Entre las ruinas

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Vaticinar el colapso de la civilización europea no tiene ningún mérito: lo estamos viviendo todos los días y la corriente no va a parar. Tal y como están las cosas, y con el predominio totalitario de las ideologías suicidas y crepusculares en boga, no debemos descartar que en un plazo mucho más breve de lo que se supone, quizás en treinta o cuarenta años, Europa occidental haya dejado de ser "europea" o, al menos, predominantemente "europea". Y eso se debe a que

Existe en nuestras élites una consciente y férrea voluntad de liquidación de los pueblos, valores e instituciones que cimentaron Occidente.

existe en nuestras élites una consciente, férrea y obstinada voluntad de liquidación de los pueblos, los valores y las instituciones que cimentaron Occidente: lo que conocemos como multiculturalismo. No se podrá encontrar en la Historia una sociedad tan empeñada en destruirse como la nuestra, hasta poner en peligro adrede algo que en cualquier cultura se considera un valor supremo: la continuidad biológica de nuestras naciones. La legislación "social" de los últimos cincuenta años ha facilitado por todos los medios la disolución de la familia tradicional y la ruina de la fecundidad europea: el "derecho" al aborto y su aplicación masiva y casi obligatoria, una "liberación" de la mujer que consiste en amarrarla al mercado laboral y hacerle aborrecer la maternidad y la familia, un feminismo que ha convertido la convivencia entre los sexos en un campo de minas... Todo construido con un sólo fin: que las europeas no tengan hijos. No sólo eso, al hombre se le convierte en un irresponsable homo festivus, que rehúye por contundentes razones jurídicas los compromisos esenciales para el mantenimiento de la célula básica del cuerpo social. Además, también la presión de los dogmas de género le han demonizado y emasculado; se ha feminizado al varón europeo y se le ha convertido en un eunuco con un estigma de culpa que se asume sin titubeos por los legisladores. Una civilización que rinde semejante culto a la esterilidad no puede sino morir en breve plazo.

La continuidad biológica de los pueblos europeos es algo a extinguir por el sistema ideológico dominante, que nunca ha disimulado sus propósitos eminentemente racistas contra el hombre blanco, causa de todos los males del mundo, por lo visto, pero de cuya civilización y logros se quieren aprovechar todos, incluidos los privilegiados académicos que extienden la ideología de género y la multiculturalidad. Occidente es culpable de todos los males,

El hombre blanco es considerado la peor de las bestias dañinas, todos los monumentos de nuestra cultura son la despreciable obra de machistas y supremacistas.

el hombre blanco es la peor de las bestias dañinas, todos los monumentos de nuestra cultura son la despreciable obra de machistas y supremacistas. Y, sin embargo, eso lo pueden afirmar porque se benefician de las ventajas de la tan denigrada cultura occidental y disfrutan de sus magníficas prestaciones. Jamás los versos de La carga del hombre blanco de Kipling fueron más actuales que ahora.

Tomad la carga del hombre blanco
y recoged su vieja recompensa:
el reproche de vuestros superiores,
el odio de aquellos a los que protegéis,
los lamentos de las masas a las que conducís
(¡ay, tan lentamente!) hacia la luz:
"¿Por qué nos sacó de la servidumbre
de nuestra amada noche egipcia?”

Cuando se escribió este poema, tan profético, Europa dominaba el mundo y vivía su período de mayor esplendor, pero también guardaba los gérmenes de una decadencia que ya anticipaba Nietzsche y que se desperdigaron como una infección galopante desde 1918 hasta el día de hoy. Kipling escribió estos versos para el jubileo de la reina Victoria. Compárese la Inglaterra de entonces con la de ahora para hacerse una idea clara de en dónde estamos y de en qué nos hemos convertido. No nos engañemos, nosotros somos los arquitectos de nuestra propia ruina: con las dos guerras suicidas entre europeos, con la sustitución de los valores culturales por los económicos, con el exceso de riqueza que ha degenerado a los hombres, con la tiranía de la técnica sobre el espíritu y con la extensión de las ideas igualitarias y su consecuencia inevitable: la selección de los peores. Contemple el lector a la casta dominante en Europa y piense si de ahí se puede sacar un sólo sujeto al que se le pueda considerar un hombre de Estado. Sólo encontrará maniquíes, leguleyos y contables, espejos perfectos del último hombre nietzscheano, el socialdemócrata sin patria, sin espíritu, sin carácter. ¿Y qué decir de las supuestas élites académicas, deconstructoras de una civilización brillante en 1900 y hoy deshecha? Los intelectuales europeos del último siglo han sido como los niños que destripan un juguete y luego no saben cómo arreglarlo. ¿A qué han conducido sus juegos, sus vanguardismos, sus críticas y sus deconstrucciones? A una transvalorización de todos los valores, pero en un sentido opuesto a lo que el Nietzsche del superhombre hubiera podido imaginar: a una glorificación de los instintos elementales, a la apoteosis de las propias taras, a una egolatría chabacana que llega hasta lo infrahumano, a un nihilismo radical que sólo se detiene ante la sagrada tasa de beneficios de la plutocracia.

