Yo, eurófobo

Cuando arremetí contra el ingreso de España en la UE y pedí el estatuto de apátrida era un euroescéptico. Ahora soy un eurófobo.

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De sobra sé que la venturanza depende del carácter y no del entorno histórico, político y económico, pero aun así admito que el triunfo del Brexit ha suscitado en mí una reacción bastante parecida a la de esa entelequia que es la felicidad. Se trata de algo parecido a lo que debe de sentirse cuando estás sentado a la puerta de tu casa y ves pasar el cadáver de tu enemigo. Larga ha sido mi espera, pero importa más el fin de algo, según la Biblia, que su principio. Cuando hace más de treinta y cinco años arremetí contra el ingreso de España en la Unión Europea y pedí el estatuto de apátrida, era yo, simplemente, un euroescéptico. Ahora soy un eurófobo. Me gustaría precisar un poco ese término, que es inequívoco, pero también equívoco. No se refiere a Europa, sino a la Unión Europea. De cajón, ¿no? La una y la otra,

Europa y la Unión Eujropea, lejos de ser conceptos equivalentes o complementarios, son tan incompatibles entre sí como el agua y el aceite

lejos de ser conceptos equivalentes, consanguíneos o complementarios, son tan incompatibles entre sí como el agua y el aceite o como hasta hace muy poco lo eran, para actualizar el símil, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, hoy extraños y promiscuos compañeros de cama bajo el palio del poder. Europa es (o era) un continente de raíces cristianas y a la vez paganas, relativamente homogéneo, con valores comunes, no multiculturalista ni buenista, civilizador, identitario e ilustrado. La Unión Europea, creada y sostenida por las rapaces corporaciones financieras que ven en la globalización un panal de rica miel, es todo lo contrario. Ayer, en una jugosa entrevista firmada por Zabala de la Serna y publicada por El Mundo, el maestro Morante de la Puebla ponía el dedo en la llaga al decir que el nuevo comunismo es ecologista, feminista y animalista. ¿Como la Unión Europea? Sí, pero como Europa, no, porque en ella hay ya inmensas minorías eurófobas y no meramente euroescépticas que pronto, al paso que vamos, derribarán desde dentro, democráticamente, las murallas levantadas por quienes viven a nuestra costa en Bruselas, Estrasburgo y otros centros de corrupción económica, degradación moral y totalitarismo ideológico. Hay que estar ciego y sordo para no verlo ni escuchar ese clamor. Yo no soy neocomunista. Ya fui paleocomunista y quedé escarmentado para siempre. Tampoco soy socialdemócrata. Quedan así resumidas las razones y los sentimientos que han transformado en radical eurofobia mi euroescepticismo inicial. Britannia Rules!, señor Johnson. Europa le da las gracias y yo también.

© El Mundo

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