A propósito de la película "300"

Los griegos no eran robots del Mundo de la Técnica

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“El Mundo de la Técnica”, como lo denomina Heidegger, es capaz de infiltrarse por todas partes, de corromperlo todo: incluso aquello que –como 300, la película en la que se relata la épica batalla de las Termópilas–, parece movido por las mejores y más nobles intenciones. Vayamos, sin embargo, por partes. Para empezar, “el Mundo de la Técnica” no es el mundo en el que la técnica moderna está presente. “El Mundo de la Técnica” es aquel en el que la gran técnica moderna –y más que ella, su “espíritu”, su “estilo”– lo invade, lo domina todo, no deja que nada se le escape –ni siquiera, como en este caso, lo que parece destinado a combatirlo.

El “espíritu” de la Técnica –démosle, para entendernos, el nombre de “espíritu”– es aquel en el que todo tiene una mecánica relación de causa a efecto, aquel en el que las cosas son chatas, lineales, unívocas, en el que nada refulge con el misterioso brillo de lo imprevisible e insospechado. El “espíritu” de la Técnica es aquel en el que, si sus aspiraciones se realizaran por completo, los humanos actuaríamos y nos moveríamos como mecánicos robots. 

Como se mueven los pobres espartanos –y los persas aún más, todo hay que decirlo– en la película que, dirigida por Zack Zinder y basada en los comics de Frank Miller, ha sido producida en Hollywood por la Warner Bross con un coste de 60.000.000 $; los cuales dólares, dicho sea de paso, estarán ya más que recuperados: sólo una semana después de estrenada la película en Estados Unidos (éstas son las cosas que apasionan en el Mundo de la Técnica) ya se había recaudado la friolera de 71.000.000 $.

Pero el problema, en este caso, no es realmente el dinero. El problema es que los alardes técnicos –una despiadada vorágine de efectos especiales engarzados en medio de las más modernas técnicas de filmación digital–  se lo tragan todo. Pero el problema, como decía antes, no es la técnica, sino el espíritu con que se utiliza. Así, las mismas técnicas de filmación digital han dado, por ejemplo, el más poético de los resultados en La duquesa y el duque, la maravillosa película en la que Eric Rommer zahiere el totalitarismo implícito en la Revolución francesa y su Terror. Sucede todo lo contrario en la película de Zack Zinder. La gesta de Leónidas y sus 300 espartanos –esos héroes que, con su sacrificio, lograron en el año 480 a.C. que Grecia impidiera la dominación persa de Europa– se convierte en el más artificioso, industrial de los productos. Falla lo fundamental en cualquier obra de arte: eso no hay quien se lo crea. No hay ahí quien pueda sentir la menor emoción ante tan caricaturescos personajes –salvo si uno piensa en la historia narrada por Herodoto, o en la que evoca en un poético libro nuestro colaborador Josep Carles Laínez). Ahí no hay griegos luchando por defender su mundo –el nuestro. Ahí sólo hay… lo que queda de él: su burda caricatura en forma de unos héroes de cartón-piedra que se mueven y actúan de la sincopada forma en que lo hacen los muñecos de los comics o de los videojuegos cuya “estética” reproducen. 

Todo ello resulta tanto más de lamentar cuanto que la película parece querer ensalzar –por eso ha gustado tanto entre quienes compartimos tales valores– cosas tan nobles como la lucha, hasta la muerte si hace falta, de aquellos griegos gracias a los cuales Europa es (¿tal vez haya que decir: “fue”?). Sí, es cierto, la película deja en muy alto lugar el espíritu comunitario; ensalza sin vacilar el heroico coraje de aquellos griegos que eran tanto más individualmente libres –tanto más propiamente personas– cuanto que, a diferencia de nuestros gregarios individualistas corroídos por el egoísmo, no dudaban en vivir entregados a su patria y a su destino.

Ahora bien, ¿quién, aparte de tú, yo y el otro, se entera de ello? ¿Se enterarán acaso la mayoría de unos espectadores que sólo ven, que sólo pueden ver, lo que aparatosa, inmediatamente se les echa a las fauces? Todas las víctimas del genocidio de la LOGSE –sus verdugos también–, todos esos chavales, por ejemplo, que sólo saben de Grecia que sus equipos de baloncesto tienen una afición muy fanática, ¿qué podrán ver en tal película sino una mera historia de furor, estruendo y violencia? ¡Con mogollón de efectos especiales, tío! ¡Qué guay, tía, mola mazo!

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