La proscripción de "Coppelia"

No tardé en darme cuenta de que el ballet clásico acabará por perderse, víctima de su gracia, de su perfección, de su femineidad, virtudes aristocráticas incompatibles con el hembrismo dominante.

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No sé cuánto tiempo durará esta pesadilla. Quizá dentro de un año esta irreal y absurda experiencia sea una historia desagradable, idiota y ridícula, pero parte de un pasado irremediablemente ido. O puede que no, que esto vaya en aumento. No nos queda sino ponernos en manos del Todopoderoso y esperar que escampe pronto.

Sin embargo, mientras acaba este absurdo, aquí tenemos a los zelotes y zelotas de la corrección política emborronando el BOE con sus delirios y, de paso, recompensando con poder y dinero a unos dirigentes que nunca debieron de salir de la franja lunática de la intelectualidad burguesa. El ritmo se acelera y parece que están empeñados los orates que llevan el timón del Estado en precipitar la nave de los locos en el maesltrom. Y Dios no nos va a coger confesados. Desde luego, ninguna nación se ha merecido más este castigo que la España actual, heredera de cincuenta años de progresismo a la violeta, en el que nunca nadie era lo suficientemente de izquierdas y en el que tampoco nadie tuvo el valor de hacer frente a esta deriva totalitaria.

La dictadura de género, de cuyo paroxismo disfrutamos ahora con la llegada a la alta administración del Estado de la clientela antaño habitual de los psiquiatras lacanianos, nos va a obsequiar con su frenesí y delirio institucional.

Los ministerios ideológicos ya se han convertido en auténticos cubículos de poseídas.

Los ministerios ideológicos ya se han convertido en auténticos cubículos de poseídas. Lo de las endemoniadas de Loudun será una circunspecta asamblea de beguinas comparado con lo que nos reservan las sacerdotisas laicas de Sánchez.

Ya sabemos que van a por los toros y a por la caza. También el Ministerio de la Verdad de la inefable señora Calvo tratará de cercenar toda opinión que se salga de los cada vez más estrechos límites de la corrección política, que empieza a ser un corsé demasiado opresor incluso para los adictos a la nueva fe puritana. Pero todo esto ya lo tenía más o menos claro. Y sé que nada nos librará del apocalipsis cultural ni del borrado de identidad. Ni siquiera lo frenará la caída de este Gobierno. Vendrá el PP y liquidará lo que la izquierda frenética no haya acabado de derruir.

Sé, paciente lector, que no te estoy contando nada nuevo. Pero ayer se sumó otro elemento en la lista de cosas excelentes que no tardarán en ser borradas del mapa. Sucedió mientras volvía a ver en video a mi muy admirada Nina Kaptsova, prima ballerina del Bolshoi, en Coppelia. Cuando disfrutaba de la variación inicial, un presentimiento me embargó de tristeza. La Kaptsova es la gracia personificada, tiene la virtud de hacer que lo muy difícil parezca ligero, fácil, natural, cuando no hay arte que fuerce más el físico que el ballet clásico. Para danzar como ella hay que poseer una habilidad técnica extrema, unas capacidades atléticas no pequeñas y una expresividad y encanto extraordinarios. Todo eso lo conjunta Nina Kaptsova en un cuerpo esbelto, menudo, maravillosamente adiestrado, al que realzan la belleza eslava de su rostro y unos ojos inolvidables. Hay bailarinas de una perfección técnica fría y majestuosa, como la Zajárova, o de una agilidad sobrehumana, como la sin igual Natalia Osípova, pero yo, como si fuera un gran duque de los de antes, siempre he hecho de la Kaptsova mi preferida. Caprichos que tiene uno. 

Pero no es de mis debilidades de lo que tengo que escribir, sino de mis tristes augurios. Ya lo interpreten la Kaptsova, la Osípova o la bella Novikova, el rol de Swanilda —al igual que los de Odette, de Giselle, de Aurora o del Hada de Azúcar Confitada— precisa de la gracia, de la ligereza y de la femineidad, aparte de una impecable ejecución y de una forma física excepcional. Son todas estas cualidades las que hacen de la danza clásica el reino de la mujer. Nada hay más hermoso, perfecto e irreal que un buen ballet: es la belleza absoluta y la gracia en movimiento, el eterno femenino encarnado. Además, el arte de Terpsícore es jerárquico, exige una vida de sacrificio constante, de mejora permanente y de sumisión a unas tradiciones que arrancan de hace tres siglos. Para entrar en el elenco del Bolshoi o del Marinskii hay que pasar por escuelas tan exigentes como la de la Vagánova, que obligan desde la infancia a aprender y perfeccionar este dificilísimo arte. Además debe el aspirante disponer de atributos que no están igualmente repartidos entre los mortales, como la prestancia física, la hermosura y el oído musical. En fin, que son muy pocos los llamados y aún menos los elegidos. Cuando se representa una pieza todo debe ser perfecto, sin mácula, esplendoroso. No en vano, siempre fueron los ballets hijos predilectos de la realeza europea, en especial de la rusa. ¿Existe algo menos igualitario?

No tardé en darme cuenta de que el ballet clásico acabará por perderse, víctima de su gracia, de su perfección, de su femineidad, virtudes aristocráticas incompatibles con el hembrismo dominante. ¿Cómo sobrevivirá Swanilda en el reino de la europea empoderada y estéril de nuestro tiempo, ese golem con bragas que juega al fútbol, que fuma y bebe canecos como un estibador y habla peor que un sargento chusquero? ¿Cómo podrán mantenerse las escuelas de ballet en un Occidente que proscribe el esfuerzo, la exigencia, la perfección y la jerarquía? ¿Cómo habrá élites capaces de apreciarlo cuando el nivel de la chusma dirigente es el que es? Cuando veo a la Kaptsova bailando como una muñeca en Coppelia pienso en nuestro horrible mundo presente, en el que las mujeres con su grácil encanto van a ser sustituidas por las autómatas empoderadas de las marimachos foucaultianas. Se nos echa encima un futuro feo y vulgar, sin Giselle, sin Odette, sin Hadas de Azúcar Confitado; un infierno de orcos igualitarios en el que se suprimirá

Esa petite différence entre hombres y mujeres de la que nace todo arte, toda cultura, toda civilización.

esa petite différence entre hombres y mujeres de la que nace todo arte, toda cultura, toda civilización. Volvemos a un neolítico bárbaro e indiferenciado, de ritmos bestiales, de sexualidad evidente, animal, y de danzas salvajes, caníbales. ¡Pobres cisnes del ballet clásico, qué poco os queda! Tal y cómo está España, seguro que proscriben a Coppelia de los escenarios por machista. Al tiempo.

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