AL HILO DE LOS CLÁSICOS

Hay pueblos que, llenos de autoestima, honran a sus muertos

El sectarismo de la redundante «memoria histórica» clama al cielo porque insulta a todos los españoles que cayeron en tantos sitios de España y del mundo y de los que nadie se acuerda. No existieron y han sido barridos por el viento del olvido que, como decía Cernuda, cuando sopla, mata.

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“En los campos de Flandes…”. Así comienza en inglés un bellísimo –ya clásico– poema del teniente coronel médico John Mc Crae, canadiense. Lo escribió tras la segunda batalla de Ypres, en 1917, durante esa guerra mundial de la que tanto se escribe hoy. En el poema se habla, entre otras cosas, de las amapolas que florecen alineadas entre las cruces.
Para los ingleses y países de la Commonwealth, las amapolas acabaron siendo, como se sabe, y en parte gracias a este poema, el símbolo del recuerdo para los muertos en la guerra. En aquella guerra que les costó millón y mucho de vidas, casi todas jóvenes.
Cambiemos el escenario. Estamos cerca de Salamanca, verano, en los cerros llamados de los Arapiles. Sobre el mayor de ellos se divisa un pequeño monumento. Hacia él me dirijo. Monte arriba, por terreno arado. No hay carril. Hay que poner la reductora en el todoterreno. Llego a la cima. Es el Arapil grande. Sobre él estaban los franceses en 1812. Los hispanoangloportugueses en el pequeño. No importa; el monumento está en el mayor, como signo de la victoria.
Y apoyada en el monolito, sujeta con una piedra para que no se vuele, una corona, de plástico, sí, pero corona de amapolas rojas que algún puñetero inglés se ha molestado en llevar hasta allí, doscientos años más tarde. No puedo evitar un sentimiento híbrido de admiración, emoción y envidia.  
Era el año 2007 y recorría yo muchos de los lugares significativos de la Guerra de la Independencia, con motivo de un texto que escribí al respecto. El resultado descorazonaba. Uclés, Ocaña, Tamames, Medina de Rioseco, Albarracín, Almonacid…, lugares donde los españoles combatieron, ganaron o perdieron, ni un recuerdo, si exceptuamos Bailén. Donde había habido ingleses no faltaba el homenaje a los suyos, tan lejos de su tierra: Talavera y su monumento junto a la hoy autopista, La Albuera, Chiclana, la Coruña y el bello sarcófago del general Moore, muerto en el reembarco de sus tropas, San Sebastián y su cementerio inglés, etc.
Volviendo a Flandes, sepan que en la ciudad de Ypres, todos los días a las ocho de la noche –todos– hay una ceremonia de homenaje a los muertos en la puerta de la ciudad llamada de Menin, por donde salieron tantos ingleses hacia el frente, para no volver. Me asombró lo multitudinario que es el acto. Eso se llama autoestima, memoria, dignidad, piedad, todo junto. Y no me vengan con pamplinas antimilitaristas, en un país que no ve un golpe de Estado desde Cromwell.
“In Flanders Fields, the poppies blow
between the crosses, row on row.”
Es el poema de Mc Crae. Pero no se preocupen. Las amapolas sólo florecen entre las cruces en Flandes, donde por cierto no queda recuerdo de nuestras piqueros ni de sus bravas picas, salvo en nuestro conocido dicho. Los muertos de nuestras guerras fuera de España no tienen, no merecen amapolas. Entre otras cosas, porque ni siquiera sabemos dónde están.
Por todo eso resulta indignante el uso de los muertos de un bando de una de nuestras muchas guerras para provocar pretendidos sentimientos de justicia y reivindicación donde no hay sino revanchismo, odio y oportunismo político químicamente puros con la pretendidamente imparcial, caritativa y piadosa memoria histórica. Si fuéramos en eso como los puñeteros ingleses, se comprendería. Si mantuviésemos la memoria de todos los muertos de todas nuestras muchas guerras, podría entenderse. Pero el sectarismo de esa redundante memoria histórica clama al cielo porque insulta a todos los españoles que cayeron en tantos sitios de España y del mundo y de los que nadie se acuerda. Porque sus muertes no rentan políticamente, no interesan. No existieron y han sido barridos por el viento del olvido que, como decía Cernuda, cuando sopla, mata. Y en este caso mata al recuerdo, la dignidad, la autoestima de todo un pueblo, vivos incluidos.

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