Crónicas de la oclocracia (I)

Moda zarrapastrosa

Uno de los aspectos visibles de ese siniestro culto a la miseria, no ya mental siquiera, sino física, es la moda zarrapastrosa en la que se cultiva y exhibe lo destrozado.

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Hace algún tiempo anoté algo en estas páginas virtuales respecto justo a eso, a la oclocracia que nos viene encima, vamos, que nos ha venido ya, con todo mi respeto por las cajeras de supermercado, por el colectivo de niñeras de Miguelturra y los múltiples paniaguados de la política que en su puñetera vida han dado un palo serio al agua. Permítaseme recordar que oclocracia es en puridad no el gobierno del pueblo sino de la plebe, de la chusma, de esos estratos vocingleros y quejosos que exigen más sin habérselo ganado, que no es ya que sean indigentes o no, sino que rezuman inducida envidia hacia quienes tienen lo que por lo general se han trabajado. Son quienes sin quererlo ni por supuesto percibirlo laboran en realidad contra sí mismos, destruyendo el tejido de un país que les dio solidez económica, social y jurídica. En su indigencia espiritual, niños grandes malcriados, se dedican a romper los juguetes que luego lamentarán en un berrido ya sin remedio.

Uno de los aspectos visibles de ese siniestro culto a la miseria, no ya mental siquiera, sino física, es la moda zarrapastrosa en la que se cultiva y exhibe lo destrozado, lo que antes era vergonzoso y por ende ocultable. Creo que es un signo de decadencia tirando a preocupante. 

Oclocracia es en puridad no el gobierno del pueblo sino de la plebe, de la chusma

No es que haya que salir como el hidalgo del Lazarillo –hablo para quien se haya leído el Lazarillo, claro–, simulando haber comido a mesa y mantel cuando ha habido que mendigar un currusco que a su vez había mendigado Lázaro… Pero de ahí a exhibir destrozos y desgarros en las ropas, pantalones sobre todo, hay un mundo de distancias. Por un lado, fíjense en el contradictorio lujo que supone enorgullecerse de vestimentas desgarradas. Alabanza de la pobreza. Ostentación del harapo. Sencillamente porque se sabe que se tienen otras prendas. Es el insultante colmo del consumo. No bastan los trapos limpios y planchaditos, hay que asomar una carcajeante miseria que por supuesto se obviará en cuanto haya un acto social digno de lujos y brilleríos. Me refiero a cuando los zurcidos se trocan por pamelas britanicoides, tacones afilados destrozones de pies y ceñidos michelinescos, todo ello en realidad no menos horterón y cani que los desgarros antes comentados. Pasar del arrastre a la ostentación sin atravesar no ya la quizá discutible normalidad, sino el mínimo buen gusto. Los descosidos, que paradójicamente encarecen las prendas. El enorme insulto a la pobreza. ¿Alguien piensa que en Bangladesh o en Sudán se va a vestir cualquiera con ropas voluntariamente despedazadas? Bueno, pues no era bastante. Ahora, encima, las medias desgarradas, como último hallazgo de la Rive Gauche. Hartas de tersura, con lo que ello ha costado conseguir y mantener, ahora coges las medias, las perforas, las rasgas, las destrozas, ¡y ello queda de lo más cool, por diosssss!… Nuestras abuelas, que se pintaban en la postguerra la raya atrás en la pierna para simular que llevaban medias. Qué progreso el nuestro, ¿verdad? 

Alabanza de la pobreza. Ostentación del harapo. Sencillamente porque se sabe que se tienen otras prendas

Por lo que a los machitos se refiere, les invito a ver en la red cualquier sesión del parlamento británico, que mal que nos pese, tiene una tradición sin romper desde Cromwell, es decir, desde mediados del siglo XVII. Todos con corbata. Por norma. Nada de chalequillos y camisetas callejeras, feas, bonitas, insultantes, reivindicativas, sudadas todas. Claro, es que aquí somos más abiertos, más inclusivos, más avanzados, cosas así…

¿Y qué hay de los encapuchados a lo medieval, por ser moda que el Bronx ha expandido al resto del orbe y que evidentemente se usa para toda clase de tropelías, ocultos en el siniestro túnel personal de la capucha frailuna? La capucheta, permanente o casi, solo se usa cuando uno quiere aislarse del mundo o quiere que el mundo no lo vea, cual suele ser el caso de los modernos caperuzados. No creo que sea por desprecio al siglo por lo que cierran sus ojos al entorno y camuflan su perfil craneano. Y se ve como normal. Claro, cuando se va viendo cada vez más como normal en Occidente que las mujeres se enmascaren, no ya como protección del virus, sino porque un camellero lo impuso en el siglo VII desde Arabia, con lo que ha costado la igualdad, lo que está costando…

Son sólo algunos aspectos externos de acanallamiento, no de apertura ni de equidad social. La buscada miseria física como reflejo inevitable de la interior, el descuido, la degradación de la vestimenta como quiebra no ya de las apariencias sino de un estado de cosas donde la búsqueda de la elegancia era, equivocada o no, un signo de querer gustar, de gustarse, de cuidarse. No es la informalidad, es la vulgaridad, no es la despreocupación, sino el desprecio a los demás, es la vagancia como norma, la transitoria sobreabundancia de ropajes que se despedazan en la estúpida creencia de que siempre tendremos otros mejores, más enteros, más bonitos que lucir…

 Y si fuera solo eso…

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