Fijémonos en las autoridades tradicionales, las monarquías que aún sobreviven y la Iglesia romana. Las monarquías son meras repúblicas coronadas que han perdido los atributos sagrados de antaño. Y las Iglesias cristianas de Occidente (la Ortodoxia es muy otra cosa) han decidido olvidar su componente nacional, aceptar el globalismo y convertirse en la punta de lanza de la liquidación de nuestra cultura. Véase, por ejemplo, el odio con el que los clérigos atribulan a Salvini, empeñado en salvaguardar la independencia y la identidad de Italia. Quizá la Iglesia se cree su propia leyenda, esa de que ella forjó a Europa y que, igual que la hizo, la puede deshacer. Ecuménica y mundialista por naturaleza, a Roma poco le importa el destino de Europa porque no es europea, es mundial y puede desplazar su centro de gravedad a América o África sin mayores problemas. Pero quizás todo esto represente a la larga un problema para los futuros pontífices.

No es la cristiandad la que ha hecho a los pueblos de Europa, son los pueblos de Europa los que han hecho a la cristiandad

El cristianismo no es un fruto natural del espíritu europeo: es el producto de una imposición legal iniciada con el Edicto de Tesalónica de Teodosio y predicada desde el poder por sus diversos y variopintos sucesores durante más de un milenio. Para implantarse con un mínimo de éxito, el cristianismo se adaptó a cada pueblo de Europa y cada etnia lo hizo suyo a su manera. Sin esa raíz popular, arraigada en el suelo y las costumbres de las comunidades nacionales, jamás habría pasado el cristianismo de ser la religión oficial de una élite, un bolchevismo mistérico sin el menor contacto con el pueblo.

El cristianismo no es un fruto natural del espíritu europeo: es el producto de una imposición legal iniciada con el Edicto de Tesalónica de Teodosio.

Pero, desde hace medio siglo, Roma busca integrarse en el nuevo proyecto mundial. Curiosamente, cuanto menos "pagana" es, cuanto menos se identifica con una nación y más ecuménica, universalista y globalista se vuelve la Iglesia, más fieles pierde. Europa ya es tierra de misión. Los mejores apóstoles no fueron los del Evangelio, sino los emperadores y reyes que lo convirtieron en religión de Estado. Rota la alianza del Trono y del Altar, el destino del cristianismo en Occidente es desaparecer. 

El panorama es desolador y no va a mejorar, sino todo lo contrario, en los próximos años, pero existen cada vez más zonas de resistencia. Pese a sus castas dirigentes y al adoctrinamento totalitario en el nihilismo más bestializador, hay cerca de una tercera parte de la población europea que no acepta las imposiciones de sus enemigos globalistas. Las élites son conscientes de ello y de ahí la rabia que muestran frente a la resistencia popular, que los oligarcas manifiestan en exhibiciones ridículas de una pretendida "superioridad" moral, en un clasismo racista contra desdentados y rednecks y en la pura y simple represión, que será mayor a medida que el rechazo aumente; siempre se podrá empapelar a los que disientan con las leyes del odio, hechas con el fin de amordazar toda contestación. Pero las resistencias son tan sordas como obstinadas e irán adquiriendo fuerza fatalmente a medida que los propios proyectos de la plutocracia avancen. Está en la propia naturaleza de una población sana el resistirse a la extinción cultural y física.

