¿Somos una mota de polvo perdida en el universo?

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Anochece en el desierto. La caravana se detiene para pernoctar una vez más bajo las estrellas. Se enciende una fogata para protegerse contra el frío de la noche. Uno de los beduinos se aleja del grupo y sube a la cresta de una duna. Y, entonces, levantando sus ojos al cielo estrellado, intuye –igual que hicieron sus ancestros desde tiempo inmemorial- que el universo celeste está profundamente relacionado con la vida de los hombres. Nosotros vivimos aquí abajo, en el reino de las cosas pasajeras y mudables. Pero, sobre nuestras cabezas, gira eternamente el círculo inmutable de las constelaciones, en torno al eje de la Estrella Polar. Allí mora el espíritu de la divinidad.
 
El beduino vive esta certidumbre en el interior de su alma, aunque no sabría expresarla mediante conceptos filosóficos precisos. Sí lo hizo, cuatro siglos antes de Cristo, un Aristóteles que, al distinguir entre “mundo sublunar” –imperfecto y corruptible- y “mundo supralunar” –perfecto, eterno y compuesto de esa materia divina que era el éter-, dio forma a una cosmología que perduraría hasta la Edad Media e incluso los albores de la Edad Moderna. Por aquel entonces, el geocentrismo aristotélico no significaba sólo un dogma astronómico apoyado por el testimonio de los sentidos, sino un principio metafísico de amplias resonancias espirituales: la Tierra se halla, ciertamente, en el lugar más bajo del universo; pero lo que sucede en ese lugar, hogar del género humano, es absolutamente decisivo para el destino de toda la Creación. Cristo ha venido al mundo –a este mundo que habitamos- para redimir a los hombres. Y todo lo que sucede en las esferas celestes tiene su reflejo en el universo humano. Hombre y cosmos no eran entonces dos entidades extrañas entre sí. Cuando, en el siglo XIII, el peregrino que se dirigía a Compostela elevaba su mirada a la bóveda celeste, sabía que ese lejano mundo estelar contenía un mensaje cifrado acerca de los misteriosos designios de Dios.
 
Ahora bien: la Revolución Científica que comienza en el siglo XVII significó, entre otras cosas, el derrumbamiento de esta visión metafísica del cosmos. El universo se convirtió cada vez más en una realidad desprovista de sentido espiritual: en una maquinaria que, sí, resulta ciertamente admirable, pero que, en el fondo, no es más que un gigantesco mecanismo físico que funciona de manera semejante a un reloj. Desde principios del siglo XIX, la ciencia moderna nos ha enseñado que el universo, gobernado por las leyes inexorables de la materia, no alberga en su seno lugar alguno para el espíritu: tal superstición debe considerarse superada en la Era de la Razón. Y, más en particular, tenemos que abandonar la ilusión de que la Tierra ocupa un lugar especial en el cosmos. Según una idea mil veces repetida por el materialismo científico, nuestro planeta se encuentra en un rincón cualquiera de una galaxia completamente corriente entre la infinitud de sistemas estelares que componen el universo. Y esta afirmación no pretendía ceñirse al campo estrictamente astronómico. La ideología positivista y agnóstica contemporánea dedujo, a partir del llamado “Principio Copernicano” o “Principio de Mediocridad” –es decir, que la Tierra es irrelevante en el universo-, la conclusión filosófica de que también el ser humano es igualmente irrelevante. ¿Ser creado a imagen y semejanza de Dios, situado en el centro del universo y con un alma tan valiosa, que, en el mundo invisible, luchan por ella los ángeles y los demonios? Nada de eso, todo lo contrario: ser puramente natural, simio evolucionado, desprovisto de misterio espiritual alguno. Habitante tragicómico de un planeta de cuarta categoría que, lógicamente, tenía que estar localizado en el extrarradio del cosmos, en su rincón más vulgar e insignificante. Como se sabe, en pocas cosas ha puesto tanto ahínco el pensamiento contemporáneo como en el empeño de desposeer al hombre de su antigua dignidad espiritual.
 
