer capítulo del Génesis, y su origen más radical remitía, por tanto, en la “historia sagrada”, con la que, después, se engarzaba, sin solución de continuidad, el tiempo histórico de las naciones. Y luego, por otra parte, esa Historia se hallaba repleta de mitos, símbolos y héroes que la hacían rebosar significación.
 
La historia y el abandono del mito
 
Ahora bien: desde que se produjo el advenimiento del racionalismo ilustrado y de la concepción positivista de la Historia que nace en el siglo XIX, ésta empezó a convertirse en cuestión de estadísticas y análisis políticos, sociales y económicos. Ciertamente, el nacionalismo decimonónico engendró una amplia mitología de la nación. Pero la tendencia ya estaba marcada y se fue consolidando con el tiempo, hasta cristalizar en los manuales universitarios de Historia del siglo XX y, al fin, en los libros de texto: nada de mitos, símbolos e inadmisibles adherencias adyacentes. Todo muy aséptico y racional. Todo bien descafeinado y afeitado de mitos. Y, claro, todo muy poco sugestivo. Consecuencia: los occidentales, desencantados, se han divorciado de la Historia, que ya no significa nada para ellos. Hasta que el bueno de Dan Brown, a pesar de su abrumadora ignorancia, ha sabido –junto a una legión de imitadores- devolverles el sentimiento de que la historia de Occidente consiste en un gigantesco y fascinante enfrentamiento espiritual.
 
En lo cual, como decimos, acierta. Pero no hace falta creerse las patrañas y delirios de “El Código da Vinci” para experimentar ese sentimiento. Basta con meterse a fondo, gracias a los libros pertinentes –que los hay, y muchos-, en el verdadero meollo del devenir histórico-espiritual de Occidente, para comprender que toda nuestra historia, desde las Termópilas, Nicea y Montecassino hasta Hiroshima, el Vaticano II o la llegada del hombre a la Luna, forma parte de una asombrosa confrontación espiritual que se desarrolla sobre un complejo trasfondo teológico, simbólico y esotérico. Un gigantesco drama que, por otra parte, está repleto de episodios capaces de cortarnos el aliento mejor que cualquier novela de aventuras. 
 
El problema reside en que un poderoso lobby cultural lucha sin desmayo para que todo ese fascinante contenido histórico no consiga llegar al gran público. Y ello porque su obsesión ideológica consiste en llevar a cabo una inaudita revolución antropológica: crear a ese “hombre unidimensional” chato, horizontal, pedestre, sin perfiles y sin grandeza que es material indispensable para desarrollar el mayor proyecto de ingeniería social de la historia de la Humanidad. Desvincular al hombre occidental de sus raíces en el pasado e instalarlo en la cárcel invisible del mero presente forma parte de este insidioso plan de transformación.

Todos los artículos de El Manifiesto se pueden reproducir libremente siempre que se indique su procedencia.

Compartir en:

¿Te ha gustado el artículo?

Su publicación ha sido posible gracias a la contribución generosa de nuestros lectores. Súmate también a ellos. ¡Une tu voz a El Manifiesto! Tu contribución, por mínima que sea, dará alas a la libertad.

Quiero colaborar