Libertad y tragedia (II)

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La Historia de las ideologías ha sido principalmente la Historia de la sustitución del hombre por la idea del hombre. Como es natural en un modo de discurso cuya finalidad es la conquista o el mantenimiento del poder ninguna ideología, y, por ende, todo sistema social, en cuanto sistema social, y mucho más los que hoy se predican como no ideológicos, está basado en una ideología, ha pretendido una comprensión compleja, realista, de la dimensión humana. El mundo se ha movido siempre entre Tiranía y Revolución, que son dos caras de la misma moneda, o, más aún, dos maneras de nombrar lo mismo.

Paradójicamente, en la historia del hombre ha habido muy pocos tiempos históricos. La Historia es la creación de los hombres en su libertad. La negación de la Historia es la negación esencial de la creatividad del hombre, en cuanto es la negación de la capacidad de transformación que tiene el hombre sobre su medio ambiente a través de su creatividad. Por ello, la Tiranía y la Revolución son modos cronológicos, pero no propiamente modos históricos. Ambos pueden ser cronológicamente situados, pero se hallan al margen de la continuidad histórica. La Revolución es un momento prometeico que pretende la negación de todo lo anterior y significa una fuerza ciega que termina por funcionar de forma descontrolada respecto de los hombres. La Tiranía es el anquilosamiento de un modelo que niega la vida al exterior del mismo.  

La libertad, y, por tanto, la Historia, y, por tanto, la Tradición, que es el registro de la Historia, y la dimensión en la que esta se sitúa, se dan sólo en breves momentos entre la Tiranía y la Revolución. Bien cuando la Tradición recoge, tras amainar la tempestad revolucionaria, los frutos válidos que haya podido traer esta –que un día se convertirán en causas de una nueva Tiranía- bien cuando, de modo previo a la Revolución, surgen voces que, muchas veces en referencia a la Historia, contemplando la Tiranía como una degeneración de la Tradición, critican la Tiranía.

Tanto la ingeniería social como el populismo deben ser evitados en una búsqueda sincera de la libertad. El orden del capitalismo liberal, si bien preserva de un modo claramente mayor que los populismos clásicos la libertad del hombre, y no presenta una ingeniería social de la intensidad y extensión que han presentado históricamente los sistemas comunistas, debe ser interrogado sobre si en él se dan estos fenómenos. El actual orden de capitalismo liberal se ve sometido a dos condicionantes que hacen difícil que no se de en él un grado mayor o menor de populismo. Por una parte es, como cualquier régimen, un régimen ideológico y, por tanto, basado en el falseamiento, y, por otra parte, como cualquier régimen contemporáneo, es un régimen que se estructura sobre la presencia de los fenómenos de masas.  

El capitalismo liberal escoge una parte, una dimensión, muy limitada de la libertad de la persona, la libertad de intercambio, y la entiende muchas veces como la manifestación total de la voluntad de la persona. Es indudable la importancia del intercambio en la vida de una persona, y del libre cambio en la libertad. Casi toda la acción de la persona, cosas muy distintas como leer un libro o conducir un coche, son actos de consumo, que valoramos en relación al goce o la utilidad que nos proporciona ese consumo. Si el intercambio necesario para lograr los bienes que hayamos de consumir se ve dificultado por un tercero, evidentemente eso tiene una gran importancia sobre el modo en que podemos expresarnos.

Mediante esta intervención se nos puede evitar, de modo claro, realizar determinadas actividades que podemos entender como beneficiosas, por distintos motivos, para nosotros o para los demás, o para la relación que establecemos con los demás. El problema de la traducción de esta libertad de intercambio en un modelo en que se va a entronizar, salvo ilícitos, la relación de mercado y la dimensión del hombre como productor y consumidor. Esto, en primer lugar, por la importancia que adquirirá la empresa privada y sus distintos medios de poder social o de obtención del beneficio, irá en contra de la propia libertad de intercambio, ya que el consumo se verá, de modo importante, socialmente dirigido. De otro lado, la racionalización y la mercantilización de la vida que serían consecuencia de la convergencia señalada trae el apartamiento de dimensiones muy importantes del hombre donde no priva la utilidad racional, al menos de forma directa, sino aspectos irracionales o altruistas 

El entendimiento unívoco de la libertad del hombre como libertad de intercambio, y el subrayamiento que esto hace del hombre como productor-consumidor no van, pues, en un sentido que, en términos generales, amplíe o enriquezca las libertades. El liberalismo, a partir de la importante obra de Karl Popper, hace una crítica de la noción de ingeniería social, entendida como la voluntad de, a partir de ciertos sistemas filosóficos –Popper señala la filosofía platónica, la filosofía hegeliana y la filosofía marxista- moldear la realidad social así como la realidad del hombre. El capitalismo liberal, no obstante, al predicar en él los poderes, públicos o privados, tanto una cultura política como una serie concreta de decisiones políticas, funcionales respecto del mercado, también practica a su modo esta ingeniería social. Los gobiernos de todas las sociedades occidentales, se plasme esto en una gran coalición al estilo alemán o no, son gobiernos de coalición en cuanto en ellos los partidos hegemónicos de derecha e izquierda coinciden, más allá de retóricas, en la defensa de las bases del sistema capitalista. En esto, claro, cada uno aporta una sensibilidad distinta. Los partidos de centro derecha hablan de progreso económico y estabilidad, la segunda como condición necesaria del primero, pero también –asimismo cuando, por ejemplo, Sarkozy hace una apelación a los valores nacionales- para aludir a un valor sensible a la clase media conservadora, pues ya cuenta con el entendimiento de la clase alta, por el número de negocios que esta puede hacer en un sistema capitalista. Los partidos de centro-izquierda hablan de abrir el pastel a los desfavorecidos sociales, con la misma intención, sin bien refiriéndose a sectores sociales muy diferentes.

 

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