De Expaña a España

Se celebraba en Nimes la Feria de la Vendimia: toros, pasodobles, sangría, paellas, tapas, flamenco, banderas rojigualdas y ambientazo.

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Mi patria son mis zapatos, pero siempre he sido sensible a lo que los latinos llamaban genius loci. Lo llevo dentro y por eso me molesta lo que pasa. Molestar no es doler. No soy Unamuno. Escribo esta columna en París con nueve días de retraso. Son los que han transcurrido desde que cogí el portante y, harto de mi país, abatido por su barbarie, ensordecido por su estrépito y asqueado por su vulgaridad, busqué refugio en Nimes. ¿Cerca de Cataluña? ¡Qué va! Lejísimos. Más, imposible. Se celebraba allí la Feria de la Vendimia: toros, pasodobles, sangría, paellas, tapas, flamenco, banderas rojigualdas y ambientazo. Me pellizqué. ¿Dónde estaba? ¿En Madrid, en Sevilla, en Barcelona? ¿Era aquello un espejismo? ¿Habían cancelado el vuelo que me llevaba a Marsella sin que yo, adormilado a tan temprana hora de salida, me hubiese dado cuenta? No. Salí del hotel Atria y allí se alzaba el imponente anfiteatro que levantase Roma. Parecía el Vizconde Demediado de Calvino, con medio rostro emblanquecido por las tareas de restauración del monumento y el otro tan ennegrecido por el paso de los siglos como lo estaba la Capilla Sixtina cuando la vi por primera vez. Al día siguiente asistiría en él a una faena prodigiosa de Enrique Ponce, magister ludi -como el protagonista de El juego de abalorios- de lo único que aún queda del país de las maravillas en el que nací. Hermoso de Mendoza hizo algo similar a horcajadas de sus divinos corceles. Así, huyendo de Expaña, llegaba a España. Luego me vine a París, que no se acaba nunca (Vila-Matas) y sigue siendo una fiesta que no té por al terrorismo. El viernes rendí homenaje a Hemingway, a Scott y Zelda, a Cortázar, a Marguerite Duras, a Gertrude Stein... ¿Cómo? Santiguándome frente a las casas que habitaron. Una rosa es una rosa es una rosa y París es París es París es París. Soy nieto de un francés que se parecía a De Gaulle. ¿Por qué mi madre no solicitó para mí la nacionalidad francesa a la que el ius sanguinis me daba acceso? En la tarde del viernes, al pie de la estatua de Danton en la que Jorge Semprún, a la sazón Federico Sánchez, solía citarme para conspirar contra Franco, me abordó un francés que buscaba una calle, reparó en mi acento y me preguntó que si era español. Le respondí con el verso de Cernuda que encabeza el último capitulillo (apenas dos líneas) de Gárgoris y Habidis, que en estos días se reedita: “¿España?, dije. Un nombre. España ha muerto”.

© El Mundo

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