Nostalgia de Europa

Los de este lado del mar somos hijos de una encrucijada ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo explicar la partida, la llegada, la melancolía y el dolor?

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Los de este lado del mar somos hijos de una encrucijada ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo explicar la partida, la llegada, la melancolía y el dolor?  Y luego trasmutar y observar el mundo para siempre desde nuestra encrucijada ¿Cómo contar tantas historias en español, en italiano, en los mil dialectos e idiomas de la vieja Europa? ¿Cómo señalar unas coordenadas tan complejas? Esa atávica tensión entre los últimos límites y el origen que nos mantiene despiertos. Esa sensación de una Europa anterior, esa que llevamos alguna vez hasta un punto tan lejano como ningún europeo puede imaginar. Y luego, al volver aunque sea de visita ese asombro que es a la vez un gran vacío, porque todo parece muerto, todo está tan quieto en Europa que nos parece que nunca pasa nada o que las cosas ocurren en otra parte ¿Cómo volver a unir y darle vida a lo que la guerra contra la estirpe y el sentido del mundo han asesinado y desunido?
Somos fantasmas que ven cerrarse rutas a su espalda.  Somos a la distancia, una mirada distinta que observa cómo de nuevo pasan las mismas cosas y se enfrentan los europeos del mismo modo. Entonces recordamos aquellas historias que contaban nuestros abuelos. Esa desazón y la inexplicable sangre derramada que nos pareció siempre la culminación de un suicidio sin sentido. Acá en el Sur, fue donde todo aquello quedaba en el olvido y el republicano y el nacional o el fascista y el comunista eran nada más unos vecinos que se prestaban el azúcar y el pan, y sus hijos iban juntos a la escuela y jugaban a la pelota en la vereda.
Pero  todo el tango y los idiomas de Europa entremezclados en una nostalgia semejante a una religión,  eso también ha fenecido. Ese amor y ese amparo que fue Buenos Aires, cuyo nombre todavía suena dulce en muchas memorias europeas, es hoy un espejo que pierde su azogue. Antes fue la gran obra alquímica de una identidad en dispersión (¿O en extinción?) para salvarse. Ahora que todo es más pequeño o global como se suele decir, tampoco nosotros podemos tender la mano a los europeos como en aquellos  años, porque ya no tenemos manos que tender (nos las cortaron como a las del cadáver de Perón) y ahora ya somos parte del mundo, de ese mundo que antes no llegaba tan lejos.
Entonces es como vez ver morir de nuevo a los abuelos. Otra vez sentirse sin el anclaje de aquel amor antiguo. Europa se suicida otra vez, como cuando vinieron nuestros apellidos;  como cuando quisimos salvarle la vida a Drieu y que se quedara de este lado del mar. Pero Drieu no quiso sobrevivir a su Europa. Ahora ya no hay ningún Drieu La Rochelle para salvar porque Europa no los produce. Ahora estamos irremediablemente solos y nuestro destino histórico, nuestra trascendencia como Avalon, como Última Thule Austral, como último sitio de amparo y supervivencia de Europa, también se pierde. En suma todo se pierde, como cuando se corta la cuerda de un arco que sostiene su tensión en un punto inexplicable entre la empuñadura y la flecha: un punto de equilibrio que nos sostenía justo entre los antepasados y el origen por un lado, y la descendencia y la última frontera por el otro.

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