El safari del doctor Sánchez

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Como Livingstone, el doctor Sánchez también se ha hecho célebre gracias a su extravío equinoccial, que, sin duda, consagra a Antonio el Africano como un estadista de la talla de Liz Truss. Primer presidente LOGSE de España, el doctor Sánchez se ha formado sin el lastre de la educación académica tradicional, sin la superstición elitista de la excelencia, sin el nefasto uso de la mnemotecnia. Nadie, en el sexto curso de primaria, fue tan cruel como para forzar en su tierno cerebro el estudio del mapa de África —ni el de España siquiera— con sus capitales de resonancias exóticas, con sus ingentes desiertos, con sus interminables ríos e insondables lagos, con sus inacabables sabanas e inexploradas selvas. La mente de un alevín de líder mundial es demasiado delicada como para torturarla con el aprendizaje de semejantes naderías, pues para eso está la Wikipedia, que sabe más que los maestros.

 Que nuestro culto mandatario haya confundido la atlántica y francófona Senegal con la índica y anglófona Kenia no fue sino una sutil alusión a la unidad esencial de África, tergiversada como siempre por la prensa reaccionaria. ¿De verdad puede alguien pensar que un presidente que se rodea de 370 asesores de pago puede cometer semejante pifia? ¿Va a contratar nuestra administración a cientos de parásitos que no se saben ni el mapa de África para aconsejar al sagaz e inteligente Antonio[1] en política exterior? ¿De verdad se cree alguien que todo un doctor en Economía, que obtuvo su grado con una brillante y original tesis, va a ser tan ignorante, tan bodoque, tan pazguato, tan ceporro, tan tarugo que no sepa ni en qué país del mundo acaba de aterrizar? Eso sería como pensar que nos gobierna una patulea de botarates y de indigentes mentales que no sabrían gestionar ni un puesto de castañas… Lejos de nosotros la funesta manía de pensar que las urnas se equivocan. No, cada pueblo elige los gobernantes que se merece. Y los españoles somos unos demócratas ejemplares: aquí hay igualdad de oportunidades, aquí cualquiera puede ser presidente.

Pero dejemos la anécdota y vayamos a las categorías: como África empieza en los Pirineos, es normal que España tenga intereses vitales en esa región; Sánchez, con su bismarckiana habilidad, ha realizado una intensa política africana y ha conseguido lo imposible, poner de acuerdo a Marruecos y a Argelia en su enemistad con España, logro realmente difícil, no visto en nuestra alta política ni en los tiempos de Ugarte, de Chamorro, del marqués de Labrador y demás lumbreras de la camarilla de Fernando VII.

El gas argelino, la perpetua mala voluntad de Marruecos, las aguas territoriales de Canarias, los flujos migra-torios, el terrorismo wahabí y las relaciones con países de peso geoestratégico creciente como Sudáfrica, Angola, Egipto o Etiopía deberían forzarnos a estudiar el mapa del continente vecino y encontrar socios con los que compartamos intereses, negocios y, por supuesto, enemistades: Argelia y Mauritania, por poner dos ejemplos. Antes de que Antonio “arreglara” el conflicto del Sáhara, el primero de estos países nos proporcionaba a buen precio el gas natural imprescindible para que nuestro país funcione. Además, es un enemigo mor-tal del sultanato de Marruecos. La alianza con Argel debería ser una de las constantes de la política exterior española en toda circunstancia, siempre que nuestra diplomacia se guiara por los intereses de la nación y no por los de París, Bruselas o Washington. Lo mismo sucede con Mauritania, esencial para controlar los flujos migratorios hacia las islas Canarias y bastión contra el expansionismo marroquí en el Sáhara. Sólo nuestra condición ancilar respecto a Francia y los intereses de algunos empresarios impiden que España ejerza una política exterior propia, es decir, nacional, que defienda la integridad de su territorio frente a una de las dos amenazas evidentes contra nuestra seguridad: Marruecos. (Por supuesto, la otra amenaza son los propios españoles.)

O, por poner otro ejemplo, en el Golfo de Guinea hay un país hispánico que, gracias a nosotros, gravita hacia la órbita de la francofonía: Guinea Ecuatorial, nación que “flota” sobre una enorme bolsa de petróleo y que podría ser un socio excelente en un territorio de África donde nuestra influencia es nula. ¿No deberíamos sostenerlo, mimarlo y ayudarlo? ¿Y Sudáfrica? ¿Y Egipto?… Por su posición geográfica, España necesita una política africana eficiente y activa, centrada primero en nuestros intereses estratégicos y, luego, en los empresariales. Pero nuestro país debe dejar de ser una colonia para que semejante fenómeno se produzca. Antonio se ha puesto a ello con los felices resultados de todos conocidos, aunque eso le distraiga de su trascendente proyecto personal, cuya gloria, sin duda, reverberará sobre todos nosotros, súbditos felices de la inigualable era de su gobierno. Mientras, Marruecos consigue poco a poco sus objetivos gracias a la colaboración de nuestros estupendos y fieles aliados, Francia, Alemania y Estados Unidos, que son quienes orientan la eficaz diplomacia del doctor Sánchez.

[1] Para los lectores hispanoamericanos (cada vez más numerosos, por lo demás, en nuestras páginas, ¡bienvenidos sean!) hay que explicar que el mote de “Antonio” le viene a Pedro Sánchez de lo siguiente. En un viaje oficial realizado no hace mucho a Italia, Mario Draghi, el tecnócrata expresidente del Consejo de Ministros italiano, le agradeció a Sánchez su burocrática intervención con un “Grazie, Antonio”. Se ignora si lo hizo intencional o equivocadamente. (N. de la R.)

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