La Tierra extraña
 
Y, sin embargo, a la mentira le resulta muy difícil enterrar definitivamente a la verdad: por la sencilla razón de que la verdad tiene a su favor la obstinada realidad de las cosas. Así sucede también en el terreno de la Cosmología, donde, desde la década de 1970, datos científicos contrastados están poniendo de manifiesto, cada vez con más claridad, que el planeta Tierra ocupa una posición especialísima dentro del cosmos. Ciertamente, no se encuentra en su “centro geométrico”. Pero sí en uno de sus escasos lugares que reúnen las condiciones necesarias para que la vida pueda desarrollarse; y, en realidad, en el único en que, por lo que sabemos hasta ahora, efectivamente lo ha hecho. Tal es la tesis central que Peter Ward y Donald Brownlee, científicos de la Universidad de Washington, desarrollan en La Tierra Extraña: que, contra la convicción difundida por la llamada “ecuación de Drake”, los más recientes descubrimientos cosmológicos apuntan a que la vida sólo puede surgir y prosperar en lugares muy específicos del universo, precisamente uno de los cuales es el planeta Tierra. El Sistema Solar, y el planeta Tierra dentro de él, constituyen, por tanto, un hábitat singular, un microcosmos que reúne un elevadísimo número de requisitos astronómicos indispensables para el desarrollo de la vida. Luego, además, resulta que el surgimiento mismo de la vida es una especie de “milagro” que en vano intenta explicar la Biología oficial mediante conceptos puramente materialistas. Pero es que, como decimos, incluso antes de ese “milagro”, hace falta un entorno cósmico favorable que pueda albergarlo. El Sistema Solar y el planeta Tierra son uno de ellos. Hace unas décadas, Carl Sagan nos convencía de que tales entornos son muy abundantes y de que, por tanto, el cálculo de probabilidades nos permite afirmar que, en la inmensidad del universo, debe de haber millones y millones de mundos habitados. Pero hoy, algunos cosmólogos valerosos, desafiando al paradigma dominante y arriesgándose al ostracismo profesional, se atreven a sostener, con los datos en la mano, más bien lo contrario. 
 
Lógicamente, la reacción de la ciencia oficial tenía que ser de lo más virulenta. En España, el periódico “El País”, que presta una notable atención a los temas cosmológicos, ha publicado durante los últimos años diversos artículos que han intentado desacreditar la tesis de Ward y Brownlee a la que antes nos referíamos. Y ello, fundamentalmente, por una razón: porque se quiere evitar a toda costa que una versión actualizada del antiguo geocentrismo sirva como apoyo para la aparición de un nuevo paradigma astronómico con resonancias teológicas. De modo que, cueste lo que cueste, hay que defender el Principio Copernicano, elemento esencial de la visión del mundo que hemos heredado de la Ilustración y que –supuestamente- es una conquista irrenunciable del hombre moderno en nombre de la Libertad.
 
Lo malo es, por supuesto, que la libertad del hombre moderno ha resultado ser mucho menos liberadora de lo que prometía. La cosmología todavía hoy dominante nos propone, sí, la sugestiva imagen de un universo donde, desde el radiotelescopio de Arecibo, el proyecto SETI busca desde hace décadas –hasta ahora sin resultado alguno- cualquier rastro de vida inteligente. Pero, por otra parte, es obvio que el cosmos sin alma que surge a partir del siglo XVII, y en el que la Tierra es esa “mota de polvo” perdida en el espacio intergaláctico, ha contribuido decisivamente a lo que Max Weber llamaba el “desencantamiento del mundo”: es decir, a la catastrófica pérdida de profundidad, misterio y significado que, al correr el tiempo, ha desembocado en la sociedad superficial y vacía que hoy padecemos. En la hora actual, asistimos a la urgencia histórica de desenmascarar los efectos deshumanizadores producidos por ese desencantamiento del mundo, obra de la tiranía que la Razón –diosa demoníaca- ha ejercido en Occidente durante los últimos siglos. El nuevo paradigma cosmológico que aquí defendemos se mueve precisamente en esa dirección.
 
El beduino que, en la noche del desierto, levantaba sus ojos hacia las estrellas, no hubiera creído de ningún modo que la Tierra ocupa un lugar insignificante en el universo. Para él, el mundo celeste y el mundo terrestre estaban unidos por un profundo vínculo. Las constelaciones giran sobre nosotros porque tienen algo que decirnos. El mundo de arriba y el mundo de abajo están llenos de signos misteriosos. Y esta es precisamente la perspectiva que el hombre del siglo XXI debería recuperar.

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