A esto hay que añadir la lucha de clases inevitable entre una población nativa desposeída y precarizada y una plutocracia que optará, como los latifundistas romanos en el Imperio, con inundar el país de bárbaros que abaraten los costes de sus explotaciones. Al igual que los senadores romanos del Bajo Imperio, las élites europeas, de formación postmarxista y liberal, carecen de patriotismo y de sentido de pertenencia a una comunidad, más aún, aborrecen el sólo nombre de nación y, aunque no lo quieran confesar, el de pueblo, de ahí que los mayores monstruos que pueda imaginar su bestiario ideológico sean el nacionalismo y el populismo. Su cosmovisión es puramente económica, desprovista casi por competo de cualquier elemento humanístico tradicional. Esta tecnocracia burda y positivista necesita tintarse de un humanitarismo caritativo y emotivista que disfraza con buenos sentimientos y complejos de culpa un fin evidente: el reemplazo de la población nativa por una masa de recién llegados baratos y dóciles, que incrementen el ejército de reserva de mano de obra que se acumula en las megalópolis, donde se concentra casi toda la riqueza. Fuera de esas grandes ciudades y sus masas crecientes de habitantes, las provincias y el campo quedan desheredados, al margen del circuito global, implacablemente condenados a la despoblación y a la ruina. Y con ellos, millones de nativos europeos por los que el sistema no siente la menor compasión, de los que lo único que se espera es que se extingan sin alborotos o que emigren a las grandes capitales para competir por un mendrugo de pan con los ciudadanos recién importados. Dentro de una generación, en la Europa al oeste del Oder habrá multimillonarios y tecnócratas en la cúspide de la sociedad y una masa de población precaria en la base, sin estamentos medios, almacenada en ghettos étnicos y en perpetua pugna por el empleo y las prestaciones sociales.

El fin del mundialismo es disolver las viejas naciones europeas en un archipiélago de identidades, que desdibuje el sentido de la comunidad nacional e imponga una mentalidad universalista, desarraigada y hasta enemiga del legado occidental. Los Estados serán simples espacios de derechos, desprovistos de toda connotación histórica y cultural. Por supuesto, lo que se prepara para las naciones también se prepara para Europa, que será una gigantesca no-nación, un Singapur enorme, un coloso mercantil que explotará a una masa de ilotas tercermundizados, de donde desaparecerán las identidades culturales originarias, a las cuales se tratará de extinguir con el multiculturalismo, la represión legal y la inmigración de reemplazo. Este proyecto sólo acabará de una manera: en el caos, en conflictos religiosos y étnicos crónicos, en un Líbano o un Afganistán a escala continental. Es lo que ahora importamos de forma masiva y sin límite alguno. El peligro que corremos de desaparecer, de ser extranjeros en la tierra de nuestros antepasados, es tan evidente que, a la fuerza, los restos medianamente cuerdos de la población europea se negarán a morir, a ir mansamente a la extinción que nos preparan los tecnócratas de la UE.

Frente a tal panorama quedan dos opciones: la primera y más deseable sería articular un movimiento paneuropeo que se haga con el poder en Bruselas, forme una nación y cambie el rumbo suicida de nuestro continente. La otra, la que se produciría en el peor de los casos, es la eclosión de reductos de resistencia transnacionales. La dinámica del mundialismo lleva implícita la resistencia a los planes de la plutocracia planetaria por aquellos que son sus víctimas; el lavado de cerebro de la corrección política tiene sus límites y no todas las capas sociales están dispuestas al suicidio inducido. Sea como fuere, en una sociedad fragmentada, de grupos hostiles que compiten por los recursos y el poder, los europeos nativos tendrán que buscar alguna forma de sobrevivir. No podemos predecir cuál será, pero, en los países que padecen semejantes modelos de sociedad, lo normal es que se produzca la concentración de la misma gente en un territorio y que se fortalezca la cohesión interna frente al entorno hostil. A eso nos lleva la multiculturalidad, experimento que siempre ha fracasado.

Mantenernos firmes entre las ruinas de lo que fue Occidente, no ceder nunca, no integrarnos jamás y transmitir el legado de nuestra Tradición a las futuras generaciones.

La tarea inmediata que compete a la vanguardia consciente de los pueblos europeos nativos la sintetizó hace ya más de medio siglo Julius Evola: mantenernos firmes entre las ruinas de lo que fue Occidente, no ceder nunca, no integrarnos jamás y transmitir el legado de nuestra Tradición a las futuras generaciones. Habrá que organizar una resistencia paneuropea que limite los estragos de la barbarie multicultural y permita la supervivencia y el renacimiento de nuestros pueblos, posiblemente bajo nuevas formas y en espacios diferentes. Sin embargo, esa Tradición no será la que los conservadores de hoy consideran como tal. Estará cimentada por la identidad y en su espíritu se manifestarán algunas influencias de la época de extinción cultural que estamos padeciendo, como los necesarios anticuerpos de una vacuna. No será de una pureza inmaculada, sino que habrá en ella aportaciones fruto de las hostiles pero decisivas experiencias de nuestra época. Se aproxima un mundo nuevo y horrible, con más de infierno que de paraíso. Todo será muy diferente y, sin duda, peor. Pero los grandes retos no se superan rehusándolos.

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