La pitada

Somos una inanidad de destino en lo particular…

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Coincidiendo con el desfile del Día de las Fuerzas Armadas, celebrado en Guadalajara para no ofender la sensibilidad del gobierno municipal de Madrid, tuvo lugar en el Calderón la final de la Copa del Rey — ¿de España?— entre el Alavés y el F.C. Barcelona. Como una venerable costumbre, como un usatge inmemorial, los aficionados de ambos equipos, y en especial los del Barcelona, acompañaron la ejecución de la Marcha Real con un soberbio toque instrumental de viento. No fueron trompas wagnerianas ni vuvuzelas mundialistas, sino pulmonares, atronadores pitidos los que acompañaron a la bicentenaria Marcha de Granaderos que anuncia siempre al Jefe del ¿Estado?... Nada fuera de lo normal. Todo dentro del tono correcto y amable que acompaña a estos grandes acontecimientos deportivos. S.M. El Rey y los distinguidos asistentes del palco escucharon cuadrados y respetuosos la resonante pitada, que se sazonó con un emotivo coro de voces que clamaban: ¡Independencia!    

El disfrutar de aquel espectáculo de unidad nacional en torno a la figura egregia de nuestro augusto monarca me dio una idea que espero que reciba algún eco (nunca mejor dicho): propongo que un acompañamiento de silbos se una a las bandas militares cuando ejecuten la Marcha Real. Imagínense el efecto estético de una banda de —por ejemplo—  legionarios que toque los sones de nuestro himno al tiempo que los caballeros del Tercio sueltan una gran pitada. Sería una forma muy conveniente de sustituir la carencia de letra de esta composición —un himno propiamente dicho se debe cantar. Lo que tenemos aquí es una marcha para presentar armas a las personas reales—. Por otro lado, el silbo es un lenguaje universal, que permite que estén incluidas todas las lenguas del ¿Estado?, incluso el silbo gomero.    

En pleno siglo de la holografía y el videojuego, esta iniciativa fomentaría nuestra imagen de país moderno y permitiría a ciudadanos de todo el mundo unirse a nuestros patrios coros. Si bien España es un ejemplo perfecto de Estado virtual, esta iniciativa, sin duda, nos permitirá servir de paradigma a otras naciones en vías de deconstrucción y se añadiría a otros logros ya obtenidos en este camino largo ya de casi medio siglo, pues tenemos Rey, pero no Monarquía; Fuerzas Armadas, pero no Ejército; Integridad del territorio, pero no unidad; Marcha Real, pero no himno.  Con orgullo podemos afirmar algo tan postmoderno como esto: Somos una inanidad de destino en lo particular.

 Miremos con alegre satisfacción nuestra trayectoria, la luminosa estela de cuatro décadas en las que estadistas de la talla del culto Adolfo Suárez, del íntegro Felipe González, del inteligente y sutil José María Aznar, del preparadísimo políglota Rodríguez Zapatero o del incorruptible y enérgico Mariano Rajoy han ayudado a nuestros reyes a construir un país más unido y más pleno de esperanza para las jóvenes generaciones. Gracias a ellos, España no es sólo una, sino diecisiete, que forman el próspero vagón de cola de la pujante Unión Europea y son un aventajado socio financiero de Gibraltar.  

¿No merece, pues, la Marcha Real los arreglos de una sonora pitada?

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