¿Está en declive la Navidad?

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Todo depende de en qué se fije uno, por supuesto. Si atendemos a las tiendas llenas de compradores por estas fechas, a las apabullantes —y excesivas— iluminaciones navideñas de tantas ciudades españolas y europeas, y a los igualmente apabullantes —y excesivos de nuevo— programas de actividades navideñas que hoy en día prepara hasta un ayuntamiento de medio pelo, la Navidad puede parecer una realidad boyante, floreciente, en un momento de exultante esplendor. En cambio, si atendemos, por ejemplo, no ya a la comatosa asistencia a la Misa de Gallo, sino al sintomático descenso del número de felicitaciones navideñas —no las antiguas de papel, sino las electrónicas vía móvil, tan fáciles de hacer—, entonces resulta inevitable percibir una sensación de crisis.

En realidad, ambos fenómenos están conectados: cuando lo cualitativo mengua (el sentimiento más o menos “genuino” de la Navidad), entonces se exacerba la importancia de lo cuantitativo (la parafernalia navideña): entre otras razones, porque así se tapa un desasosegante vacío al que no se quiere mirar. 

La frase misma “¡Feliz Navidad!” se percibe como cada vez más hueca, más vacía de contenido real.

Lejos quedan ya los tiempos de las panderetas —hoy casi una rareza—, de las zambombas, de los aguinaldos, de la Misa del Gallo multitudinaria, de los dulces de Navidad hechos en casa, incluso de las clásicas inocentadas del día 28, que ya casi no se dan. En vano esperaremos escuchar a gente que cante espontáneamente villancicos por nuestras plazas y calles; tampoco son muy frecuentes ya en las cenas de Nochebuena. La frase misma “¡Feliz Navidad!” se ha vuelto hoy una cosa problemática. Da cada vez más embarazo, más reparo pronunciarla, porque se percibe como cada vez más hueca, más vacía de contenido real.

Y es que es una verdad universal que, cuando cualquier cosa pierde su espíritu, el hálito invisible, misterioso y decisivo que la anima, entonces entra en una imparable decadencia (por mucho que se intente disimular la situación con cualesquiera fastuosos oropeles). Antropológica y culturalmente, la fiesta —nos lo enseñó Mircea Eliade— constituye una inmersión en el illud tempus, en el tiempo mítico de los orígenes, cuando el mundo era más rico y pleno que esta devaluada realidad que constituye el tiempo entrópico y profano. En el caso de la Navidad, tal realidad viene constituida, nada más y nada menos, que por la inaudita pretensión cristiana de que, en un determinado momento de la Historia humana, Dios se ha hecho hombre y ha venido al mundo. Y, en la medida en que la sociedad occidental contemporánea rechaza tal pretensión, la decadencia de la Navidad se convierte en una consecuencia inevitable. 

Cuando algo pierde su espíritu, el hálito invisible, misterioso y decisivo, entra en una imparable decadencia.

Tal vez se nos responda que no, que no es inevitable; que lo que está en curso es, simplemente, una transformación, una “re-significación” —palabro posmoderno al canto— de la Navidad. De cristiana la convertimos en pagana, neopagana o pseudopagana. Hablamos ñoñamente de “la magia de la Navidad”, añadimos sensiblería sentimentaloide por un tubo, eliminamos los villancicos españoles del hilo musical navideño de El Corte Inglés, damos la bienvenida al bueno de Papá Noel, colocamos en la ciudad iluminaciones navideñas sin referencias a símbolos cristianos, disponemos carrozas LGTB o drag queens en el desfile del día de Reyes... et voilà! Agregamos unas cuantas cenas pantagruélicas y unas cuantas horas de embotamiento mental navideño en el centro comercial de rigor, y por arte de birlibirloque nos hemos librado de la Navidad carca y trasnochada de antaño y tenemos una Navidad de nuevo cuño, perfectamente adaptada a los tiempos que corren. Una Navidad marcada en rojo en los programas de marketing de tantas empresas. Una Navidad que dejará exhaustas nuestras fatigadas tarjetas de crédito. Una Navidad más que llegará, pasará y no nos habrá sabido a nada.

“Bueno, vale, a ver: y usted, que tanto se queja, ¿qué propone que hagamos?” Si se me preguntase tal cosa, ante todo diría que, como sabemos, en el tiempo humano es imposible volver atrás. No se trata de intentar restaurar unas idealizadas “Navidades de antaño”, pero sí de pararse a pensar y replantearse lo que estamos haciendo hoy. A mi parecer, resulta evidente que se está produciendo un “desencantamiento de la Navidad” (ejemplo concreto, por cierto, del “desencantamiento del mundo” del que hablaba Max Weber), del que es responsable en su conjunto la sociedad occidental de nuestros días. Este fenómeno tiene lugar debido al abandono, por superficialidad o por desidia, de múltiples tradiciones. Ahora bien: resulta que, paradójicamente, el mismo Occidente contemporáneo que olvida, devalúa, falsifica o desprecia las tradiciones de la Navidad, por otra parte anda muy preocupado, en muy diversos ámbitos, por recuperar tradiciones olvidadas o en peligro de extinción (desde recetas gastronómicas hasta remedios medicinales, formas de elaborar el pan o estilos de tipografía y rotulación). Percibimos que, en el mundo pretecnológico de antaño, existían valiosísimos tesoros culturales que nosotros hemos perdido. Ministerios, fundaciones, universidades e instituciones de todo tipo intentan recuperar y revitalizar lo que sabían y hacían nuestros tatarabuelos. Pues bien: si todo esto es así, ¿por qué excluir de esta reveladora tendencia de nuestra época unas tradiciones de tanto peso cultural como las que tienen que ver con la Navidad?

Alguien nos diría, tal vez, que hay que excluir la Navidad... por razones políticas e ideológicas. Porque la guerra contra la Navidad cristiana forma parte del Nuevo Orden Mundial, de la nueva esclavitud ultratecnológica —disfrazada de liberación— que la élite planetaria tiene planeada para la población mundial. Bien, de acuerdo; pero entonces dígase claramente que estamos en guerra. En una guerra autodestructiva de Occidente contra sí mismo.

Si ya no podemos decir jovial y significativamente en la calle “Feliz Navidad”, y no digamos ya “Felices Pascuas”, entonces es que tenemos un grave problema. Y no hace falta ser cristiano para percibirlo.

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